EL INTRUSO, (“SASSENACH”).


                                                      EL INTRUSO,  (“SASSENACH”).

                         Otra vez frente la caja tonta haciendo zapping! Vulgarmente, como sentenciaría mi buen amigo Mentor, cambiando los canales sin ningún orden y lo que es peor, sin interés. ¡Típico! Me fastidia la burda repetición de los telediarios, y peor el burlesco trio de unos presentadores que se pitorrean, por la desaparición de unos ciudadanos despreocupados, que nadie sabe a cierto si desean a que les encuentren, o prefieren que les dejen en paz.

     En el canal cuarenta y cuatro, me pareció atisbar que echaban una serie, pero excitado y confuso, la pasé sin darme cuenta. ¡Aaa no! ¡Otra vez no! No voy a ver otra bazofia. Me quedan escasas neuronas sanas. Pulso la flechita de la izquierda y busco los canales anteriores. ¡Ya me parecía! Están echando una preciosa serie británica, de época. No es de BBC pero tiene una pinta estupenda y apenas ha empezado porque aún están pasando los títulos.

     Dispongo de poco tiempo hasta que empiece el capítulo, pero me sobra para robarle a la nevera una barrita de botarga, abultada y disecada, uno de los deliciosos obsequios que me envían mis instruidos amigos de Mesológgi con frecuencia. Los ciudadanos de Mesológgi, y con ello me refiero también a los conterráneos Oiniaditas, para los que no les conoce, son acogedores, recelosos de su vida, apenas complicados y exageradamente hospitalarios. En lo que se refiere al “caviar” domestico se acompaña espléndidamente con vino blanco “Acíri” o tinto “Aidáni” o Tsikudiá Cretense, fino orujo destilado, pero en esta ocasión me hago cargo de un botellín de Ouzo Trikenés, que me envió mi amigo Símón, ¡y aún no había conseguido hincarle el diente!

     Casualmente, la ofrenda coincide con el comienzo del episodio. La mirada, al empezar, acompaña disimuladamente la irlandesa Caitrióna Bálfe, ex modelo de  Christian Diór, que en el caso que nos ocupa, interpreta una enfermera británica al final de la segunda guerra mundial, de nombre Claire Beauchamp Randall. Acostumbrado a las versiones dobladas, intento concentrarme al máximo, para coordinar los diálogos de la versión original (V.O), con los subtítulos, sin que caiga hechizado en los brazos de Morfeo… ¡Y no es porque el “Trikenés” es pura dinamita!…

     Ella es espigada, flaca, de tez pálida y delicada. Parece una dama (Lady), surgida de otra época, perdida en un bosque frondoso y umbrío (Wilderness), en tierras altas escocesas (Highlands). Desconcertada, con asombro en la mirada, girando alrededor de su sombra, tropieza en las rocosas raíces, que parecen resucitar brotando de la lunática tierra embriagada, y aparecen de repente, para reivindicar su eterna existencia.

     De repente se ve rodeada de un pétreo monumento megalítico (crómlech), formado de enormes alargadas lapidas (menhir), en medio de la nada. Se cae de bruces sobre la esponjosa hierba y en su caída tiende la mano instintivamente, para abrazar con las palmas (Grab to…), la fría materia de las piedras (Stones). Al sentir su abrazo, el cielo se resquebraja, y ella queda flotando en el aire, solo unos centímetros de la sobrecogida tierra. Luego, siente volar por los aires, adentrándose a la vorágine de los tiempos…” ¿Cómo es posible? Y sin embargo, reaparece luego, sin darse cuenta, doscientos años atrás, en el año mil setecientos cuarenta y tres, sobre la misma tierra mojada de la ocupada Escocia, rodeada de hostiles Jacobitas y casacas rojas (redcoats), armados hasta los dientes. Ella es una extraña (del Gaélico Sassenach,), una intrusa (Οutlander), en un ambiente adverso y tiene que encontrar sin demora el camino de retorno, o por lo menos dar con las respuestas. que envolvían aquel oscuro conflicto de estas tierras.

