Canto XIII. El Intruso, (“SASSENACH”). LOS MITOS DE ASOTO


Canto XIII. El Intruso, (“SASSENACH”).

                                    LOS MITOS DE ASOTO

               ¡Otra vez frente a la caja tonta haciendo zapping! Vulgarmente, como sentenciaría mi buen amigo Mentor, cambiando los canales sin ningún orden. Y lo que es peor: sin interés. ¡Típico! Me fastidia la burda repetición de los telediarios. Y peor: el burlesco trío de unos presentadores que se pitorrean de la desaparición de unos ciudadanos despreocupados que nadie sabe a ciencia cierta si desean que les encuentren o prefieren que les dejen en paz.

     En el canal cuarenta y cuatro me pareció atisbar que echaban una serie. Pero, excitado y confuso, la pasé sin darme cuenta. ¡Ahh, no! ¡Otra vez no! ¡No voy a ver otra bazofia! Me quedan escasas neuronas sanas. Pulso la flechita de la izquierda y busco los canales anteriores. ¡Ya me parecía! Están echando una preciosa serie británica de época. No es de la BBC, pero tiene una pinta estupenda. Y apenas ha empezado, porque aún están pasando los títulos.

     Dispongo de poco tiempo hasta que empiece el capítulo, pero me sobra para robarle a la nevera una barrita de botarga, abultada y disecada, uno de los deliciosos obsequios que me envían mis instruidos amigos de Mesológgi con frecuencia. Los ciudadanos de Mesológgi –y con ello me refiero también a los conterráneos oiniaditas–, para quien no los conozca, son acogedores, recelosos de su vida, apenas complicados y exageradamente hospitalarios. En lo que se refiere al “caviar” doméstico, este se acompaña espléndidamente con vino blanco “Acíri”, tinto “Aidáni” o Tsikudiá Cretense, fino orujo destilado. Pero en esta ocasión me hago cargo de un botellín de Ouzo Trikenés que me envió mi amigo Sócrates ¡y aún no había conseguido hincarle el diente!

     Casualmente, la “ofrenda” coincide con el comienzo del episodio. La mirada, –al empezar– acompaña disimuladamente a la irlandesa Caitrióna Bálfe, ex modelo de Christian Dior, que en el caso que nos ocupa interpreta a una enfermera británica al final de la Segunda Guerra Mundial de nombre Claire Beauchamp Randall. Acostumbrado a las versiones dobladas, intento concentrarme al máximo para coordinar los diálogos de la versión original (V.O) con los subtítulos sin que caiga hechizado en los brazos de Morfeo… ¡Y no es porque el “Trikenés” –además– es pura dinamita!…

     Ella es espigada, flaca, de tez pálida y delicada. Parece una dama (Lady) surgida de otra época, perdida en un bosque frondoso y umbrío (Wilderness) en tierras altas escocesas (Highlands). Desconcertada, con asombro en la mirada, girando alrededor de su sombra, tropieza en las rocosas raíces, que parecen resucitar brotando de la lunática tierra embriagada, apareciendo de repente para reivindicar su eterna existencia.

     De repente, se ve rodeada de un pétreo monumento megalítico (crómlech) formado por enormes alargadas lápidas (menhir) en medio de la nada. Se cae de bruces sobre la esponjosa hierba. Y en su caída, tiende la mano instintivamente para abrazar con las palmas (Grab to…) la fría materia de las piedras (Stones). Al sentir su abrazo, el cielo se resquebraja y ella queda flotando en el aire solo a unos centímetros de la sobrecogida tierra. Luego, siente volar por los aires, adentrándose en la vorágine de los tiempos… ¿Cómo es posible? Y, sin embargo, reaparece después –sin darse cuenta–, doscientos años atrás, en el año mil setecientos cuarenta y tres sobre la misma tierra mojada de la ocupada Escocia rodeada de hostiles Jacobitas y casacas rojas (redcoats) armados hasta los dientes. Ella es una extraña (del gaélico: Sassenach,) y una intrusa (Οutlander) en un ambiente adverso y tiene que encontrar sin demora el camino de retorno –o por lo menos, dar con las respuestas que envolvían aquel oscuro conflicto de estas tierras–.

