Cuarenta Años Mas Tarde, Mismo Lugar, (Ensayo)


El Hidalgo en la batalla de Cervantes.

Cuarenta años mas tarde, mismo lugar (Ensayo)

El hidalgo en la batalla de Cervantes.

 

               Casi cuatro años después de la gran batalla en Equinadas, la Galera “El Sol” surcaba con gracia y amablemente las olas del Mediterráneo, tratando de arrimarse a un palmo de tierra de la patria anhelada, que se antojaba intangible e ilusoria como la misma figura distorsionada del “insigne” y pícaro hidalgo que justo empezaba a dibujarse en la imaginación refinada de don Miguel de Cervantes Saavedra. Había remontado Marsella y puesto rumbo hacia las costas catalanas, donde le esperaban gloria y alabanzas y una privilegiada posición en la Armada Española. Traía consigo credenciales firmadas por la mano del mismísimo don Juan, que lo elevarían a los altares nada mas presentarlas a las autoridades pertinentes. Privilegios de capitán o comandante le aguardaban. ¡No cabría duda! A bordo,  junto a él, navegaba el valiente condotiero Pedro Diez Carrillo de Quesada, que serviría de presencial testigo de sus hazañas. Miguel soñaba con aureolas y grandezas cuando dos cañonazos y la gran pelea a bordo que los siguió –en la cual ni siquiera tuvo la oportunidad de tomar parte– asestaron el golpe definitivo a la apasionante aventura que por cinco enteros años disfrutó luchando en las aguas del Mediterráneo, de Grecia y del Jónico. La sombra del Parnaso que años más tarde le seduciría en su peregrinaje literario, ¡envolvió con dudas su alma! El venidero titán de la literatura europea, su leal hermano Rodrigo y el Capitán Pedro Diez cayeron víctimas de los piratas argelinos de Arnaout Mami y fueron llevados a los bazares de África. Ahí, otro corsario argelino, Dali Mami el Cojo, renegado griego-albanés, descubriendo las cartas de don Juan y tomándole por gran aristócrata, lo compró en el mercado de esclavos por una cantidad notable y lo confinó a las mazmorras de su fortaleza exigiendo un cuantioso –para la época– rescate. Cinco años después, en mil quinientos ochenta, el joven poeta, superviviente de la gran batalla naval de las islas “Curzolari”, subía a bordo de un galeón mercante que finalmente le devolvería a su patria amada cual contemporáneo Ulises. Habían transcurrido diez años enteros desde su intrigante huida por falsas y perniciosas acusaciones que lo condujeron a bordo de las galeras napolitanas.

      Cervantes no solo ha combatido en las Equinadas. Después de su recuperación en Messina, siguió batallando contra los turcos en Corfú, en Navarino, en Túnez, en Sicilia. Cuatro interminables años –esta vez bajo el mando del capitán Ponce de León– entregó su vida por el éxito de una desafortunada y utópica visión para la liberación final de Grecia bajo el yugo turco. Recuerda –aunque es poco reconocida su historia– a otros helenistas que, discretamente pero de manera conmovedora, estuvieron presentes en las reivindicaciones helenas durante los oscuros años de “turcocracia” de la Edad Media. Dramáticamente conocido es “nuestro” poeta romántico Lord Byron, quien asimismo mantuvo una relación admirable e inesperada –igual que Cervantes– con nuestra región etólica de Mesológgi y las Oiniadas. Solo en la ciudad de Lepanto no estuvo don Miguel. ¡Y, sin embargo, le han levantado estatua propia! O de don Quijote. No importa. Perdurará por los siglos en la memoria de la gente. Y me duele en la conciencia pensar en la probabilidad que me lluevan injustamente las afrentas por osar enfrentarme –como el impetuoso hidalgo de Cervantes–  a los molinos de viento de la costumbre y los estereotipos. ¿Acaso George Gordon Byron, que dilapidó su fortuna y su reputación en aras de una ilusión que ni siquiera correspondía con su agitada existencia, encontró completa y justa recompensa de sus contemporáneos?