     Hoy, medito mientras los anuncios inundan la pantalla, es otra vez siete de Octubre. Siete de octubre del dos mil quince y cualquiera puede sospechar, de que ese egocéntrico soñador, ha vuelto con sus teorías y ahora no ha maquinado otra cosa, sino viajar en el tiempo, para madrugar el mismo día del aniversario de la Naval al costado de su querido Frángia, en medio de la gran batalla!…

     ¡A no! Me entendisteis mal. No deseo trasportarme al siglo dieciséis. La idea me aterra. Con la santa inquisición, los arcabuces, las cimitarras otomanas, la infame doble moral. ¡A no! Me habéis malentendido. No quiero volver atrás, para revivir vanas teorías sobre las controversias de la gran batalla Naval, la que el maestro Cervantes ha sumergido en el olvido. ¡A no! Si yo puedo elegir, si me dejáis elegir, si me lo permitís, si no sugerís ver despreciada ingratitud en mi sed por nuestra historia, en el amor que guardo a esa tierra sagrada, en el respeto por lo patrio y por nuestros pueblos, pediría, ¡Oh sí! A ese tótem mágico, a ese menhir, que me transporte al siglo doce de la era antigua, al micénico mil ciento noventa y cuatro, allá lejos en una minúscula isla de las Oiniadas, en medio de las cuarenta naos que construía su ánax Mégis, para liderar Dulíquios y Equinadítas en la madre de todos los asedios. En la guerra de Troya.

     Durante el último año, recibí ininterrumpidamente y por todos los medios, actualizada información, súplicas, invenciones, suposiciones, invitaciones, voces de ánimo para que siga con mi empeño a que se reconozca, aunque sea únicamente el mínimo derecho, la disputa por un pedazo, un capítulo de la batalla naval de las Equinadas que por derecho histórico nos pertenece. Entre otros, un lugareño Oiniadíta, sencillo y experto conocedor del lugar, se ofreció a conducirme en el sitio exacto donde tuvo lugar exacto la batalla y donde había localizado reliquias sumergidas, cañones de galeras despiezados, quillas podridas de las naves y montoneras de arcabuces, espadas oxidadas y cimitarras, sepultados no en tierras de Lepanto o el golfo de Patrasso, sino al lodo de las costas de “paracheloítida”. Algún día insospechado, estoy seguro de que otros recogerán el testigo, más eruditos, más próximos, más preparados y más  decididos y revolucionarán la verdad, restituyendo el salvaguardado erradamente rumbo de la historia. Nosotros, aquí, en este ingenuo relato, pretendemos el reconocimiento de otra realidad, igual de controvertida y censurada, pero a la vez provocadora e interesante como es el descubrimiento del segundo tesoro de nuestra región, la revelación y difusión de nuestra verdad sobre el olvidado Dolíqui, y el archipiélago de las islas equinadas, origen de gloriosos y afamados Oiniadítas navegantes, cuna de nuestros antepasados…

                    -Enéo, aguanta el trípode porque el suelo está ondulado y se te ladeará, y yo mientras echo un vistazo con el distanciómetro, para ver donde nos encontramos.

     No sabía si Nico había viajado conmigo al siglo doce, o era una alucinación, pero le veía claramente allá al otro lado, con aquel chisme en la mano, gesticulando con movimientos agitados y concisos, brincando rítmicamente sobre la tierra reseca, para evitar los glebas y las aladradas de la labranza. Le veía con claridad, pero era como si flotase dentro de un diáfano prisma cristalino, una silueta que se antojase miles de kilómetros lejos, pero sin embargo, me parecía que caminaba aquí a mi lado.

     -¿Nico eres tú? O el espectro de Mentor. ¿En qué siglo nos encontramos, en qué país, en que dimensión, en qué lugar?

     -Yo, al dos mil quince. ¿Y tú? disimuló bajo la sombra de su despoblado “mostacho”.