     Hoy, medito mientras los anuncios inundan la pantalla. Es otra vez siete de octubre. Siete de octubre del dos mil quince. Y cualquiera puede sospechar que ese egocéntrico soñador ha vuelto con sus teorías y ahora no ha maquinado otra cosa sino viajar en el tiempo para madrugar el mismo día del aniversario de la Naval al costado de su querido Frángia, en medio de la gran batalla.

     ¡Ahh, no! Me entendisteis mal. No deseo trasportarme al siglo dieciséis. La idea me aterra. Con la Santa Inquisición, los arcabuces, las cimitarras otomanas, la infame doble moral. ¡Ahh, no! Me habéis malentendido. No quiero volver atrás para revivir vanas teorías sobre las controversias de la gran batalla Naval, la que el maestro Cervantes ha sumergido en el olvido. ¡Ahh, no! Si yo puedo elegir, si me dejáis elegir, si me lo permitís, si no sugerís ver despreciada ingratitud en mi sed por nuestra historia, en el amor que guardo a esa tierra sagrada, en el respeto por lo patrio y por nuestros pueblos, pediría ¡oh sí! a ese tótem mágico, a ese menhir, que me transporte al siglo doce de la era antigua –al micénico mil ciento noventa y cuatro– allá lejos en una minúscula isla de las Oiniadas, en medio de las cuarenta naos que construía su ánax Mégis, para liderar Dulíquios y Equinadítas en la madre de todos los asedios. En la guerra de Troya.

     Durante el último año, recibí ininterrumpidamente y por todos los medios actualizada información, súplicas, invenciones, suposiciones, invitaciones, voces de ánimo para que siga con mi empeño a que se reconozca –aunque sea únicamente– el mínimo derecho, la disputa por un pedazo, un capítulo de la batalla naval de las Equínadas que por derecho histórico nos pertenece. Entre otros, un lugareño oiniadíta, sencillo y experto conocedor del lugar, se ofreció a conducirme al sitio exacto donde tuvo lugar la batalla y donde había localizado reliquias sumergidas, cañones de galeras despiezados, quillas podridas de las naves y montoneras de arcabuces, espadas oxidadas y cimitarras, sepultados no en tierras de Lepanto o el golfo de Patrasso, sino al lado de las costas de “Paracheloítida”. Algún día insospechado, estoy seguro de que otros recogerán el testigo. Más eruditos, más próximos, más preparados y más decididos. Y revolucionarán la verdad, restituyendo el salvaguardado erradamente rumbo de la historia. Nosotros aquí en este ingenuo relato pretendemos el reconocimiento de otra realidad igual de controvertida y censurada –pero a la vez provocadora e interesante– como es el descubrimiento del segundo tesoro de nuestra región, la revelación y difusión de nuestra verdad sobre el olvidado Dolíqui y el archipiélago de las islas EquÍnadas, origen de gloriosos y afamados Oiniadítas navegantes, cuna de nuestros antepasados…

         –Enéo, aguanta el trípode, porque el suelo está ondulado y se te ladeará. Y yo mientras echo un vistazo con el distanciómetro para ver dónde nos encontramos.

     No sabía si Nico había viajado conmigo al siglo doce o era una alucinación, pero le veía claramente allá al otro lado con aquel chisme en la mano, gesticulando con movimientos agitados y concisos, brincando rítmicamente sobre la tierra reseca para evitar las glebas y las aladradas de la labranza. Le veía con claridad, pero era como si flotase dentro de un diáfano prisma cristalino. Una silueta que se antojase a miles de kilómetros lejos, pero que sin embargo me parecía que caminaba aquí a mi lado.

     –Nico, ¿eres tú? ¿O el espectro de Mentor? ¿En qué siglo nos encontramos? ¿En qué país? ¿En qué dimensión? ¿En qué lugar?

    –Yo, en el dos mil quince. ¿Y tú? –Disimuló bajo la sombra de su despoblado “mostacho”.

     –Mil ciento ochenta y cuatro de la era antigua. En las Equínadas. Acaba de finalizar la guerra de Troya.