     En el viaje a Parnaso, capítulo A, dice el dios Mercurio con consentimiento del autor: «Soy consciente de que en el duro campo de batalla perdiste la movilidad de tu mano izquierda por la gloria de la derecha». Sin embargo, son pocas las referencias directas que sobreviven de Cervantes sobre la batalla, sobre todo teniendo en cuenta la enorme importancia que otorgó a sus resultados históricos. Apenas en su breve bibliografía se le atribuye una probable obra teatral perdida con el nombre de La naval y unas breves referencias en los prólogos de la segunda parte de el Quijote y de las Novelas ejemplares. ¿Por qué tan pocas referencias a un hecho tan fatídico para el mundo y para él personalmente? ¿Por resultar su recuerdo doloroso? ¿Por el delirio de la fiebre que lo abrasaba inmerso en esa batalla inhumana cuerpo a cuerpo? ¿Por la desgracias que sufrió? ¿O por la desesperación de los seis intensos meses recuperándose en Messina? ¿Por el defecto que le quedó en el brazo o el malestar de su cautividad en Argelia? ¿Y si todos sus escritos fueron una metáfora de estos mismos hechos que le marcaron para siempre? Aunque su vida turbulenta mostró posteriormente que muy pocos acontecimientos, por dolorosos que fuesen, pudiesen afectar en la práctica su obra literaria. ¿Entonces? Sospecho que su gran habilidad para llegar al lector a través de sus divertidas y alegóricas historias basadas en las más episódicas experiencias de su propia vida fue suficiente para evitar escribir trágicamente y con gran crudeza sobre aquellas actividades inhumanas que las mentes enfermas pueden llegar a producir. Tal vez, la transferencia alegórica de los acontecimientos a través de los libros de caballerías acallaba sus pesadillas aterradoras. ¡Qué lástima que el infortunio o las circunstancias de nuestro tiempo nos negasen la oportunidad de conocer de primera mano, y bajo una perspectiva menos visionaria, más detalles sobre los acontecimientos de la gran batalla naval, a la que el sabio erudito relacionó con él bajo estas desgarradoras palabras!:

     «Lo que no puedo negar es que se me ve viejo y que solo tengo una mano útil. ¡Como si estuviese en mis manos parar el tiempo o como si mi discapacidad fuese debida a una simple pelea tabernaria, en vez de ser debida a la mayor circunstancia que han visto las épocas pasadas, la presente y verán las venideras!».

     Y en otra cita:

«Puede que mis heridas no brillen en los ojos de los que las ven, pero son reconocidas por aquellos que conocen cómo sucedieron»…

     Veamos desde cerca las contrariedades reflexivas en la mente del gran espectador de la batalla. Para otros, el acontecimiento más grande de la época podría haber sido una experiencia vital y haberse convertido en un estilo de vida. Para nuestro poeta, este fue probablemente su mayor fuente de inspiración. Su trágica evolución, exaltación poética. La dura realidad del incesante conflicto fue identificada por algunos entre sus páginas como epifanía poética del caballero errante don Quijote. En el infierno febril de la batalla, el “cadete” aspirante a Dante de la literatura ibérica visualizará la “más grande victoria” cristiana de la época. Todas las demás tangibles conclusiones de la victoria final parecerán simples guarismos y estadísticas. En los años siguientes, a través de los recuerdos, don Miguel comparará los horrores de la batalla con los molinos de viento y los gigantes imaginarios de don Quijote. Muchos intelectuales de la época tomarán parte y se situarán a la derecha de lo evidente. Murillo explicará que, mediante el metafórico giro de los actos que normalmente ocurre en las novelas de caballerías, don Quijote reconoce en la cara de los gigantes enemigos el peligro otomano. Pirandello también sostuvo que detrás de la lucha del caballero de la triste figura contra los molinos de viento se oculta la batalla de Equinadas. Por su parte, el mismo gran terapeuta de la palabra española evidencia con sus temerosas referencias que detrás de las anímicas zozobras de su vida se esconde la profunda lamentación por los estragos desmedidos que ocasionaron las tragedias humanas que siguieron al dramático final de la batalla.

 

Las Disputas

     El 23 de abril de 1616 –aunque hay contradicciones entre anglicanos y católicos–, murió el “gran” dramaturgo William Shakespeare, ahora discutido por miles de estoicos modernos que ven detrás del “inconcluso” Shakespeare al inimitable Christopher Marlowe. El mismo día del mismo año –según el calendario papal–, dejó su alma el otro grande de la literatura del siglo XVI, Miguel de Cervantes Saavedra. Fue testigo presencial de la batalla de Equinadas, que, sin duda, se ve ilustrada simbólicamente en su obra más venerable “don Quijote de la Mancha”, inspirada –como otros estoicos renovadores apoyan hoy en día– en un manuscrito original y sus larguiruchas ilustraciones, de Doménico Theotocopulo. ¡De veras! ¿No os parecen la cara alargada y pálida del alunado hidalgo y su figura zanquilarga extraídas directamente de los cuadros del Greco? ¿O es pura invención?

     Algunos pueden sorprenderse con la anterior revelación sobre el mayor dramaturgo inglés, ya sea porque no tenían conocimiento de tal controversia o porque es difícil digerir tal suposición después del continuo lavado de cerebro en el transcurrir de los siglos. Sobre el análogo dilema referente a la probable intervención –optativa o involuntaria–del pintor heleno en la creación de don Quijote, las discusiones son muy recientes y faltan determinados elementos para poder tomarlas más en serio. Importantes documentales de gran éxito, foros y conferencias, discursos, confrontación de eventos literarios y actividades relacionadas, respuestas al enigma con conclusiones de lógica matemática y la histórica sucesión de los hechos durante la coexistencia del uno y del otro en el mismo periodo de tiempo han puesto en dificultades obvias a los patriarcas de la cultura anglosajona, que cada día tienen más difícil sostener si los grandes dramas atribuidos al discutido amateur actor teatral entran en la lógica de ser frutos suyos. O si, por el contrario, por su alta estética literaria y su verbo placentero, estos son logros del “trágicamente” fallecido –y bajo extrañas circunstancias– Christopher Marlowe. Eso sí, camuflados detrás de la persuasiva –como actor teatral– personalidad del desconocido William.