     -Mil ciento ochenta y cuatro, en las Equinadas. Acaba de finalizar la guerra de Troya.

     Escuchaba a mi propia voz, mi eco, y no podía asimilar que platicaba desde el más allá, con alguien, que apenas dos días antes estábamos juntos en Atenas, organizando su próximo libro, basado en la rapsodia í y la “isla de las líneas rectas”.

     -Yo también estoy en tu tierra. Pero en la época actual. Me devolvió a la realidad el acento agudo de mi inmaterial contertuliano. ¿Recuerdas que te hablé que intentaría ocuparme de la cartografía de la región si las autoridades me lo permitiesen?

     -Claro que me acuerdo. ¿Lo conseguiste? ¿Te dieron los permisos? Habías insinuado que podría haber dificultades.

     -¿Tu qué crees? Levantó el tono de su voz, y su retorno se dispersó en las innumerables esquinas del poliedro. ¡Claro que no! Este país ha cambiado, pero a peor a lo largo de los siglos. Por eso te pedí, si tú quisieras, viajar al pasado para ayudarme con mi cometido y así participar en mi investigación.

     -¿Participar en la investigación? ¿En qué investigación? Y a quien le pediste tele-transportarme?

     -Se llama telequinesis. Del ΤΗΛΕ y κινῶ, tele y mover. El tránsito de la materia sin mediación física.

     ¡Vaya!, Otra vez resucitó Mentor la tri-teoría de los Homerístas, sobre los Τηλ’, Τηλε, Τηλου. Creo que tendría que abandonar ya estas odiseas espaciales, porque no estoy para más excursiones tridimensionales y prehistóricos vuelos.

     -Vale, de acuerdo. Conozco tu teoría, pero no me has dicho, ¿a quién pediste que me tele-transportase?

     -Ya sabes mi debilidad por la Paláda. A ella entonces.

     -¿Atenea? ¿Me trajo aquí Atenea? ¿Has pedido a Atenea que me transporte al mil ciento ochenta y cuatro, a las islas Equinadas? Protesté enojado. ¿Por qué razón?

     -No. Yo le pedí llevarte diez años antes, para que te encontrases en Doliqui la hora que zarpase el príncipe Mégis rumbo a Troya, pero ella temió que te reclutasen por error y cambió de opinión en último instante. Soltó una sonora carcajada como si pasase alguna imagen graciosa, por su mente cinematográfica y concluyó con refinado sarcasmo… Pero sabes que aquel “polifémo” bon vivér, Odiseo, intentó, sin conseguirlo, escaquearse del asalto a Ilion, pasándose por chiflado, y tuvo que registrarse a regañadientes,  en el último momento.

     -¿Y ahora, qué esperas de mí?

     -Pensé que podías echarme una mano con las mediciones.

     -Podías consultar la historia y dejarme en paz, no sabes que me puede ocurrir en estos inhóspitos lares. Aún no ha amanecido y no encontré ni un triste farol en toda la isla. Y otra cosa, ¿Cómo me iban a reclutar si tú sabes bien que soy un desmañado?…

     En el fondo me congratulé por la misericordia de la Diosa, a trasladarme diez añitos más adelante, porque si no, gracias al arrebato de Nico, imaginaba a mi prehistórico yo, medio desnudo, encaramándose al palo mayor de algún penticóntero oiniadita, buscando impacientemente y en vano, atisbar un trozo de tierra, mientras la nave surcaría las perturbadas olas como animal desembocado,

     Como si adivinase mi preocupación, continuó aquel, ahora más diligente.

