Canto XV. Sonrisas de barro. “La maldición de Cronos”


Canto XV. Sonrisas de barro

                          “La maldición de Cronos”

               Aquel año en la fiesta nacional, pusieron de abanderada en el colegio a su hija mayor.

     Toda la noche se quedó despierta para prepararle su ropa festiva. Cortita falda negra, camisa blanca con lazo y dos cordeles. Planchó cuidadosamente los blancos guantes de seda con los que sostendría la bandera y la levantaría –según la costumbre– lo más alto posible en el momento de escuchar el preludio de la misa y la “salve”. Y luego, el himno nacional. Su pequeño Erol recitaría el poema: “Hellás nunca muere…” –en el monumento de los héroes–, después de depositar las coronas conmemorativas por las autoridades del pueblo.

     ¡Con qué gozo se quedaba despierta para ver a sus retoños más chicos, a la mañana siguiente, destacar entre los demás, bien cuidados y limpios! Ayer noche, les compró seis banderitas con rayas azules y blancas para que las porten en las manos mientras esperaban con ella en el arcén el pase del desfile.

     La mayor alegría evidenció la pequeña Sidíka con su banderita de alambre y papel. Tanto la deseaba que, después de cansarse levantándola a lo más alto agachada en su camita, durmió –con ella en sus brazos– toda la noche.

     Se quedó dormida también ella –dando una cabezada– apenas una o dos horas antes del alba. Su Dueño se quedó en el campo toda la noche para completar el trabajo y así poder estar al día siguiente de madrugada en la ciudad y poder enorgullecerse con la “abanderada” y “el recitador”–así le llamaba a su benjamín–.

     Con las primeras campanadas, se habían preparado los niños. Los más mayores se dirigieron con la comitiva a la iglesia. Su padre, recién afeitado, los besó uno a uno antes de irse. Y se quedó ella con el ordenado Salí para cerrar la casa. Luego, se dirigieron camino abajo hasta la avenida a esperar el desfile final.

     Sidíka se había marchado un poco antes junto a Giasé de Bajrí, cogiendo sitio cerca de la cuerda que separaba la ruta de la cabalgata.

     Además –como dijeron–, se celebraría una carrera popular donde tomarían parte algunos mozos del pueblo. El alcalde prometió, que si vencían a los “foráneos”, dispondrían de un cordero con un lazo azul y una corona.

     Faltaba algún tiempo antes de empezar el acontecimiento. Encontró en la plaza a una del barrio y se pusieron a hablar de la fiesta y sobre Nefisé, primera de las chicas del colegio en todos los años de su existencia que ejercía como abanderada.

     A media mañana, llegó la comitiva delante del café de Imbám y se puso a organizarse para pasar por la tribuna de las autoridades con paso firme y perfectamente alineada.

     Encontró la oportunidad Sidíka para pasar entre las cuerdas y plantarse orgullosa al lado de la gran bandera. Posó su manita blanca sobre los hombros de su hermana y sonrió. Entonces, Imbám, el tabernero y fotógrafo oficial, les inmortalizó; a Sidíka, a la bandera y a Nefisé.

     De repente, se escucharon las marchas nacionales. El desfile llegaría al lugar de las autoridades. ¡Llegaba ya!

     Su mirada permanecía abierta como un clavel, fijada al pálido rostro de Nefisé.

     Los tambores sonaban con ritmo. Los pies pisaban firmes en el asfalto.

     –¡Pero qué cosas! –Se oyó, llena de maldad, una voz de entre la multitud–. ¡Una chica llevando la bandera!

     –¡Y además una pomáca! –dijo otro.

  Las cabezas se volvieron con temple –como si fueran uno– con los ojos fijados a las autoridades.

     –¡Felicidades! ¡Y hasta el año que viene!  –dijo el alcalde del municipio.

     –Hasta el año que viene –respondieron todos con ardor.

     –¡Ojalá, ¡Dios mío, mañana!  –pronunció con voz baja, para que nadie la oyera, ella.

     Miró el pálido y resignado rostro de la “abanderada”. Se alteró. Tuvo miedo.

     –¡Dios mío! –pronunciaron sus labios.

