CATALUÑA ES HELENA


CATALUÑA ES HELENA

SI HAY LIBERTAD DE EXPRESIÓN, SOBRAN LAS CONSULTAS, ¡CATALUÑA ES HELENA!

 

          Hace dos mil quinientos años, la península ibérica empezaba en el río Ródano y acababa en el océano Atlántico. Estaba poblada por indígenas primitivos, que se dice que llegaron después del gran diluvio en busca de nuevas tierras. Las dos tribus primitivas se llamaban Tharsianos y Tubalistas. Se supone que eran las predecesoras de las próximas etnias que ocuparían la península (íberos y celtas, más tarde celtíberos, resultado de las continuas mezclas entre los nuevos ocupantes).

     Claro que eso es el relato judeocristiano que está copiado del probablemente autentico, del diluvio real dl Deucalión según la historia helena allá por el siglo 17 de la era antigua. Sin embargo, la historia viéndose de uno u otro lado siempre lleva un camino parecido. ¡Por tanto, la continuación a partir del gran diluvio se aclara bastante al acercarnos a los siglos 13 y 12 con la aparición de los primeros datos documentados especialmente desde la aparición del primer documentalista universal allá por el siglo 12, el gran rapsoda e historiador, Homero, el nieto del gran Ulises, rey de Ítaca!

     Las grandes migraciones, a partir de la guerra de Troya –símbolo de las guerras de desplazamiento masivo de las distintas tribus del Este hacia las pedanías del Oeste en busca de mejores condiciones de vida– se tradujeron en mitos y poemas épicos y se transmitieron de generación en generación entre los humanos. Así, épicamente llegó Hércules acompañando a los argonautas de Jasón al país de los Bébrices (tribu primitiva de los Pirineos), al estrecho de Gibraltar (el monte Calpe sostenía una de sus columnas) o al monte barcelonés de Montjuic, donde encontró la novena nao perdida de los argonautas (Barca-nona). Las fábulas de la mitología (que para nosotros es historia menos documentada) que se iban transformando en historia real empezando en el siglo XI de la era antigua de donde, a la postre, bebieron Píndaro y Apolodóro trasladadas con lógica a la historia real, nos podrían llevar en paralelo a suponer la llegada de pueblos del Este a la península ibérica a partir de los siglos XI y X de la e.a. El efecto dominó del forzoso desplazamiento de los ligios y tracios por las tribus frigias y la incursión de los dorios en tierras de troyanos y helenos ha conducido a estos últimos a buscar otras tierras de asentamiento hacia el sudoeste. En aquellas lejanas leyendas, ya se dice que Hércules llegó a Montjuic y a los Pirineos acompañado de guerreros tracios y también argivos de la casa de los ancestros de Menelao. Si situamos la existencia del Hércules real y los argonautas y su llegada a la península ibérica en esta misma época (entre los siglos XIII y XII de la e.a), podríamos suponer una primera pre-civilización de los nativos por los helenos. La consecuencia sería la fundación de los primeros asentamientos helenos en Montjuic (Calípolis/Καλλίπολις) y en el Prepirineo (Piréne/Πuρήνη), supuestamente llamada así por la princesa de los Bébrices del mismo nombre, que se supone que se casó con Hércules. Otras leyendas hablarían durante el mismo periodo de la presencia de los tracios leéos (Λαιαίων) en Barcelona. Si asemejamos las dos historias, podríamos relacionarlas con la simultánea fundación del asentamiento íbero de Montjuic Laie (al costado de Kallípolis). Por otro lado, la presencia de Hércules y sus descendientes en los Pirineos podría guardar alguna relación con la posterior presencia en esta área de las tribus con onomatopeyas helenas como los Aironosínos (Αιρηνόσιος) y los Andosínos (Ανδοσίνιος), únicas tribus de la península con etimología y terminación helena. (Casi todas las demás -más bien posteriores- terminan en -ános, del latín -ánus). Igual de relevante sobre la presencia del héroe o sus descendientes en tierras íberas resulta la revelación de Timéo, que, utilizando palabras de Efóro, nos descubrió la existencia de una ruta marítima ancestral llamada “Hercúlea”, que unía Italia con el país de los celtíberos allá por los siglos X y IX de la e.a.