     -La historia aporta poco sobre esta época, amigo Ácastos, y solamente Homero la ha iluminado escasamente, pero como bien sabrás no dejó ningún mapa para saber dónde se encontraba la cuarta isla o península, el cuarto distrito, el paraíso perdido de Odiseo, el cautivador pero desconocido Doliqui. Además, ¿porque encomendarse a la historia? Si acaso, ¿te ha servido en algo cuando la consultaste sobre la batalla naval de Equinadas, veintiocho siglos enteros después de la época en cual te encuentras? ¿Ha ocurrido algo?¿ Ha cambiado algo? ¡Oh sí! Perdonad. Cinco infelices más se han enterado, de que la batalla tendría que llamarse “de Equinadas”, y no “de Lepanto”. ¡Bravo! Felicidades. Escúchame, y no saldrás perdiendo otra vez Es más fácil demostrar, que Doliqui y las Equinadas son la cuarta isla del reino de Ítaca Homérica, y que se encuentra en la misma sagrada tierra vuestra, a que Cervantes no pisó nunca el medieval malecón de Lepanto.

     -Tienes razón.

     -Por supuesto que la tengo. Y en lo que se refiere a su pericia en la navegación, no mires tu situación actual, quiero decir tu desconocimiento en tu siglo real, porque donde ahora pisas, en tu presente, se llama Κατοχη. Según nuestro maestro, el hombre sabio entre sabios, su nombre viene de los vocablos κάτω y οχος, καθ’-οχους, que traducido significa “Aquellos que abordan ahí abajo ensenadas”. Estoy seguro que en tu vida Homérica serias un lince en el arte de calafateo o del ensamblaje.

     “Imagínate que sea verdad la teoría de Nico y tantos años estábamos buscando la etimología del nombre del pueblo en la época medieval”, Desconfié, quedándome con las lógicas dudas humanas.

     -Nico, ¿crees que todos los significados de las palabras tienen que ver con Homero?

     -¡Evidentemente! ¿Y tú?

     -No sé qué decir. No sé. Existen los demás escritores clásicos, los filósofos… Pero quiero creerlo.

     -¡Créetelo!

     -Bien. Y, ¿qué opinas sobre Dolíqui y las Equinadas? ¿A que me has enviado investigar? Si hemos de bailar, bailemos, Soy todo oídos.

     –Sé que tú sostienes, aunque con reticencias, de que Doliqui, el cuarto segmento conquistado por Laértes, debe de haber pasado a Megis por herencia, como parte de la dote de su madre Ktimeni, si realmente ella era su madre y hermana de Odiseo. Pero mi intención es situarlo primero geográficamente y luego nos dedicamos a encontrar su relación con la Ítaca Homérica. Aún nos queda trabajo que realizar, temas que investigar y dialogo a raudales. Por lógica el territorio tendría que incluir la parte insular de Acarnania, desde Astacós hasta el golfo de Ambrácia y a ella pegada en su ala derecha a Leucáda, y por otra parte el archipiélago de las Equinadas. No las Equinadas como se conocen en la actualidad, peñascos rocosos y desérticos, sino las Equinadas Homéricas la mayoría de cuales son hoy colinas y montes absorbidas por el abrazo del inmenso campo que rodea incluso esa isla que ahora pisas, una de las islas de las sagradas Equinadas.

     -¿Las Equinadas son ahora colinas? ¿Quieres decir que había más Oiníadas y por ello su nombre se divulgó siempre en plural?

     -Es probable. La evidencia es que el conjunto isleño de las Equinadas del príncipe Megi, no solo aunaba las Oiniadas, pero también las islas actuales desde Oxia hasta Meganísi y desde Vrómon a la minúscula Astérida. La fisonomía del terreno hoy día esta alterada, pero si lo exploramos con atención veremos que sobresalen por lo menos cuatro o cinco colinas sugerentes que constituirían las grandes islas y bastantes otras menores, y abundantes peñascos, desde las Scrófas hasta las entrañas de la laguna…Y no te olvides que el propio Mesológgi está cimentado sobre tres minúsculos islotes que se fusionaron con el paso de los siglos…

     -Nico te he hablado de mi teoría de las discrepancias, ¿verdad?

     -Sí, me acuerdo.