     Intentó acercarse y cogerla entre sus brazos. Tenía mucho miedo. Pero se quedó ahí, inmóvil y con los ojos abiertos de par en par, con una extrañeza en sus labios y agarrando con fuerza la mano de su hijo. Y de repente, la vio tambalearse. Un paso. Otro. No emitió ni un gemido, abrazada con fervor a su bandera blanquiazul. Quedó ahí, desmayada en la mitad de la calle. Su Nefisé… Su “abanderada”… La multitud se alteró.

    –Algo le pasó a la chica. «¡La maldijeron! ¡La maldijeron!», oías de todas partes.

      La subieron rápidamente a un camión. Le pareció ver a su Dueño junto a ella. Secó el sudor de su frente. Luego, se puso a reunir a los hijos. Sidíka estaba llorando tan desgarradamente que un poco más y empezaría ella también a llorar. Mordió los labios, los cogió a todos de la mano y caminaron hacia la casa. El mayor, Esék, subió callado al tractor y se marchó al campo en el lugar de su padre. Empezaba a caer una nítida llovizna señalada. Se quitó de la cabeza la mantilla y se puso a preparar la cena.

          Sidíka vino corriendo aquel mediodía del instituto. Lloraba. La vio de reojo. Pero no dijo nada. Oyó la puerta cerrar y escuchó sus lamentos. Luego, rompió la punta de una habichuela, cortó la dureza y la echó en la olla vacía.

     Nefisé empujó con sus dos manos los aros de la silla de ruedas, que se deslizó sobre la lampiña alfombra turca. Entró al vestíbulo. Sus manos delicadas acariciaron el canto vertical del corredor. Encontró a su hermana llorando en cuclillas sobre la cama. Le acarició sus cabellos dorados suavemente.

     –¿Qué te pasa, querida mía? –le dijo–. ¿Quién te hizo daño? ¿Quién entristeció esos labios de coral? ¿Por qué regar tus rizos con lágrimas así? ¿No sabes que la lágrima los vuelve oscuros y luego se debilitan y se rompen? Sí. Como ramitas de limonero. Ven y dime, amada mía, qué te hicieron. Dímelo, pues tanto te quiero.

     ¡Qué bien hablaba Nefisé! ¡La dulce Nefisé! «Querida desvalida hermana mía». Secó los ojos con prontitud, preocupada.

     –¡Yo también te quiero, mi bien! Te quiero –gimió, besando las orillas de sus labios pálidos.

     Nefisé sonrió con tristeza, abrazó tiernamente a la rubita Sidíka y le devolvió con dulzura los besos. Luego, se fue hasta el rincón, cogió su encaje y salió, empujando los aros, al sol del patio. Sidíka recogió sus cuadernos, se inclinó en la cama, tomó lápiz y papel y empezó a escribir sin poder sostener las lágrimas, que seguían emanando bajo los párpados.

     «A Sapón, Rodopi. Ocho de noviembre del setenta y dos. Hoy es sábado». Y luego: «Querido y adorado hermano…».

     Secó las lágrimas que salpicaban su cara y volvió a empuñar el lápiz. Las letras se desplomaban ahogadas, densas, una muy cerca a la otra, medio redondas y sin pausas.