     La “duda” como asignatura es la 258ª ciencia –suponiendo todas las carreras europeas existentes–, más rica y menos retórica que, al menos, la mitad de las concertadas. Pero la duda por si sola es imposible que sacuda el establishment. Así, y a pesar de que mis razonables dudas podrían ser lo suficientemente documentadas, debería disponer de siete vidas para simplemente ponerlas sobre la mesa e intentar discutir su veracidad contra lo ya establecido. Y desafortunadamente, solo los mininos gozan de esta discutida excelencia. Entonces, ¿qué posibilidades de éxito existen de demostrar que el rey Lear es la posesión espiritual más preciada del señor Marlowe y no de Sir William? ¡Escasas! Y, ¿qué debe hacer alguien que considera que la verdad impuesta es al menos dudosa? ¿Cómo se puede cambiar la historia? Y sobre todo, ¿cómo se pueden erradicar las arraigadas irresolutas creencias del conocimiento humano? ¡Será en vano quien asuma que el objetivo siempre ha de ser la demostración matemática de las cosas  y que en la meta te esperará siempre un trofeo de plata o alguna beca suculenta en efectivo contante y sonante!

     Los propósitos y las metas son la rebeldía contra todo aquello que te quieran imponer sin discusiones, sin preguntas, sin dudas, sin investigación. Que ni te convence ni te satisface… Solo para esto –y afortunadamente para ello– no se necesitan siete vidas. ¡No hace falta transformarse en obediente animal doméstico!

     La pequeña isla a la derecha de la grande se llama Ítaca. Hoy tiene dos o tres mil habitantes no permanentes y es la isla más famosa del mundo. No por su tamaño y población, ni su belleza –a la que nadie pone en duda– ni por sus playas legendarias. Sencillamente, porque es la supuesta isla de Ulises. Es la capital del reino perdido, la estrella que ilumina el retorno al hogar, la esperanza del viajero, la musa de Kaváfis. ¡La antigua homérica Sami logró eludir a su imponente vecino y se las arregló para desnudarla, para pedir prestados sus vestidos y su nombre y presentarse al concurso de ancestral belleza! ¿En serio? ¿Realmente puede uno convencerse tan fácilmente y sin dudar de que el reino del gran Laértes fue la pitiusa homérica Sami? ¿Es tan fácil creer que hace treinta siglos el brazo rocoso de veintipocos kilómetros fue preferido como capital del reino frente a una Kefalonia esplendorosa y soberana? La Kefalonia micénica que tiene tanto por mostrar, aparte de la simple lógica. Notables hallazgos y argumentos irrebatibles, arqueológicos, geológicos, antropológicos, históricos. El libro Kefalonia, la revelación de la Ítaca homérica de N.G. Livada y los sucedidos de mi amigo homerista “Mentor” (Nico F. Kampanis), son manuales tan documentados que cualquier cosa que yo quisiera añadir complementariamente sería pobre redundancia. La perseverancia y el tesón de los investigadores para restablecer la verdad de lo evidente los hacen muy recomendables.

     Mi propósito no es probar que la homérica Ítaca es en realidad la isla de Kefalonia ni que la homérica Sami es la Ítaca de hoy. O en el caso que nos ocupa en este ensayo, que la famosa Naval se desarrolló frente a la bahía de Scrófa, perteneciente a la prefectura de Etolia, y no en el Golfo de Lepanto. Y mucho menos delante de la ciudad de Lepanto, como algunos sostienen. Esto está de sobras demostrado. Lo que no se puede demostrar es la dificultad y el fracaso –diría yo– de poder yo, un humilde investigador, y muchos otros ilustres compatriotas sencillamente hacer aflorar la curiosidad de la gente, de sembrar la obvia duda que: «lógicamente, la historia que hemos aprendido, la historia que nos han enseñado, necesita urgentemente –y como mínimo– ser reconsiderada».

     A continuación, analizaremos la correlación de las anteriores posiciones sobre la adulterada onomatopeya de la batalla y los conflictos surgidos de ella entre los estudiosos italianos y españoles. No es absurdo el deseo de querer alguien saber si este u otro evento está exactamente verificado o es inexacto debido al paso del tiempo y a la desinformación de lo sucedido. A menudo, se convierte en una necesidad espiritual el convencerse a sí mismo y convencer a los demás  de su veracidad o su inexactitud. Sin buscar extrañas razones ni megalomanías sin espurias persecuciones, sin fines políticos ni vanidosas implicaciones. ¡Es una cuestión de palabra!

¡Porque el valor de la palabra no está en su significado, sino en el uso que le damos!

  

Los conflictos y la regla que tiene aquí su excepción.