     -Hablando de Mesológgi. Olvídate un momento de las geomediciónes, y acércate a la taberna de Gianni, por águilas y pardetes a la espalda. Ya verás, como después no discreparás nunca por el arte culinario que dejaron a la región Curétes y Léleges. Mientras, mi señoría, ya que despertaste mi curiosidad, te prometo que haré lo que sea para traer respuestas sobre este lugar, ¡para que nunca más existan discrepancias y disputas!

     – El “Nunca”, no tiene lugar en la historia.

                    Lady Beauchamp, se había dejado atrapar en las redes del clan escoces de los MacKenzie y no encuentra el camino de regreso. Las escenas se intercambian dramáticamente, entre los bosques y los miserables campamentos de los dos contrincantes, mientras ella se debate entre sus ansias por volver a su época y su simpatía que empezaba a brotar en su interior, por sus propios captores. Un compasivo húsar con la espalda escarbada del látigo que con tanta destreza utilizan los “casacas rojos”, se ofrece a compartir su vida para siempre. El dilema entre los sentimientos y la lógica es arduo y desgarrador.

     -El frasco de ouzo está tomando el aspecto de vieja ánfora Homérica, Los asimétricos pero a la vez hexaedros cubitos de hielo, elevando su semblante hasta los labios del cubilete, bailan en círculo hasta anudarse, fabricando un hidatifórme prisma irradiante. Dentro del reflejo cristalino, emerge repentinamente Mentor, al mismo momento que el húsar empieza a desabrochar el enmarañado corsé de la lánguida  dama.

     -¿Qué información recogiste ahorita? A cabo de tantos años yerno interino de Lixúri, había enriquecido su vocabulario con expresiones de Palikí.

     -No me presiones. No disponemos de los mismos medios. Anduve el sendero hasta la pequeña aldea de los calafates y los maestros carpinteros, pero no encontré ni alma alrededor y el astillero parece abandonado y desierto. Diez años de desidia han traído la catástrofe a la isla.

     -Se perdió el desdichado príncipe, no regresó de la guerra, saquearon todo los pretendientes que se postraron en los pies de Penélope, codiciando herencias ajenas. Pero dejemos eso, y dime, ¿dónde te encuentras ahorita? Al detalle. ¿Adónde irás y que has visto?

     -Cuanto estaba desesperado del todo, encontré un zagal harapiento y hambriento, quien a cambio de mi macuto me condujo a un varadero abandonado, donde me esperaba una falúa destroncada que llevaría ahí una eternidad embarrancada. La vela estaba rasgada y sus podridos escálamos dudo que soporten los remos…Antes que se despidiese con un alarido entusiasta y desaparecer corriendo la escarpa, me explicó que la isla se llama Neos, y antes se llamaba Nausithóe, y que la isla grande enfrente, a las cinco millas, Lais-sini, es la capital de las Oiníadas. Intentaré rodear la isla como pueda y luego pondré rumbo a la del frente.

     -Intenta transmitirme todo lo que veas y localices en los alrededores.

     -Te puedo decir que la circunferencia de la isla es en torno los ochenta estadios. Estimé una milla y media por hora con la vela y los remos y tardé algo más de dos horas; ¡haz cuentas! En este momento pongo rumbo hacia la isla grande, situada más al este. Espero alcanzarla en breve. La distancia no es importante pero la navegación es un embrollo y los canales imperceptibles entre las marismas, los peñascos, los atolones y los arrecifes.

     -Ahora todo esto es pedanía, ¿recuerdas? Igual que el reverso de la colina donde te diriges, justo delante de Fráxo. Ahí se encontraba el lago Melíti que tomó su color y su nombre de la sombra de los gigantescos fresnos que la rodeaban. Actualmente es un campo fértil y rico, gracias a la intervención humana.

     -A ti ¿qué te muestra el distanciometro?