     «¿Te acuerdas de aquel maestro cano de semblante ceremonioso que tú te llevabas tan bien en los primeros cursos del colegio? Aquel que progresó tanto hasta figurar hoy como concejal en el municipio y que luego, cuando prosperó, puso candidatura para ser alcalde del pueblo… ¡y fracasó! Aquel que, a pesar de protegerte por ser tú el primero de su clase a millas de distancia de los demás, ocultaba profundamente en su corazón desprecio y rencor hacia todos los pomacos. Mucho me temo que, a pesar de demostrar que soy la mejor en redacción y merecer el premio, me arrebatará el primer puesto de la evaluación de los lunes que nos pone de examen. Quería –dijo el engreído farsante– que escribiésemos algo sobre lo más valioso que tenemos en la vida y que nos ocupa el pensamiento. ¡El ladrón! Entonces, yo, que no tengo otra preocupación desde lo sucedido, escribí sobre nuestra dulce hermanita. Porque tú me entiendes, ¿qué más podía escribir? Pues me ha regañado y me gritó Que eso no era un valor vital, no era lo que él pedía. ¡Eso era un asunto personal! Sé que ese orgulloso profesor se molestó injustamente por esa “insensatez” mía. Soy de otra raza también. Así lo verá. Quizá me ve su enemiga. Descreída quizá. Se lo comentará sin duda a nuestra respetable Rampié como castigo. ¿Qué puedo hacer yo? Lo veo absurdo… Pero tú, hermano mío, me comprendes seguramente. Verdad que me comprendes. ¿Qué otra cosa podía hacer? Al verla así tan desvalida, se me contrae el alma… Mi adorado Salí, en cuanto volví a casa llorando, vino a mí, me acarició los cabellos y me llamó su estrella, su aurora y un sinfín de cosas más. Se me rompió el corazón al verla, al oírla. Me preguntó por qué lloraba. Y yo, que nunca le oculto nada, no le dije la verdad, ¡mentí! Bastante tiene con derretirse sin esperanza de sanar. Solo pude decirle: «Creo que el lunes nos robarán nuestro secreto más íntimo, hermana mía. Mírame…». Y sin poder explicarle nada, rompí otra vez a llorar hasta que ella se retiró, también lacrimosa. No puedo más soportar, añorado, su sufrimiento y su decadencia. ¿Dónde está aquella bella y sencilla doncella de interminables piernas y de párpados brujos? ¡Ay, mi Nefisé! ¡Cómo iluminaba los ojos de los mozos cuando la veían pasar por la calle! ¡Con qué naturaleza caminaba! ¡Con qué elegancia lucía los vestidos como la nieve enarbolada, como la alborada que el aura abraza! ¿Te acuerdas, hermano, como bromeabas que ella era una diosa enjoyada y yo su lamentable paje? Pero ahora, en su nebuloso horizonte, solo queda un pálido astro vagando por los pasadizos. El verdugo, cobarde y perverso, la envidió y la crucificó ahí en medio de la calle. Y luego, como espectro insaciable, le succiona la sangre día a día. Perdóname, querido Salí, si te llega esa carta húmeda de lágrimas. ¡Si supieras en qué desdichada me encuentro, adorado! ¡Mas, temo más aún por nuestro pequeño Erol! Le veo marchitarse día a día, como si de otro hechizo de maldad estuviera poseído. Y esa, nuestra atormentada y querida Rampié, todo lo aguanta, tan paciente que me da tanto miedo pensar –cuanto más lo hago– en si podrá aguantar hasta el final. Hermano mío, ayer vi de noche a la bonita Baícha y me prestó su beso más tierno, pidiéndome que te lo haga llegar igual de tierno hasta tus dos hermosos ojos, querido. Y eso hago sin tardar más un minuto, despidiéndome con afecto, punto punto punto…, tu venerado paje».

     Así terminó la carta Sidíka. Después, anotó la dirección en el sobre. “Teniente de alférez Salí Mpelio…” Se puso la bata y salió por la puerta de atrás sin hacer ruido. Se acercó hasta la ventanilla de correos y pidió que se enviase certificado y urgente con la primera expedición a la mañana siguiente. Luego volvió ligera a casa.

      De repente, no se sentía bien. Sus ojos brillaban. Y un profundo escalofrío penetraba por todo su cuerpo. Con dificultad se mantenía de pie. «Seguro que necesitaba descansar un poco», pensó. Antes, fue a despedirse de los suyos. Los encontró reunidos alrededor de la mesa, hablando por lo bajo. Esperaban impacientes la sabrosa cena de Rampié. Estaba también Esék con su esposa Siazié. Les pidió que la perdonasen. «Estaba un poco indispuesta». Y entristecida, besó a la callada Nefisé en la nuca y volvió a su cuarto, apenas con dificultad, vacilando. Se sentía débil y aturdida. «Necesito descansar», razonó, acurrucándose entre las mantas. Así le llegó el sueño.