     Escuchaba mi propia voz y mi eco y no podía asimilar que platicaba desde el más allá con alguien. Apenas dos días antes, estábamos juntos en Atenas organizando su próximo libro basado en la rapsodia é y la “isla de las líneas rectas” …

     –Yo también estoy en tu tierra. Pero en la época actual. Me devolvió a la realidad el acento agudo de mi inmaterial contertuliano. ¿Recuerdas que te hablé de que intentaría ocuparme de la cartografía de la región si las autoridades me lo permitiesen?

     –Claro que me acuerdo. ¿Lo conseguiste? ¿Te dieron los permisos? Habías insinuado que podría haber dificultades…

     –¿Tu qué crees? –Levantó el tono de su voz.

Y su retorno se dispersó en las innumerables esquinas del poliedro.

     –¡Claro que no! Este país ha cambiado, pero a peor, a lo largo de los siglos. Por eso te pedí si tú quisieras viajar al pasado –teletransportarte– para ayudarme con mi cometido y así participar en mi investigación.

     –¿Participar en la investigación? ¿En qué investigación? ¿Y a quién le pediste tele-transportarme?

    –Se llama telequinesis. Del ΤΗΛΕ y κινῶ, «tele y mover». El tránsito de la materia sin mediación física. Está en el libro de las líneas…

     «¡Vaya!». Otra vez resucitó Mentor la tri-teoría de los homeristas sobre los Τηλ’, Τηλε y Τηλου. Creo que tendría que abandonar ya estas odiseas espaciales, porque ya no estoy para más excursiones tridimensionales y prehistóricos vuelos.

     –Vale, de acuerdo. Conozco tu teoría, pero no me has dicho a quién pediste que me teletransportase.

     –Ya sabes mi debilidad por la Paláda. A ella entonces.

     –¿Atenea? ¿Me trajo aquí Atenea? ¿Has pedido a Atenea que me transporte al mil ciento ochenta y cuatro, a las islas Equínadas? –protesté enojado–. ¿Por qué razón?

     –No. Yo le pedí llevarte diez años antes para que te encontrases en Doliqui a la hora en que zarpase el príncipe Mégis rumbo a Troya. Pero ella temió que te reclutasen por error y cambió de opinión en el último instante –Soltó una sonora carcajada, como si pasase alguna imagen graciosa por su mente cinematográfica.

      Y concluyó con refinado sarcasmo:

     –¿Pero sabías que aquel “Polifémo” y bon vivant –Odiseo– intentó, sin conseguirlo, escaquearse del asalto a Ilion, pasándose por chiflado, y tuvo que registrarse a regañadientes en el último momento?

     – Cuidado con esta lengua, no calumnies a mi antepasado…

     –…Y ¡al mío!

     –¿Y ahora qué esperas de mí?

     –Pensé que podías echarme una mano con las mediciones.

     –Podías consultar la historia, la geografía homérica, a Estrabón y dejarme en paz. No sabes qué me puede ocurrir en estos inhóspitos lares. Aún no ha amanecido y no encontré ni un triste farol en toda la isla. Y otra cosa. ¿Cómo me iban a reclutar si tú sabes bien que soy un desmañado?

     En el fondo, me congratulé por la misericordia de la Diosa a trasladarme diez añitos más adelante. Porque si no, gracias al arrebato de Nico, imaginaba a mi prehistórico yo medio desnudo, encaramándose al palo mayor de algúna “penticónteros” oiniadita, buscando impacientemente y en vano atisbar un trozo de tierra, mientras la nave surcaría las perturbadas olas del Egeo como animal desembocado.

     Como si adivinase mi preocupación, continuó aquel, ahora más diligente.