     Hasta la llegada de los celtas a la península durante el siglo IX, veremos otras tribus llegando por el norte, como los ligios /ligures, que ocupan el noroeste de Italia y sudeste de Francia. Algunas fracciones de ellos se desplazan más tarde para ocupar el Prepirineo en el sur galo, donde hoy está el país franco-catalán. Mientras, al sur de la Península, tierra de tartesios y cynetas, llegaban desde hace tiempo los fenicios tirios para negociar con los nativos, sin llegar a colonizar ciudades hasta la época de los cartagineses, sus naturales descendientes.

     Así, en un mapa imaginario, donde a falta de pruebas arqueológicas ha de imperar la lógica, nos encontramos, antes del siglo IX de la e.a, con cuatro posibles huéspedes en la Península. De norte a sur, en la franja izquierda se encontraban los tubalístas; en la central, los tharsianos o tarsicios; en el Mediterráneo occidental, los helenos; y en el Mediterráneo sur, los que algunos historiadores fanáticos del indoeuropeismo identificaron como fenicios, tratándose de simples piratas del Mediterráneo con base en las costas de Oriente Medio.

     Otra versión podría identificar a esos mismos “piratas” con algunos de los famosos pueblos del mar, cuyo cometido, como los fenicios, era el saqueo de las prósperas ciudades costeras del “mar grande”. Fuesen quienes fuesen esos incursores, no se apearon a tierra firme hasta pasados los siglos VIII y VII de la e.a.

     Si por otro lado quitásemos la fuerte influencia de las religiones posteriores que intentaron encuadrar tubalistas y tharsianos en el marco judeocristiano, podríamos suponerlos como autóctonos indígenas o tribus llagadas de otros lados del Este como ya hemos apuntado después del gran diluvio del siglo 17.

     Bastante más tarde, en el siglo IX, los historiadores recogen la llegada de celtas por el noreste. Simultáneamente, los rodios (helenos insulares) en la misma costa catalana entre Kalípolis y Pirene fundan su primera colonia Rhodes, en la actual Roses catalana. Cada día, se asienta más la idea de que mucho antes de la fundación y auge de Emporion (Ampuriabrava) hubo colonizaciones previas por los helenos en estas mismas tierras.
Como es su costumbre, los nativos, caracterizados ya como celtÍberos después de los continuos mestizajes entre tarsicios, tubalistas y helenos “viejos” o Heraclidas (descendientes de Hércules), se arriman tímidamente a los nuevos colonos helenos y edifican   –mejor dicho, empalizan– su campamento en la parte inferior de las “modernas ”Polis”, produciéndose así una Διπολις (ciudad doble), la civilizada helena y la primitiva celtíbera. Rhodes y Pirené podrían ser la primera pareja conocida y testada de este entramado. Sin embargo, y a falta de pruebas tangibles, podríamos situar con anterioridad, como primogénito, el patrimonio de la “Bella ciudad” helena (Καλλίπολις) y la ibérica Laie (Λαίαι). Esa última es probablemente la que da su nombre a la consecuente tribu de los layetanos. La más que probable conjunción de las dos ciudades derivaría, allá por los siglos IV y III de la e.a, en el histórico Barkeno, de innegable dominio heleno, donde se acuñaban dracmas con su nombre y mantenía una estrecha relación con las otras colonias helenas, especialmente con Emporion.

     Otras evidencias de “dipolis” en plena madurez de la colonización helena durante los siglos VII a VI son: Ampurias (Εμπόριον), emparejada con Indika, capital de los indiketes.; Cypsela (Κυψελη), con Ullastret, una de las mejores copias íberas de fortificación helena; Hibera/Amposta, probablemente con Ολεαστρον; y Dertosa/Tortosa, cerca del contemporáneo San Carlos de la Rápita, podían coexistir con Καρταλια, ciudad que Estrabón por error situaba cerca de Peñíscola. Seguro que algunas más seguirán enterradas bajo tierra catalana.