     Hubo testigos en las galeras durante la batalla, testigos de la historia y la palabra. Y otros que más tarde, probablemente con mayor talento o voluntariedad, completaron sus crónicas. Todos ellos occidentales. O casi todos, si exceptuamos a los otomanos. ¡Qué lástima que no hubo estudiosos de nuestra tierra que representasen lo sucedido sin la fanática jactancia cristiano latina! Hay una mayor objetividad en cuanto a la participación y el destino de los griegos de la batalla en los relatos turcos que en la de los latinos de la época, quienes –deliberadamente– obviaron por completo el elemento heleno. Tan solo ciertas referencias del monje Efthimio, muchos años después, evocan eventos internos y periféricos de la batalla. Esa postergación de lo griego me hizo concebir de la nada, como escénica venganza, el virtual personaje del profesor/pescador heleno, convirtiéndolo en indudable protagonista de mi relato anterior, de los mitos de Asóto, publicado en el mismo periódico el jueves dos de octubre de este mismo año. Las disputas entre los historiadores latinos de la época están explícitamente marcadas en el calendario de la historia. Los italianos (venecianos, toscanos, genoveses y papistas) son obviamente parciales a sí mismos, mientras que los españoles (castellanos, aragoneses, napolitanos) –la mayor potencia del momento sin querer despreciar a los turcos– barren para casa. Los venecianos, aunque pobremente representados por testigos presenciales de renombre, inflaron su participación y su éxito en el conflicto. Mientras, los españoles sintieron siempre que los italianos han intentado infravalorar y ningunear la suya antes, durante y después de la batalla. Por razones obvias, los franceses, que años más tarde asumieron el “patriótico” deber de alabar a su manera el gran acontecimiento dirigido por el erróneamente aclamado histórico “universal” Fernand Braudel, encuentran en cualquier ocasión la oportunidad de devaluar la importancia y la rentabilidad real de la batalla. Como veis, en ese mismo tiempo de hostilidades, nuestros finos aliados actuales estaban cariñosamente abrazados a los terribles imperialistas otomanos.

     Cuando en una gran “ocasión” como esta uno de los principales actores como es España aporta como testigos oculares –a excepción de los militares– a eminentes escritores convertidos en historiadores eventuales, tales como Miguel de Cervantes, Juan Rufo, Juan Bautista Villanueva, Cristóbal de Virués, Jerónimo Torres y Aguilera, Marco Antonio Arroyo, del que sabemos la participación de María, y muchos más, tiene prioridad en reclamar la redacción y publicación de este capítulo de la historia. Por el contrario, los italianos que a principios del siglo presentaban a grandes historiadores como Paolo Giovio, Francesco Guicciardini o el cardenal Pietro Bembo no se pueden equiparar a pesar del intento, ya que sus cronistas conocidos más importantes no fueron testigos presenciales de la batalla, pero recibieron la información de boca de terceros, tales como Lorenzo Gambara, Cosimo Filiarchi o, el más aplaudido, Paolo Paruta. El coetáneo administrador de Corfú en 1571, Girolamo Diedo –aunque estuvo cerca–, no participo de la batalla. ¡La presencia en las galeras venecianas de personajes discretos de las letras como Ferrante Caracciolo o J. Ors nunca podría haber alabado la grandeza de los hechos tal y como lo hicieron los ibéricos, que no solo aportaron a través del esplendor de los presentes, sino que supieron implicar en sus crónicas a otros literatos contemporáneos como Fernando de Herrera o a posteriores como Lope de Vega y Luis de Góngora!

     Obvio resultado de este desproporcionado registro de los acontecimientos han sido las desavenencias y las diferencias recogidas en los distintos relatos sobre el desenlace de la batalla de unos y otros. Así, mientras que algunos recogen en sus crónicas que el galeón enviado por los turcos para espiar a las tropas aliadas pertenecía a Caracoz (Cara Hotdja) o que estaba pintado de negro, otros sostienen que fue un galeón de la sección argelina camuflado como pesquero griego. Las mismas fuentes con parecidos protagonistas se enfrentan de nuevo durante el desarrollo de la batalla. Los primeros alaban con triunfalismo que la galera papal la Grifona golpeó a la homóloga de Caracoz y le dio muerte. En cambio, la verdad vista por los ojos de los españoles es que el capitán Juan Bautista Cortés, comandando la Patrona, degolló con sus propias manos al corsario otomano de «ojos negros». Absurda y asombrosa resulta la afirmación de los italianos de que el prior de Messina Pedro Giustiniani, al caer preso de los jenízaros, compró in situ su libertad tan solo unos minutos antes del final de la batalla, a las 4 de la tarde, cuando los secuestradores lo dejaban todo, botín y cautivos y corrían desesperadamente para salvarse del mortal contraataque del almirante español Álvaro de Bazán. Finalmente, contradictoria es la información sobre los resultados de la batalla. Principalmente, en el número de cristianos liberados de las galeras turcas, que a veces son diez mil y otras, en cambio, doce mil. ¡Cuando el mismísimo Cervantes establece claramente que fueron quince mil! Una vez más, lamentar que se perdiera su obra La Naval, ya que sin duda –quiero creer– eclipsaría a todas las demás crónicas de propios y extraños.