     –La historia aporta poco sobre esa época, amigo “Ácastos”. Y solamente Homero la ha iluminado escasamente. Pero como bien sabrás, no dejó ningún mapa para saber dónde se encontraba la cuarta isla o península, el cuarto distrito, el paraíso perdido de Odiseo y de Meges, el cautivador pero desconocido Doliquion. Además, ¿por qué encomendarse a la historia? ¿Acaso te ha servido en algo cuando la consultaste sobre la batalla naval de Equínadas, veintiocho siglos enteros después de la época en cual te encuentras? ¿Ha ocurrido algo? ¿Ha cambiado algo? ¡Oh, sí! Perdonad. Cinco infelices más se han enterado de que la batalla tendría que llamarse “de Equínadas” y no “de Lepanto”. ¡Bravo! ¡Felicidades! Escúchame y no saldrás perdiendo otra vez. Es más fácil demostrar que nuestro Doliqui y las Equínadas son la cuarta isla[1] del reino de Ítaca Homérica y que se encuentra en la misma sagrada tierra –la nuestra– a que Cervantes no pisó nunca el malecón medieval de Lepanto.

     –Tienes razón.

     –Por supuesto que la tengo. Y en lo que se refiere a su pericia en la navegación, no mires tu situación actual. Quiero decir, tu desconocimiento a navegar en tu siglo real. Porque donde ahora pisas en tu presente se llama Κατοχη. Según nuestro maestro –el hombre sabio entre sabios, el bardo de baros, Homero–, su nombre viene de los vocablos κάτω y οχος, καθ’-οχους, que traducido significa “aquellos que abordan ahí abajo ensenadas”. Estoy seguro de que en tu vida homérica serías –jejeje– un lince en el arte de calafateo o del ensamblaje.

     «¡Imagínate que es verdad la teoría de Nico y que tantos años hemos estado buscando la etimología del nombre de nuestro pueblo en la época medieval!», desconfié, quedándome con las lógicas dudas humanas.

     –Nico, ¿crees que todos los significados de las palabras tienen que ver con Homero?

     –¡Evidentemente! ¿Y tú?

     –No sé qué decir. No sé. Existen los demás escritores clásicos, los filósofos… Pero quiero creerlo.

     –¡Créetelo!

     –Bien. ¿Y qué opinas sobre Dolíqui y las Equínadas? ¿A qué me has enviado investigar? Si hemos de bailar, bailemos. Soy todo oídos.

     –Sé que tú sostienes, aunque con reticencias, que Doliqui –el cuarto segmento conquistado por Laertes– debe de haber pasado a Megis por herencia como parte de la dote de su madre Ctímene –si realmente ella era su madre y hermana de Odiseo–. Pero mi intención es situarlo primero geográficamente. Y luego nos dedicamos a encontrar su relación con la Ítaca homérica. Aún nos queda trabajo que realizar. Temas que investigar y diálogo a raudales. Por lógica, el territorio tendría que incluir la parte insular de Acarnania desde Astacós hasta el golfo de Ambrácia. Y a ella pegada en su ala derecha a Leucáda. Puede que el interior también de Stratos a Agrinion –funadada por Agrio-. Y, por otra parte, el archipiélago de las Equínadas. No las Equínadas como se conocen en la actualidad, –peñascos rocosos y desérticos–, sino las Equínadas homéricas, la mayoría de las cuales son hoy colinas y montes absorbidos por el abrazo del inmenso campo que rodea incluso esa isla que ahora pisas, una de las islas de las sagradas Equínadas.

    –¿Las Equínadas son ahora colinas? ¿Quieres decir que había más Oiníadas y que por ello su nombre se divulgó siempre en plural?

     –Es probable. La evidencia es que el conjunto isleño de las Equínadas del príncipe Meges no solo aunaba las Oiníadas, pero también las islas actuales desde Oxia hasta Meganísi y desde Vrómon a la minúscula Astérida. La fisonomía del terreno hoy día esta alterada, pero si lo exploramos con atención veremos que sobresalen por lo menos cuatro o cinco colinas sugerentes que constituirían las grandes islas y bastantes otras menores. Y abundantes peñascos desde las Scrófas hasta las entrañas de la laguna…Y no te olvides de que el propio Mesológgi de Byron está cimentado sobre tres minúsculos islotes que se fusionaron con el paso de los siglos…

     –Nico, te he hablado de mi teoría de las discrepancias, ¿verdad?

     –Sí, me acuerdo.