     Mientras más al sur, en pleno levante los Zacyntios, isleños del Jónico habían fundado Peñíscola (Χερσόννησος), futura tierra de Ilercavones, y Sagantia (Sagunto/Σαγάνθεια), tierra de edetanos de la costa. También en el Levante, los foceos, por su parte, fundaron Dianion o Hemeroskopio (Ημεροσκοπειον), que significa Vigia y se asemeja bastante al peñón de Ifach, puede que la actual Denia o Calpe. Bastante más al sur, los samios levantaron Mainake (en la Andalucía Oriental mucho antes de refundarla los supuestos fenicios. Al mismo tiempo, los biotas o beocios están ocupando las islas Baleares.

     Situemos ahora todo lo mencionado sobre nuestro mapa de historia progresiva, que compone el territorio desde los Pirineos al río Ebro. Por un lado, tenemos las costas del Mediterráneo dominadas por los helenos “recientes”, el interior, por los mestizados celtíberos, y el prelitoral, por la coexistencia de ambos. Aunque hay indicios de que el interior tampoco era de los celtíberos en su totalidad, porque durante los siglos VI y V, han habido nuevas incursiones de heleno-tartesios desde el sur de Andalucía hacia el norte peninsular.
Estos heleno-tartesios eran el resultado natural de la llegada al Mediterráneo meridional, incluso antes del reinado de Argantonio, de foceos y samios en busca de plata, bronce y minerales. Según Heródoto, en el año 630 de la e.a, primero los samios se asientan en este territorio, recibidos con gran respeto, sumisión y humildad por los habitantes del lugar. No sabemos qué tipo de ciudades o asentamientos fundan exactamente. Sí que nos consta, por el contrario, su presencia entre tartesios durante por lo menos un siglo.

«…Factorías samias de Tarteso son apropiadas por los focenses»,, cita precisamente Heródoto. Por otras fuentes, nos llega que Nerja (Νηρικος) se funda por samios de Ítaca, homenajeando a la histórica ciudad Niriki (Νιρηκη) sita en la costa peninsular delante de las cuatro islas del reino de Odiseo.

     Comprobada la domiciliación de los griegos en el sur de Iberia – como ellos mismos llamaron a la Península,– a mediados del siglo VII resulta casi seguro que un siglo después nos encontraríamos irremediablemente ante otro mestizaje, esta vez heleno-tartésico. Así, cuando suceden los ataques y la conquista de las ciudades tartesias por los cartagineses alrededor del año 530 de la e.a (sitio y caída de Cádiz), se produce un masivo desplazamiento de colonos y nativos hacia el norte, liderado sin duda por heleno-tartesios por mayor rango de descendencia y mejor preparación. Por lo menos, eso se desprende de los topónimos de los nuevos asentamientos al noroeste peninsular (Galicia), donde concluye el éxodo de la primera columna de los sureños huidos: Amphiloquia (Αμφιλοχια). Esta última fue fundada probablemente por los mismos samios/acarnanas descendientes del reino de Ítaca. Por su parte, Tude (Τουδε) por los grovios y Hellenes (Ελληνης) por los helenios, de quienes ignoramos su exacta procedencia, si bien los colonos podrían haber utilizado simplemente el gentilicio del país de procedencia. Estos heleno-tartesios se mezclarían pronto con los celtas locales y se llamarían más tarde galaicos (otro nombre etimológicamente heleno). Existe otra leyenda que relacionaría a los galaicos con una anterior llegada de héroes procedentes de la guerra de Troya como Ulises, Diomedes, Teucro o Amfíloco a tierras gallegas. ¡Pero eso es otra historia! Como lo es la fundación de la legendaria ciudad de puerto Menestéo allá por el año 1180 por el homónimo rey ateniense, huido después de la caída de Troya a orillas de la bahía de Cádiz, donde ahora palpita el corazón del Puerto de Santa Maria.