     -La isla de Tricárdo tiene un perímetro de más de seis kilómetros, amigo Acastos. Justo los estadios que tú mediste navegando. En lo que se refiere a la baja sierra de la que hablamos, di la vuelta a la montaña desde un punto a otro. Desde la orilla de Aquelóo hasta Lesíni y de ahí a Fráxo y a Valtí. Son más de doscientos cincuenta estadios. ¡Majestuoso! ¿Recuerdas apenas como es en la actualidad la montaña?

     -¿Tu qué crees? Por supuesto…

     -Su morfología es insospechable, con bahías naturales y vastos estanques genuinos.  Vestigios de prehistóricas tumbas, grutas sugerentes y piedras megalíticas, salpican sus cimas. Obsérvalo todo de cerca, tengo la sospecha que a la altura del antiguo estuario del rio, existían desembarcaderos de pescado y al lado opuesto ensenadas en el lago Melíti.

     -Ahora que me estoy acercando, casi a pie de la montaña, diviso en la ladera un fuerte amurallado, y un esplendoroso torreón en la cima de la colina.

     -Me dejas boquiabierto. ¡Qué gran sorpresa! ¿Habías oído algo al respeto? Sin duda esta isla tiene todas las ventajas para ser, con diferencia, la capital de las Oiniadas y una de las islas más importantes del archipiélago de las sagradas Equinadas.

     -Lástima que conocemos tan poco. Si consideramos su tamaño y su aspecto seguro que la eligió Perímele, para transformarse en lais-sini, “senos pedregosos”, cuando Aquellóo suplicó por su salvación a Poseidón. El nombre le favorece. Recuerdo el mito, como se transformaron por la furia de los dioses, las náyades en esas islitas Jónicas, las Equinadas. Aunque supongo que a ti no te emociona demasiado el mito,  por no haber salido de boca de Homero, sino del mortal Ovidio, concédeme un día la ocasión de contarte su historia. Pero ahora dime, si Lais-sini es “la autoridad”, ¿qué pinta la isla de la colina de Tricárdo?

     -Su puerto supongo, la isla de atarazanas. Antes de llegar aquí, pasé por sus ruinas como se conservan hoy, e hice un breve registro. ¡Averigua que descubrí! Las bases en los muros son de piedras encastradas. ¡Abotonadas!. O sea de la época micénica. Qué pena no haber podido acercarte para atestiguarlo. Pero no hay problema, estoy seguro que el astillero primitivo es prehistórico y han construido el actual encima, en el quinto o cuarto siglo de la era antigua. En cualquier momento, si tenemos suerte, lo certificaran las excavaciones. Puede que por ello no hayas encontrado palacios y alquerías, fortificaciones, y ciudadelas con atalayas. En tu época, en esa que te encuentras, gracias a Palas Atenea, se utilizaba también como varadero pero aún no se había construido “Oiniades” como la conocemos hoy. Como ya te dije, el nombre se referiría a todas esas islas prehistóricas, que ahora son colinas encastradas en los drenados y desecados humedales. Sin embargo a mí, esa baja sierra, esta presumible isla que estoy explorando en este momento con ahínco, me parece más real, más imponente y así como esta abrazada a los viejos estuarios del río, debía de ser resplandeciente. Lástima que a nadie se le ocurrió hacer excavaciones, puede que porque el lugar siguió habitado todos estos años, y las comunidades modernas han hecho desaparecer sus huellas prehistóricas. Tampoco ayudaron los drenajes de las marismas y los lagos y… ¡Quien sabe que podríamos descubrir! Y con la ocasión, para pasar el tiempo hasta tu llegada al cabo, yo no estoy seguro que la sierra de senos fuese el alter ego de Perímele,… y segundo…¿Sabes que significa en la lengua Homérica Lais-sini?

     Mientras Mentor continuaba con su monologo, había empezado a nublarse, y los reflejos que irradiaba el centelleante prisma, empezaron a bailar sobre la línea del horizonte, hechizadas por la magia del momento. Las olas, cada vez más tortuosas zarandeaban la minúscula y penosa balandra que se contoneaba bajo mis pies.