     –Hablando de Mesológgi… Olvídate un momento de las geomediciones y acércate a la taberna de Gianni Dimitrúca a por anguilas y pardetes a la espalda. Ya verás como después no discreparás nunca por el arte culinario que dejaron a la región Curétes y Léleges. Mientras, mi señoría, ya que despertaste mi curiosidad, te prometo que haré lo que sea para traer respuestas sobre este lugar, ¡para que nunca más existan discrepancias y disputas!

     –El “Nunca” querido Ácastos no tiene lugar en la historia.

          Lady Beauchamp se había dejado atrapar en las redes del clan escocés de los MacKenzie y no encuentra el camino de regreso. Las escenas se intercambian dramáticamente entre los bosques y los miserables campamentos de los dos contrincantes mientras ella se debate entre sus ansias por volver a su época y su simpatía, que empezaba a brotar en su interior por sus propios captores. Un compasivo húsar con la espalda escarbada del látigo –que con tanta destreza utilizan los “casacas rojas”– se ofrece a compartir su vida con ella para siempre. El dilema entre los sentimientos y la lógica es arduo y desgarrador.

     El frasco de ouzo está tomando el aspecto de vieja ánfora homérica. Los asimétricos, pero a la vez hexaedros cubitos de hielo, elevando su semblante hasta los labios del cubilete, bailan en círculo hasta anudarse, fabricando un hidatifórme prisma irradiante. Dentro de este reflejo cristalino emerge repentinamente Mentor, en el mismo momento en que el húsar empieza a desabrochar el enmarañado corsé de la lánguida dama.

     –¿Qué información recogiste “súbito”?

     Al cabo de tantos años de yerno interino en Lixúri, había enriquecido su vocabulario con expresiones de la península de Palikí.

     –No me presiones. No disponemos de los mismos medios. Anduve por el sendero hasta la pequeña aldea de los calafates y los maestros carpinteros, pero no encontré ni un alma alrededor. Y el astillero parece abandonado y desierto. Diez años de desidia han traído la catástrofe a la isla.

    –Se perdió el desdichado príncipe, no regresó de la guerra, saquearon –todo– los pretendientes- que se postraron a los pies de Penélope codiciando herencias ajenas. Pero dejemos eso. Y dime, ¿dónde te encuentras… “súbito”? ¡Al detalle! ¿Adónde irás? ¿Qué has visto?

    –Cuando estaba desesperado del todo deambulando por los senderos, encontré un zagal harapiento y hambriento, quien, a cambio de mi macuto, me condujo a un varadero abandonado donde me esperaba una falúa destroncada que llevaría ahí una eternidad embarrancada. La vela estaba rasgada. Y sus podridos escálamos dudo que soporten los remos… Antes de que se despidiese con un alarido entusiasta y desapareciese corriendo la escarpa, me explicó que la isla se llama “Neos” y antes se llamaba Nausithóe,y que la isla grande enfrente, a cinco millas, llámese Lais-sini, y es la capital de las Oiníadas. Intentaré rodear la isla cómo pueda y luego pondré rumbo hacia la de enfrente.

     –Intenta transmitirme todo lo que veas y localices en los alrededores.

     –Te puedo decir que la circunferencia de la isla es en torno a los ochenta estadios. Estimé una milla y media por hora con la vela y los remos. Y tardé algo más de dos horas. ¡Haz cuentas! En este momento, pongo rumbo hacia la isla grande, situada más al este. Espero alcanzarla en breve. La distancia no es importante, pero la navegación es un embrollo y los canales imperceptibles entre las marismas, los peñascos, los atolones y los arrecifes.

    –Ahora todo esto es pedanía, ¿recuerdas? Igual que el reverso de la colina donde te diriges, justo delante de Fráxo. Ahí se encontraba el lago Melíti, que tomó su color y su nombre de la sombra de los gigantescos fresnos que lo rodeaban. Actualmente, es un campo fértil y rico gracias a la intervención humana.

     –¿A ti qué te muestra el distanciométro?