     Pero, ¿por qué merodear por el interior de la Península si nuestra intención es centrarnos en la helenización de las costas mediterráneas, especialmente las catalanas, que –según todos los historiadores– han sido las primeras de este cívico proselitismo heleno? Para seguir el destino de las otras dos columnas del éxodo de los heleno-tartesios del sur y demostrar que Cataluña ha “sufrido” también de este excepcional mestizaje en su interior. Pero mientras, en el caso de los futuros galaicos, hay mucho material para sostener nuestras teorías. Sin embargo, en el caso de las otras dos columnas, hay escasa información. Por ello, tenemos que hilar fino para casi intuir que una de ellas llegó a las colonias del litoral levantino, donde se suponían ciudades helenas –“hermanas de sangre”– por ser de tafios, samios y foceos como Hemeroskopion, Kalpi, Sagantia o Xersonissos,. Y la otra, comprendida de tartesios de la helenizada Archidona siguiendo el prelitoral, llegaría al interior de Edetania y de ahí al alto Aragón y a las laderas de los Pirineos, donde también había colonias “hermanas”. Insinúa el trotamundos Demetrio Περιηγητής que de esta mezcla podrían descender los posteriores cempsios (Κεμψοι)

     Aunque no se puede comprobar, es lógico pensar que las dos columnas mencionadas se absorbieron rápidamente por nativos y helenos ya establecidos. Es entonces lícito sostener que, aparte del litoral y el prelitoral (desde la estatua de Afrodita situada en los alrededores del actual Port Vendrés hasta Akra Leuke (Ακρολευκη) en el actual Alicante), el elemento heleno estaba igual de reconocido y era dominante en el interior de Cataluña desde el delta del Ebro hasta el valle de Aran y los Pirineos.

    Tocando el siglo IV, otra vez y en pocos años, el mapa de la Península volvería a cambiar de imagen. Con una “aleación” extraordinaria y una pacífica transición para aquellas épocas, suceden nuevas tribus de un armónico mestizaje que sobrevivirá hasta el siglo II de la e.a.

     Progresivamente, la franja litoral catalano-levantina, en plena ebullición de la helenización de indiketes, layetanos, ilercavones y edetanos –tribus que resaltarían más el espíritu y supremacía helena– sufriría las violentas incursiones de los cartagineses. Los presuntos descendentes de fenicios guiados por Aníbal Barca intentarán cambiar drásticamente la fisionomía de Iberia. Cae y se inmola Sagunto y se refunda Barkeno. Unos se oponen heroicamente al favorito de Baal y otros le escoltan en su intento de cruzar los Pirineos cuando, repentinamente y sin grandes traumas, se engullirían por la surgida con fuerza presencia romana. Esa fácil y tolerante romanización conducirá a Iberia dos siglos después a perder todo signo de identidad, lengua, costumbres o escritura.
Como “virtualmente” quedó demostrado, desde el sur al norte y del norte al sur la helenización había absorbido casi en su totalidad factores vitales de la vida cotidiana íbera como su lengua, escritura, arte y legislación, comercio y comunicaciones. Cuando llegaron los romanos “bebidos” de esta misma cultura y lengua, ha resultado mucho más fácil volver a transformar la vida cívica heleno-íbera en la propia romana. Solo los rudos vascones y autrigones, atrincherados en el invulnerable norte rural, mantuvieron su propia lengua: el euskera. Estos han sido presumiblemente los únicos celtíberos junto a los cántabros que no se han mezclado siquiera con helenos o heleno-tartesios.

     Hoy en día, se pueden apreciar las enormes diferencias lingüísticas y costumbristas que mantiene el pueblo euskaldún con el resto de España.

     Hay que insistir sin reparos que, desde los éxitos de las expediciones de Escipión y la retirada de los cartagineses, los demás pueblos íberos –TODOS– progresivamente se han romanizado por igual. Y consecuentemente, su actual lengua es resultado del latín en su totalidad. Es por tanto obvio que todas las lenguas de la España actual son un dialecto del latín vulgar, una lengua romance. Igual que el catalán, el castellano, el gallego y el valenciano. Y que el único derecho de lengua autóctona íbera en uso solo debe afectar al euskera, con permiso de mi amigo y gran homerista Nikos Kampanis (mentor). Él, de repente y de nuevo, nos ha sorprendido a todos relacionando la palabra “euskera” y su procedencia con el legado homérico. Prometo muy pronto, como homenaje a mis entrañables amigos de Euskadi, solicitar a nuestro erudito a que nos introduzca en esta sorprendente teoría.