     -Nico, me temo que tengo un problema serio. Han cedido las podres chumaceras, y he perdido los remos. Estoy a la deriva…

     La diáfana figura poliédrica, de aquel metafísico Pigmalión y pertinaz Homerísta se alejaba hacia los bastidores del olimpo, en el confín de la tierra…

     -Lais-sini, colinas bondadosas. ¡El topónimo es sin duda Homérico! Como Dióni, Kaljís, Ástacós, Ombriá, o Castós que significa…

     -¡No puedo gobernar la balsa, Mentor! He doblado el cabo, pero la corriente no me deja costear… ¡y sin remos…! Mentor, acabo de perder el mástil al mar, y la vela en retazos calase y su peso sumerge el casco al fondo…

     -¡Cuando vuelvas, te explicaré mi teoría sobre Eleió, Fráxo y Aquelóo!

     -¡Por Zeus! Mentoooor. Me ahogo, ¿qué hago? ¡Cómo es posible morirme injustamente entre marismas, tres mil doscientos años antes de existir! Como si fuese desventurada ninfa Equínada cualquiera. Tengo que resistir al destino, aún no ha llegado mi hora. ¡Tengo que despertar ya de esta pesadilla…! Mentoooor…

                    Descomunales olas plomizas, ondulantes y felinas, atraviesan rechinando la córnea de mis ojos y después de taladrar maliciosamente la aturdida iris, se despedazan solas contra la superficie de la macula, como los corrompidos tablones de la balsa, que reventaron estrellándose en los peñascos del cabo, Torrentes brotan de las rendijas, inundando mi ser y luego se pierden por las oscuras fosas de cavernas marinas, como serpientes resbaladizas. Un ambiente sofocante dificulta la respiración, y la sensación de asfixia me traslada por mil galerías adiposas y perpetuas. Si el fin del mundo no es exactamente igual, indudablemente se le parece demasiado. Me armo de coraje y con las fuerzas que me quedan aleteo con los pies como endemoniado, y con el un, dos, tres, emerjo a la superficie!

     ¡La caja tonta se ha vuelto majareta! Se ha llenado de cien ondas electromagnéticas, que los eruditos llaman Hertz, y trasmite en un tono prolongado y aterrador que en este momento me parece alienígena. La programación en la televisión ha acabado, y cierta cantidad de ouzo se ha derramado en mi calcetín izquierdo, aumentando la sensación del imaginario ahogamiento. La “Sassenach”, ha desaparecido de la pantalla, y no se divisan ni dragones escoceses, con sus kilts de tartán, ni caballos, ni bosques. ¿Qué diablos habrá pasado con la señora Beauchamp? ¿Habrá podido retornar a su época? ¡Maldita sea! Perdí el final y encima he traicionado mi sacra tarea de investigación y que dirá ahora Mentor…¡Incomprensible!. Ni siquiera la misma Atenea llegaría a tiempo a salvarme del naufragio, si se hubiese distraído a contemplar tal belleza sin emborracharse de admiración. Menos mal que cumplió con su deber. No me dejaría perderme en los inhóspitos humedales de Lais-sini…Me salvó la vida… ¡Gracias Palada!

     …Sin embargo, ¿Qué pena? Estoy seguro que el viejo Plinio preferiría ahogarse antes de renunciar aquel increíble e insólito descubrimiento. Porque justo en el momento de arrebatarme la diosa de las aguas turbulentas, en aquel irrepetible instante, el cielo se había resquebrajado y frente a mis sorprendidos ojos se había desdoblado un paisaje sobrecogedor…

     …Allá, a lo alto de la colina, en el relieve de la meseta, en algún lugar sobre Lais-sini y Katojí, se iba proyectando como en una película de leyenda, un esplendoroso, imperial y áureo alcázar… ¡un Micénico palacio real!

                    Y hoy todavía me pregunto: ¿Habrá sido de verdad?

                                                                                                                                        R d F

 

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