     Es justo decir que tanto unos como otros exageraron hazañas y proezas. El reclamo de los venecianos, cuyos buques navegaban a doce millas alzando velas y a siete remando, es necia vanidad. Hasta el siglo XVIII, no se acercaron los galeones más modernos a las doce millas. Y en referencia a los remos, en la actualidad se realizaron pruebas con buques más modernos y con remeros “mucho mejor alimentados” que antaño, alcanzando una velocidad menor a las seis millas. Sin mencionar, por supuesto, que los remeros llegaban a la meta exhaustos.

    Otra fanfarria –esta vez de los españoles– fue que sus buques disparaban sus cañones y daban en la diana desde quince kilómetros de distancia. Altamente improbable, ya que esta distancia no se ha cubierto hasta el siglo XX, ya con artillería motorizada.

     Según los italianos, y atribuyéndolo a la memorable “pericia” de Andrea Doria para ganar en velocidad y mejorar la estabilidad, se aserró y cortó el espolón de la proa donde justo se halla la vela del trinquete en los galeones. Tanto el espolón como el trinquete son vitales para ganar velocidad y equilibrio un velero. ¡Cómo se atreverían a tal simplicidad! El que tenga algunos conocimientos de navegación –por pocos que sean– rechazará tajantemente tal argumento. Sin embargo –y con razón– en los manuscritos del archivo Simancas, en el paraje sobre la embestida de las dos nodrizas, se menciona que «los dos buques insignia se toparon entre sí, rompiendo sus espolones en pedazos», cosa que demuestra que nunca fueron intencionadamente aserrados antes del inicio de la contienda.

     Los españoles se mofan de los “hostigados” venecianos, de que ni un turco alcanzó entrar en una galera española y que, por el contrario, y gracias a las intervenciones de retaguardia de Álvaro de Bazán, pudieron salvar gradualmente a venecianos, napolitanos, genoveses, a la flota papal e incluso a su “avispado” mesnadero Giovanni Andrea Doria.

     Dejando de lado las diferencias entre venecianos y españoles en cuanto a su influencia en la victoria se refiere, sería justo interponer reclamación a algunos simpatizantes consanguíneos que, astutamente interesados, alaban a menudo la fiabilidad y la gran personalidad del historiador francés Fernand Braudel. De este, copiaban sus erratas, sobre todo en lo que se refiere a la ubicación de la batalla, adoptando como propias afirmaciones como que «la batalla naval sucedió en la entrada del golfo de Lepanto». ¡Ni hablar! Parece ser que las inexactitudes de los venecianos y el resto de italianos ya no les son suficientes.

     Con la misma audacia –aunque tímidamente– ondean simultáneamente la pancarta con la reiteración de que la batalla ha sido completamente ineficaz e inútil. Todos nosotros, que seguimos viviendo en un país europeo y libre y no estudiamos como asignatura la historia otomana en nuestras escuelas, en relación a esto les preguntamos sinceramente y sin pretender buscar conflictos: ¿Cómo viviríamos hoy en día, Monsieur Braudel, si en lugar de vencer los occidentales se hubiesen impuesto los otomanos?

     Con respecto a otras alegaciones de gente vinculada con nuestra tierra sobre si el desconocimiento de otros lugares en la región durante la época del suceso ha influido en la errónea designación de Lepanto para dar nombre a la batalla –siendo esa ciudad la única conocida–, nuestra propia historia y su retrospección lo desmiente. El argumento de que todo el mundo conocía Nafpaktos (Lepanto) y nadie las islas Equinadas o Curzolari es exiguo e inconsistente. Sin subestimar la milenaria historia de la eternal ciudad dórica, evocamos a Homero y a la Ilíada, a Ulises y al reino perdido y a su sobrino “εκ Δουλιχίου” Megi, rey de las sagradas islas Equinadas (Εχιναί), que contribuyeron con cuarenta naves a la guerra de Troya.

     Patras, asimismo bajo el dominio turco y ciudad fortificada con más de diez mil habitantes en el siglo XVI, tercera ciudad en importancia del Peloponeso tras Mistrá y Nafplía, con bahía solemne del mismo nombre que precede al mal llamado golfo de Lepanto (lo correcto es decir el golfo de Corinto), se encuentra al menos diez millas más cerca del lugar de la batalla. Lo mismo que las dos fortalezas mellizas, el Achéo y el Molíkreo Río, construidas por Bayacéto en 1499 y distinguidos como los pequeños Dardanelos. A la misma distancia de las Equinadas y su centro de coordenadas que Lepanto, pero por el oeste, emergen las famosas islas venecianas Kefalonia y Lefkada (Santa Mavra),