     –La isla del Rey de tres corazones tiene un perímetro de más de seis kilómetros, amigo Acastos. Justo los estadios que tú mediste navegando. En lo que se refiere a la baja sierra de la que hablamos, di la vuelta a la montaña desde un punto a otro. Desde la orilla de Aquelóo hasta Lesíni. Y de ahí a Fráxo y a Valtí. Son más de doscientos cincuenta estadios. ¡Majestuoso! ¿Recuerdas apenas cómo es en la actualidad la montaña?

     –¿Tú qué crees? ¡Por supuesto!

     –Su morfología es insospechable, con bahías naturales y vastos estanques genuinos.  Vestigios de prehistóricas tumbas, grutas sugerentes y piedras megalíticas salpican sus cimas. Obsérvalo todo de cerca. Tengo la sospecha de que a la altura del antiguo estuario del río existían desembarcaderos de pescado. Y al lado opuesto, ensenadas en el lago Melíti.

     –Ahora que me estoy acercando casi a pie de la montaña, diviso en la ladera un fuerte amurallado y un esplendoroso torreón en la cima de la colina.

     –Me dejas boquiabierto. ¡Qué gran sorpresa! ¿Habías oído algo al respeto? Sin duda, esta isla tiene todas las ventajas para ser, con diferencia, la capital de las Oiníadas y una de las islas más importantes del archipiélago de las sagradas Equínadas.

     –¡Lástima que conocemos tan poco! Si consideramos su tamaño y su aspecto, seguro que la eligió Perímele para transformarse en lais-sini –“senos pedregosos”– cuando Aquellóo suplicó por su salvación a Poseidón. El nombre le favorece. Recuerdo el mito. Cómo se transformaron por la furia de los dioses las Náyades en esas islitas Jónicas, las Equínadas. Aunque supongo que a ti no te emociona demasiado el mito por no haber salido de boca de Homero, sino del mortal Ovidio, concédeme un día la ocasión de contarte su historia. Pero ahora dime. Si Lais-sini es “la autoridad”, ¿qué pinta la isla de la colina del Rey de tres corazones?

     –Su puerto, supongo. La isla de Atarazanas. Antes de llegar aquí, pasé por sus ruinas para ver cómo se conservan hoy e hice un breve registro. ¡Averigua que descubrí! Las bases en los muros son de piedras encastradas. ¡Abotonadas! O sea, de la época micénica. ¡Qué pena que no te hayas podido acercarte para atestiguarlo! Pero no hay problema. Estoy seguro de que el astillero primitivo es prehistórico y han construido el actual encima, en el quinto o cuarto siglo de la era antigua. En cualquier momento, si tenemos suerte, lo certificarán las excavaciones. Puede que por ello no hayas encontrado palacios y alquerías, fortificaciones y ciudadelas con atalayas. En tu época, en esa en que te encuentras, gracias a Palas Atenea se utilizaba como varadero. Pero aún no se había construido “Oiníades” como la conocemos hoy. Como ya te dije, el nombre se referiría a todas esas islas prehistóricas que ahora son colinas encastradas en los drenados y desecados humedales. Sin embargo, a mí esa baja sierra, esta presumible isla que estoy explorando en este momento con ahínco, me parece más real, más imponente. Y así, como está abrazada a los viejos estuarios del río, debía de ser resplandeciente. ¡Lástima que a nadie se le ocurrió hacer excavaciones! Puede que porque el lugar siguió habitado todos estos años y las comunidades modernas han hecho desaparecer sus huellas prehistóricas. Tampoco ayudaron los drenajes de las marismas y los lagos y… ¡Quién sabe qué podríamos descubrir! Y con la ocasión, para pasar el tiempo hasta tu llegada al cabo, yo no estoy seguro de que la sierra de senos fuese el alter ego de Perímele. Y segundo… ¿Sabes qué significa en la lengua homérica Lais-sini?

     Mientras Mentor continuaba con su monólogo, había empezado a nublarse y los reflejos que irradiaba el centelleante prisma empezaron a bailar sobre la línea del horizonte, hechizados por la magia del momento. Las olas, cada vez más tortuosas, zarandeaban la minúscula y penosa balandra que se contoneaba bajo mis pies.