     La madre, por la mañana temprano, acompañó a Amét hasta la puerta para ir al taller y a Esék y Siazié para bajar a la ciudad. Puso el puchero para el café de su marido. En cuanto subió un poco más el sol, se fue a preparar a su rubita para el colegio. Se extrañó encontrarla durmiendo aún. Le habló despacio. No recibió contestación. Le acarició la cara. Palideció. Un volcán ardía abrasador alrededor de su frente. Salió enloquecida hacia la puerta, se santiguó y entró de nuevo a la casa. Empezó a hablar a su Dueño entre sollozos, entre gemidos, sumergida en un irrespirable dolor. No había nada en sus pensamientos. Nada diáfano. El trastorno difuminaba la mente, borrándolo todo. ¡Se perdía!

     Él entendió. Cerró los ojos con amargura, callado. Se puso la capa sobre los hombros y salió con las pantuflas a la calle. Hacía frío. Empezaba a caer una ligera niebla.

     El médico rural llegó enseguida cuando le contó lo sucedido. Saludó a la amargada Nefisé con lastima y pidió que saliesen todos de la habitación enseguida. Sin mediar palabra, se retiraron todos al vestíbulo. Ella ni se inmutó. Ni se movió. La dejó –solo a ella– quedarse. ¿Qué podía decirle? ¿Provee Dios?

     En cuanto acabó, levantó con cuidado a la desorientada madre, la apoyó en sus hombros y salieron juntos al vestíbulo. La hizo sentar en el pequeño sofá al lado de la chimenea. Él se acomodó en el escritorio y, entretejiendo lentamente los dedos para no parecer nervioso y mirando a los ojos al señor de la casa, pronunció con tristeza e indulgencia la terrible sentencia: «Los síntomas, tanta fiebre, fatiga… ¡Si estaba tan bien! ¿Qué ironía? Tenemos que esperar, pero es probable que estemos otra vez ante una parálisis flácida»

     –¿Qué es eso? No sé… –musitó la pobre Rampié.

     –Es la polio, mamá –Ahogó sus lágrimas con disimulo el joven Erol.

     En la otra esquina, Nefisé ocultó con horror su cara en el encaje. Y una inmensa pesadumbre llenó su existencia.

     –¡La maldición de Cronos! –lamentó capitulada.

     Los demás no dijeron nada. Sin embargo, la maligna fiebre encendía la temerosa y perdida mirada de Sidíka. El médico, al marchar, les comunicó que enviaría enseguida un medio para trasladarla al hospital. Ella se quedó a su lado hasta que la recogieron.

      Erol, al volver la tarde de lunes del instituto, les comunicó que en el colegio no pararon los lamentos por Sidíka ni un instante. El inoportuno maestro, arrepentido al enterarse por el médico de la suerte de la rubita, les leyó en la mañana del lunes, con voz entrecortada, la premonitoria redacción de Sidíka. Luego, emocionado y generoso, añadió la nota más alta. «No es tarde. Nunca es tarde», pensó. Pero sabía que nunca sería lo mismo. Casi nunca es lo mismo.

          En el momento en que le trajeron la noticia sobre el teniente Salí, su pequeño Erol andaba tan trágicamente que le habían calzado hierros desde las manos hasta los pies. La noticia la trajo una avanzadilla del ejército compuesta de cuatro hombres. Vinieron dos soldados, un sargento y un hombre alto y sombrío con gorra militar y una estrella. Del regimiento de unidad nacional, dijeron. Habló el sargento –su portavoz– con frío semblante.

     –El teniente –Empezó– cayó herido gravemente la noche de ayer. Un poco después, sucumbió a sus heridas.

     –¿Está muerto? Decidme, ¿está muerto? –les preguntaba ella, sin respirar–. No entiendo. De verdad no entiendo. ¿Está  muerto? ¿Por qué no me decís?

     –Durante la celebración de unos ejercicios. Sí, señora. Lamento decirlo. Esa es la correcta definición. ¿Sabe? Todo son formalidades. Le traemos a que firme la declaración de que están ustedes enterados de lo sucedido, ¿verdad? Yo estaba presente. Ha sido lamentable. Sucedió de repente, durante la celebración de unos ejercicios. Totalmente fortuito….Se enrolló la antena del blindado en un cable de tensión. ¡Qué lástima! Gracias por su compresión. Gracias. ¡Muy bien! Perfectamente bien. Ya han firmado. Eso ha sido todo. De nuevo, nuestro pésame por el teniente. Todo eso es… puro formulismo. Son formalidades.