     ¿Cómo es posible que historiadores extranjeros, testigos oculares de la batalla, conozcan y relaten con detalle en sus crónicas sitios “no esenciales” de nuestra región como Equinadas, Petalas, bahia y Cabo Skrofa, Kalidon, Agkelokastro o Dragamesto, el monte Kotsilaris (Curzolari) o el nombre popular del río Acheloo, Aspropotamos? ¿Y cómo es posible que algunos nativos nos encontramos aún en la oscuridad de las dudas y lo desconocido? La persistencia de los italianos en cartografiar la zona en varias ocasiones y nombrar de forma incorrecta a la bahía como de Lepanto ha sido un hecho que ha llevado a muchos, siguiendo sus falsas indicaciones, al engaño. Pero esto no significa que dicho error histórico deba perdurar como tal para siempre, sin impugnación y sin discusión ninguna. Nunca hubo reivindicaciones sobre otros lugares de grandes acontecimientos ni debates sobre si el evento tendría que tomar el nombre del lugar exacto donde se produjo o de la ciudad cercana más conocida, por comodidad del lector o del oyente. Dado que sobre el tema que nos ocupa ha habido una clara equivocación histórica al nombrar la batalla como de Lepanto –quizá por considerar el nombre adecuado por su mayor conocimiento– y no de Equinadas o de Oiniadas –incluso por exactitud y cercanía, donde pertenece el cabo Scrofa, frente al cual se desarrolló realmente el combate de principio a fin–, nos proponemos debatir este histórico atropello y solicitar la revisión del falso nombramiento de uno de los sucesos más importantes del el siglo XVI.

     Confirmando que “Lepanto” está a unas 40 millas del cabo Scrofa, centro elíptico de la batalla –es decir, unos 70 kilómetros en línea recta por tierra firme–, hemos escogido ciertos sucesos históricos similares –en orden ascendente– cuya comparación con lo tratado como mínimo escandaliza.

     Trafalgar es un cabo insignificante con un islote marginal en su extensión –del cual toma su nombre– en el sur del Atlántico español. Está a 28 millas de Cádiz, la ciudad más antigua de España que en ese momento estaba disfrutando de su momento dorado Y está a tan solo 6 millas de Vejér, ciudad fortificada y notable de su época con más de 10.000 habitantes, conocida desde la Edad de Bronce. Cádiz era considerada como la cuarta ciudad española más importante del siglo XVIII. Sin embargo, la famosa batalla de Trafalgar tomó su nombre  por el pequeño islote.

     Waterloo –insignificante campamento a principios del siglo XIX– está a tan sólo nueve millas de Bruselas, prefectura francesa desde 1815 y capital de la Bélgica independiente en 1830. ¡Imaginad las jocosas anécdotas si la fatal derrota de Napoleón hubiese tomado el nombre de la ubicación de la zona más conocida! Nadie lamentaría su… Waterloo y sí su fracaso en… ¡Bruselas!

     La batalla naval de Navarino tomó su nombre de la pequeña bahía donde se celebró. Y no de la ciudad Neókastron (la actual Pilos), situada en la zona cero de la bahía. Y aunque pueda parecer incongruente, la ciudad más cercana e importante de la época, Kalamata, está a tan solo 25 millas de la pequeña cala, de tamaño similar a la bahía ninguneada de Scrofa.

     La Batalla de Castillón puso fin a la guerra de los 100 años entre Inglaterra y Francia. Lugar fortificado a 25 millas de Burdeos (capital de Aquitania), Castillón-la-Bataille tiene en la actualidad tres mil habitantes y disfruta eternamente de su justicia histórica.

     Salamína, cuna de la famosísima batalla clásica, está a 12 millas de Atenas, luz de la civilización, y a 7 del imponente puerto de Pireo.

     Termópilas, humilde estrecho escarpado rodeado de famosas ciudades antiguas como Avaí, con notorio oráculo (μαντείον), Narthakio (la antigua Fthia, ciudad natal de Aquiles), Traquina, Andiquira, Anthili, Opunda, Thronio, Quirtoni… fue la “memoria” del gran Leonidas.

     El modesto cabo Áction, monumento a la gran naval romana, está a poca distancia de las conocidas contemporáneas urbes de la homónima batalla, de Amvrakia, Lefkada o Amfilochia (Λιμναία).

     Si repetimos este ejercicio con otros miles de ejemplos locales o internacionales, llegaremos en un 99,9% a la conclusión de que todas las batallas han tomado su nombre del lugar donde ocurrieron y no del lugar cercano más conocido. Y podemos asegurar que en muchos casos, hace dos mil y tres mil años, no había ni mapas ni …venecianos para confundirnos.

 

Las Coordenadas. El diagnóstico.