    –Nico, me temo que tengo un problema serio. Han cedido las podres chumaceras y he perdido los remos. Estoy a la deriva…

     La diáfana figura poliédrica de aquel metafísico Pigmalión y pertinaz homerista se alejaba hacia los bastidores del olimpo, en el confín de la tierra…

     –Lais-sini, colinas bondadosas. ¡El topónimo es sin duda homérico! Como Dióni, Calcís, Ástacós, Ombriá, o Castós, que significa…

     –¡No puedo gobernar la balsa, Mentor! He doblado el cabo, pero la corriente no me deja costear… ¡Y sin remos…! Mentor, acabo de perder el mástil al mar y la vela cálase en retazos. Y su peso sumerge el casco al fondo.

     –¡Cuando vuelvas te explicaré mi teoría sobre Eleió, Fráxo y Aquelóo!

     –¡Por Zeus! ¡Mentoooor, cállate, me ahogo! ¿Qué hago? ¿Cómo es posible morirme injustamente entre marismas, tres mil doscientos años antes de existir? ¡Como si fuese una desventurada ninfa Equínada cualquiera! Tengo que resistir al destino. Aún no ha llegado mi hora. ¡Tengo que despertar ya de esta pesadilla! ¡Mentoooor!

          Descomunales olas plomizas, ondulantes y felinas atraviesan rechinando la córnea de mis ojos. Y después de taladrar maliciosamente el aturdido iris, se despedazan solas contra la superficie de la mácula como los corrompidos tablones de la balsa que reventaron estrellándose en los peñascos del cabo. Torrentes brotan de las rendijas, inundando mi ser. Y luego se pierden por las oscuras fosas de cavernas marinas como serpientes resbaladizas. Un ambiente sofocante dificulta la respiración y la sensación de asfixia me traslada por mil galerías adiposas y perpetuas. Si el fin del mundo no es exactamente igual, indudablemente se le parece demasiado. Me armo de coraje. Y con las fuerzas que me quedan, aleteo con los pies como endemoniado. Y con el: «un, dos, tres» emerjo a la superficie.

     ¡La caja tonta se ha vuelto majareta! Se ha llenado de cien ondas electromagnéticas –que los eruditos llaman hercios (Hertz)– y trasmite en un tono prolongado y aterrador, que en este momento me parece alienígena. La programación en la televisión ha acabado y cierta cantidad de ouzo se ha derramado en mi calcetín izquierdo, aumentando la sensación del imaginario ahogamiento. La “Sassenach” ha desaparecido de la pantalla. No se divisan ni dragones escoceses con sus kilts de tartán, ni caballos ni bosques. ¿Qué diablos habrá pasado con la señora Beauchamp? ¿Habrá podido retornar a su época? ¡Maldita sea! Perdí el final. Y encima he traicionado mi sacra tarea de investigación. ¿Qué dirá ahora Mentor? ¡Incomprensible! Ni siquiera la misma Atenea llegaría a tiempo a salvarme del naufragio si se hubiese distraído a contemplar tal belleza sin emborracharse de admiración. ¡Menos mal que cumplió con su deber! No me dejaría perderme en los inhóspitos humedales de Lais-sini. Me salvó la vida… ¡Gracias, Palada!

     Sin embargo… ¡Qué pena! Estoy seguro que el viejo Plinio preferiría ahogarse antes de renunciar a aquel increíble e insólito descubrimiento. Porque justo en el momento de arrebatarme la diosa de las aguas turbulentas, –en aquel irrepetible instante– el cielo se había resquebrajado. Y frente a mis sorprendidos ojos se había desdoblado un paisaje sobrecogedor…

    Allá a lo alto de la colina, en el relieve de la meseta, en algún lugar sobre Lais-sini y Kat-ojí, se iba proyectando como en una película de leyenda un esplendoroso, imperial y áureo alcázar… ¡Un micénico palacio real!

     Y aún hoy –todavía– me pregunto: ¿Habrá sido de verdad?

                                                                                                    [1] MUY IMPORTANTE: En la antigüedad, isla y península significaban lo mismo.

                                                    Publicado en griego en el “extra por Duliquion” del periódico Aixmi en octubre de 2016. Pertenece al libro LOS SUSTRATOS DEL ALMA

 

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