     No entendía nada de todo lo que decía ese portagalones. Solamente…

     –¡Decidme! ¿Ha muerto? ¿Ha muerto? –repetía.

     –¡Adiós! –Se inclinó el sargento, tendiendo la mano–. ¡Adiós! Mañana será el funeral ¡Sin duda que están invitados! ¿Verle fisicamente? Imposible, ciudadano. Imposible. Ellos nos dijeron que es imposible. Y tendrán sus razones. Secreto militar. Adiós. Adiós y gracias.

     –¿Ha muerto? –preguntaba ella –. ¿Ha muerto?

     –¡La maldición de Cronos! –reiteró Nefisé.

     Los soldados saludaron como en el ejército. El hombre de la gorra se santiguó.

     Apoyó su cabeza en el hombro de su esposo. Ni siquiera pronunció un lamento. Solo dijo amargamente.

     –¿Él también? –Y se quedó callada.

     Al teniente le hicieron un busto de mármol sobre la tumba, que se encontraba a pocos metros de la minúscula ermita del cementerio. Llevaba su gorra con la corona real. Y sus mejillas eran lisas y heladoras. Sobre el nicho, pusieron dos candiles y su fotografía en color. A los nueve días, llegaron dos coronas de flores blancas de su regimiento. Estaban adornadas con dos lazos de color azul y blanco. Sus hermanas llegaron con sus sillas de ruedas y acompañadas por el parapléjico Erol, apoyado en dos regias muletas de hierro. Baicha, Esék y Siazié adornaron la lápida con lirios. Ella se quedó toda la noche en la iglesia a aguardar su recuerdo, alrededor de una mesa con velas y trigo almibarado.

     Y la primavera se entristecía bajo el lamento de la sierra. En la plaza, en los pedernales y en los campos se adivinaban a lo lejos los gritos libres y salvajes de los campesinos. Crucificando los sentidos, lamentándose y celebrando quién sabe qué. Los siglos se repetían por igual. Se avecinaban tiempos de tortura, de pesares, de miserias, de desgracias y sufrimientos. Y luego, de repente, parecía como si todo se olvidara en esta era. «¿Puedes alegrar tu dolor? Nada más nos queda», decían algunos. Estaban convencidos de que nada podía cambiar. Tampoco nada podía acontecer. Lo que está, bien está. Y quién sabe, ¡podría ser peor! ¡Admitámoslo! Y se alegraban por haberlo por fin confesado.

     En los años venideros, Esék llegó un día a Salónica. Encontró un barco de Litohori. Y libre, aún sopla vientos en los mares del norte, contramaestre ya. Y Siazié, con lágrimas en los ojos, le aguarda y le bendice en sus sueños.

     A Nefisé y a Sidíka las admitieron interinas en el sanatorio. Y vienen cada Navidad y Pascua, cada día más decadentes. Ofrenda final al infortunio.

     Erol encontró compañía en sus horas interminables, inválido en una esquina, de dos estudiantes de Komotini, del amigo de sus años mozos Memet y de otros más, miembros de unas desconocidas hasta entonces organizaciones que parece que dedican sus vidas,       –gente sencilla– a consolar a los desvalidos.

     Y Ella vive y se alimenta con recuerdos, como si todos estuvieran de nuevo a su lado queriéndose, correteando cogidos de la mano. Y ella recriminándoles con ternura para que no se llenen la cara de barro.

     Y espera, vieja ella y con la cara cubierta con la mantilla, que se apiade Dios –si existe– de ella un día y ver de nuevo las mejillas de Salí llenas de lágrimas y a sus hijitas corriendo en los campos descalzas como antes.

     Y ahí, en su olvido, sujeta extrañada en sus manos la cruz de madera de “Los santos Mártires” que le concedieron para el Día de la Madre al unísono las autoridades del municipio.

                                                                                 A la memoria de nuestro amigo Arístides, que ya… no lleva los hierros en las piernas.

                                                                                Esta odisea se escribió antes de encontrar al “dueño” muerto en los arrozales víctima 

                                                                                de una caída de su vieja mobylette en 1970! Como diría Nefisé “¡La maldición de Cronos!

Relato editado en el libro LOS SUSTRATOS DEL ALMA.

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