     El astrolabio es un antiguo instrumento astronómico que llegó hasta la mitad del siglo XVIII para ser reemplazado por el sextante, que ahora tiende a ser reemplazado completamente por sofisticados instrumentos electrónicos de precisión. El principio de su uso se basa en la doble reflexión para determinar los ángulos formados entre los cuerpos celestes. En navegación, este principio ayuda a encontrar la situación de los barcos. El punto donde se encuentran las coordenadas, es decir, latitud y longitud, determina la posición de un barco anclado o navegando en un momento determinado. Ni las fuerzas aliadas ni los otomanos indican claramente las coordenadas de la batalla de las islas “Curzolari”. Pero según  los distintos mapas tanto por parte de las fuentes italianas como españolas y el estudio detallado de los cronistas de la época tanto de testigos presenciales como posteriores, podemos afirmar a mi modesta opinión que el centro hipotético del inicio del combate estaría muy cercano de la posición 38º 12 ’23” N – 21º 10’31” E. Y ampliando la perspectiva, podemos sostener que el eje central de la elíptica que formaron las dos flotas durante la batalla, y manteniendo la primera coordinada, habría oscilado entre los puntos 38º 12’N – 21º 18″ E y 38º 12 ‘N – 21º 07’ E. Esto significa que si dibujamos dos líneas verticales paralelas a los meridianos –que pasan por estos puntos determinados–, podemos colocar, sin ninguna duda, las dos flotas, al principio y al final del conflicto naval respecto al arco norte entre la punta de la alargada Isla de Prokopanistos y la isla Oxia y al arco sur entre la laguna Kotychi y la ciudad de Kilini. Este último punto estaría discutido, ya que la elíptica podría ensancharse por culpa del “amainamiento” de Andrea Doria. En el transcurso del conflicto, este arco se abrió lo suficiente como para que la corriente lo alejara de su principal formación –las malas lenguas dicen que no tenía ningunas ganas de luchar–, lo que resultó un movimiento casi destructivo al desplazarle Uluch Ali violentamente hacia mar abierto. Pero como siempre, se salvó de la quema a última hora gracias a la intervención del mejor general de la contienda Álvaro de Bazán. Sin embargo, su temerosa maniobra abrió un canal para que el tiñoso italiano renegado “Uchalí” huyera hacia Lefkada y de ahí a Turquía, donde le esperaba el cargo de almirante en la restaurada futura flota otomana.

     Algunos sostienen que no debemos mirar al pasado. Que la historia es utópica y nada práctica. Que lo que cuenta es el presente y que el futuro goza de expectativas. Puede que tengan razón. Es porque la historia, cuando se escribe, no se arrima a la política. No la necesita. Nosotros con nuestras intervenciones la manipulamos. Y a veces, la alteramos. Que me perdonen los visionarios, pero reniego del realismo del presente y dejo las expectativas del futuro para los políticos. Me quedo con la ejemplaridad. Porque la historia es una fuente ejemplar de responsabilidad y de aprendizaje. Es alimento de larga caducidad. Solo requiere del mantenimiento correcto para preservarse apta para el consumo. Si no, corremos el riesgo de padecer el botulismo.

     Volviendo a las coordenadas, e investigando sistemáticamente los informes de los historiadores de la época, podemos crear una hipotética cronología de sucesos y topónimos para así poder establecer definitivamente la superficie de la elíptica, en cuyas entrañas sucedió todo. No es que a esas alturas alguien pueda dudar del verdadero lugar donde acontecieron los hechos… Son los hechos los que dudan de los que dieron nombre a la batalla. Son los hechos los que descartan rotundamente cualquier implicación del concepto Lepanto en la histórica confrontación. Si acaso, Lepanto solo sirvió como refugio y base de la flota enemiga. Y eso si lo pensamos con lógica… ¡Caramba! No es motivo de celebraciones.

     Acompañemos entonces cronológicamente con algunos testimonios de los propios historiadores, donde aparecen referencias claras a lugares próximos a la ensenada de Scrofa y sus alrededores.

«… Amanecía un siete de octubre cuando la flota cristiana había dejado atrás el refugio de Petalá y pasó entre los islotes que existen entre Nafpaktos (Lepanto) y Kefalonia –llamados Curzoláres y Equinadas en la antigüedad– a ocho millas de la entrada de la bahía frente a la desembocadura del río Aquelóo –que los locales llaman Aspropótamo–, quien los formó con los sedimentos que arrastró río abajo durante siglos».

«… La Flota amaneció muy cerca del delta y el austriaco envió algunas naves para pasar entre las islas (Oxiá) y otear desde lejos el avance de los turcos».

«… Al ir avanzando el día, avanzó la flota otomana entre los pequeños dardanelos (el estrecho que formaban los dos castillos del Achaéo y Molikréo Río) para encontrarse con la flota cristiana en las islas Curzoláres».

«… A las 11 de la mañana, los barcos turcos se precipitaron optimistas y arrogantes, porque al principio pensaron que había menos barcos enemigos, sin percatarse de que en el ala izquierda muchos estaban escondidos por la montaña (monte Kotsilaris)».

«… Algunas de las galeras de Sirócco Bajá navegaban cerca de la costa (costa de Etolia), acercándose a lo que antes fueron islotes rocosos. Y ahora están unidos a tierra firme (arrecifes de Scrófa-Scrófes), atacando desde proa y popa para hundir algunas galeras venecianas. Luego, asaltaron y apresaron al propio buque insignia de los venecianos. Durante la embestida, una flecha atravesó el ojo del infortunado Barbarigo. En este difícil momento, llegó a su ayuda su valeroso sobrino Marco Contarini y otras galeras de la retaguardia refugiadas tras la colina (punta del monte Kotsilari). Federico Nani, primero, y el proveedor Quirini más tarde recuperan a la nodriza con gran valor dando muerte a los jenízaros. La ira de los guerreros por la desgracia de Barbarigo arma sus corazones y, en feroz contraataque, abordan la galera otomana y matan a Sirócco Bajá».