     Pero volviendo al principio, lo que querría demostrar es que históricamente, desde antes de la primera Olimpiada del 776 de la e.a –según Apolodóro o Estrabón– o desde el siglo XIII de la e.a –según otros, en los que me incluyo–, los helenos ya estaban dominando el litoral y probablemente el prelitoral e interior de la Península en estrecha y amistosa colaboración con los íberos. Especialmente en las regiones que hoy se conocen como Cataluña y Levante, y pese a las tempranas incursiones de galos y cartagineses, mantuvieron su total influencia hasta la llegada de Aníbal, al final del tercer siglo. Esa influencia a partir del segundo siglo pasó –como dijimos– al dominio final romano. Testigos como la “dracma” de Barkeno, acuñado al final del siglo III y perdido sorprendentemente por las “autoridades” locales, lo demuestran. ¡Ojalá un día podamos escavar los cimientos de Barcelona y resucitar a la bella metrópolis helena y a su melliza Laie!
Dejó Escipión sus victorias contra Iberia y sus tribus –entonces llamada Hispania por cartagineses y romanos– en manos de Roma, donde permaneció durante siglos. Como Hispania bautizaron los romanos a la Península, tomando el nombre cartago-fenicio Spánia, y no el heleno Iberia, nombre que se mantiene hasta hoy. La nueva conquista llegó a dar incluso una poderosa dinastía al Imperio, que glorificaron emperadores como Trajano o Adriano.

     Luego de la ocupación romana, sucedieron épocas de paz y de guerra, incursiones de bárbaros y rebeliones, escisiones, conquistas y reconquistas hasta la llegada de los godos y los árabes. Ya en los siglos XV y XVI de nuestra era, alcanzó su máximo esplendor bajo el poderío del reino de Castilla y Aragón. Se pueden vanagloriar incluso los almogávares, “descendientes” de aquellos heraclidas y layetanos, por haber conquistado y ocupado Atenas durante un siglo.

     Más tarde, en el siglo XIX, España es invadida por Napoleón. En lo sucesivo, se atrevió a proclamar la Primera República, desafortunadamente pisoteada por la Restauración de los borbones. Más guerras y dictaduras siguieron. Y la proclamación de una nueva República. Luego, la última y cruel dictadura hasta llegar hoy a respirar libre, a pesar de las continuas crisis promovidas una vez más por la “invasión” de los germánicos.

     Mientras, el territorio que hoy ocupa Cataluña (cuyo nombre que hoy sustenta no aparece hasta el siglo XII de la era moderna) permaneció unido y súbdito a las mismas tierras de las que hoy reniega. Y juntos avanzaron durante siglos para sostener este país que hoy se denomina España

     Este mismo territorio que antes había sido profundamente helenizado por más de DIEZ siglos, luego plenamente romanizado hasta sucumbir conquistado por godos y árabes y gozar de su libertad por la reconquista y su pertenencia al reino de Aragón como condado y parte.

     Aunque se sostienen teorías de desapego desde principios del siglo XVIII, ha sido a partir del XIX de la era moderna cuando intentó tímidamente la recuperación de “su” lengua (lengua latina) y su “perdida” identidad (herencia innegable de la civilización íbero-helena).

    En la actualidad, transcurriendo la segunda década del siglo XXI, cuando se anhela la soñada y probablemente utópica unión de los pueblos de la vieja Europa, los celtíberos, los galos, los germánicos y los tartesios, los romanos y los helenos, algunos “pseudo-salvadores” neonatos de este indiscutible territorio, irracionalmente presionados y puede que vejados por los patrioteros de la irracional derecha sideral de siempre, piden ¡la Independencia! ¿La Independencia       DE QUIÉN?

   ¡Ese territorio es mío!

    Después de más de diez siglos de potestad y de suma influencia Helena, ¡me pertenece por igual!

    ¡A mí y a los íberos! Y a los layetanos…

    Los íberos unionistas y mestizos. Los íberos helenos, tartesios, indigetes, ausetanos o layetanos. ¡No ha lugar a consultas!

     Y si alguien pretende falsamente Libertad POR MÍ (demandando MI LIBERTAD de expresión y mi derecho de pertenencia), ES LIBRE de irse por el mismo camino que siguió Aníbal para cruzar los Pirineos. Pero, por favor, dejen aquí a mis layetanos!

R d F

Heleno y layetano de izquierdas.

 

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