«… La victoria en el flanco izquierdo había comenzado a inclinarse al lado de los componentes de la Liga cuando, tras la fatal lesión de Barbarigo, los venecianos obligaron a los turcos a retirarse hacia los arrecifes (Scrófes), donde muchas naves quedaron encalladas. Tal fue el pánico de los turcos, que muchos se arrojaron por la borda y se ahogaron».

«… Muchos de los barcos vararon en las rocas. Los sobrevivientes escapaban nadando y huían a través de bancos de arena y charcas (bahía de Scrofa, un poco más allá de donde está hoy el Centro de Acuicultura) mientras los cristianos, clamando venganza por la masacre de Famagústa, les perseguían tierra adentro y a los que pillaban los degollaban sin piedad y clavaban sus cabezas en las picas. Como algunos de ellos relataron, persiguieron y dieron caza al mismísimo Sirócco, que trataba de huir trepando por unas rocas encharcadas de sangre (punta Scrofa, la que luego los turcos llamaroncabo ensangrentado”)».

«… Algunos de los sobrevivientes otomanos escaparon cruzando las llanuras y pantanos (campo de Oiniadas) hacia los pueblos ocupados por los turcos. Las galeras que pudieron salvarse pusieron rumbo hacia Lepanto remolcando la veneciana Soránzo (referencia probable a la galera Cristo Resussitato de la famosa familia veneciana que participó en la batalla con el gobernador Benedetto Soranzo. Aunque en la alineación original, esta figuraba en la formación en el ala derecha de Giovani Andrea Doria).

«… Fue alrededor de las cuatro de la tarde cuando don Juan declaró el final de la batalla, retirando la flota al puerto natural de Petela (Petalás). Tres días después, desde ahí envió mensaje de victoria al rey, su hermano Felipe…».

     Llegaríamos a aburrir si repitiéramos las decenas de relatos de la época con referencias a estas tierras para enriquecer una realidad constatada sobre el exacto lugar de la batalla. Además, este punto –como hemos reiterado– es uno de los pocos –sino el único– del que ya no se opone nadie de los “adversarios”. Por el contrario, la persistencia y el esfuerzo deben centrarse en el legítimo y merecido restablecimiento de los derechos. Porque el derecho no es una mercancía. Porque nadie puede negociar con lo que no le pertenece. Porque las aguas que encierran las coordenadas de la Naval no pertenecen al golfo de Lepanto. Ni la gloria le pertenece. Pertenece a la historia. Y como algún articulista, reconciliador y “pacifista” dijo correctamente, la gloria no pertenece a los lugares, pero sí a sus héroes. ¡Exacto! A los héroes que yacen muertos por más de cuatro siglos bajo las aguas de las Equinadas.

     Es por estos héroes desconocidos que tenemos la deuda de volver –si acaso los que tenemos ilusión– al lugar de la batalla cada siete de octubre, reclamando justicia por una histórica injusticia.

Postdata:

La deuda

      Investigando durante años en los registros venecianos y españoles la vida y obra del gran navegante y explorador greco-hispano Juan de Fúca, me sorprendí cuando descubrí, con primitiva emoción, que él y mi antepasado contemporáneo Rodi de Fuca eran primos de sangre. Después de algunos años, crucé la información con el Livre d’ Or Ionienne, de Eugene Rizos Rangavi. Tal fue mi emoción que, sin demora, adopté su nombre como el nombre de autor de mi fallido primer blog. No lo consideré como un apodo ni un alias, sino como un obligado deber a los antepasados. Porque siempre he pensado que es deuda imperativa de cada uno la constante búsqueda de sus orígenes, el contacto endémico con las raíces.

     Nuestra fugacidad de la vida y la inutilidad de lo temporal hacen del deseo de conocer a nuestros antepasados una intensa necesidad. Así que, por una coincidencia –coincidencia agradable–, encontré entre unas viejas páginas, entre lejanas palabras sencillas, a este antepasado mío y de él su antepasado y al antepasado de aquel, que a mediados del siglo XV llegó de Bizancio para colonizar la entonces importante isla veneciana de Cefalonia. Y me convertí en su valedor. Escalé hasta su árbol genealógico –que ahora sería el mío propio– y descolgué la “granada” (que en griego se dice “ródi”), que a partir de ahora acompañará como mi nuevo nombre a mis escasos logros literarios. ¡Ya que, al mismo tiempo, mi otro yo se había empeñado en sobrevivir y perseguir el bienestar de la familia como mejor pudiese!

     Y como dice jocosamente Eva desde entonces… Dimitri trabaja, Rodi escribe.

Rodi de Fuca

                                                                                                        Publicado en el periódico AIXMI el 12 de Febrero de 2015

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