EL NAVEGANTE: Canto III. El Clan.


Canto III. El Clan.

 

               –Hoy hace frío, ¿verdad, amigo?

     –¡Ni que lo diga!

     –¿Por qué no te retiras a mis aposentos y te duermes un poco? Seguiremos mañana.

     –Prefiero quedarme. Nunca sé qué puedo encontrarme al despertar. ¿Y si se va todo a mi alrededor? ¿Y si el sueño se apodera de mi memoria? ¿Y si la claridad desvanece y pierdo de mis ojos la realidad que me guía? ¿Y si los actores se vuelven invisibles, sombras sin alma y sin razón, y me despierto en un despreciable diván sin relato y sin gloria? Prefiero quedarme callado y discreto. No pienso molestarte más con mis indolentes preguntas. Se lo ruego.

     –No me molestas. Quédate si es lo que deseas. Solo abrígate, no sea que por enfermedad te lleve el sueño para siempre. ¿Y qué es eso que se volverán los actores invisibles, como si de un escenario se tratase? Sabes, viajero, que estás hablando todas las noches conmigo y que no soy ilusión ni producto de tu imaginación, sino un hombre vivo y real. Cansado pero vivo aún, y no me pienso dejar vencer por los duendes de la oscuridad y la perdición.

     –Sí, Majestad. Doy fe de que es difícil acabar “contigo”, pero no entiendo por qué el autor, siendo encima familiar suyo, se empeña tanto en meterle en aventuras y en desdichas, –¡y las que le esperan!– sin compadecerle para nada y cómo permite tanto sufrimiento a su alrededor, pudiendo arreglar a vuestro favor este confuso guion y otorgarle la libertad de una vez a usted y a sus sufridos camaradas.  

     –No entiendo qué quieres decir –Giró el rostro extrañado Ulises hacia el Navegante y caminó agarrado por una de las maromas que colgaban en la cubierta–. ¿Cómo te atreves a insinuar que todos estos versos solo son una obra poética e irreal y además manipulada hábilmente por su autor, de aquella manera que solo yo acabe vivo y vuelva triunfador a mí amada Ítaca? ¡Callaos si no queréis que alguno de mis hombres te escuche en el silencio de la noche y te haga perder esa lengua atrevida! ¿Crees que estás de espectador frente al escenario de un teatro?

     –Yo solo digo, Sire, y perdonadme el atrevimiento que a menudo le trate de tú –porque siento su cercanía–, que a mi alrededor caminan siempre los mismos actores. Yo solo persigo casualidades y coincidencias entre sus versos. No dudo de la verdad de las alabanzas y de los hechos, sí de la amplitud de los escenarios y la distancia de los lugares. Dudo de las apariencias y me confunden las repeticiones. Por ejemplo, este hombre con el manto verde que se llama Euríalo –y a la vez es guerrero Aqueo y Troyano–, compañero de Enéas y argonauta valeroso y según Sófocles hijo suyo fuera del matrimonio, me intriga.

     –¡Nunca tuve otro hijo que no fuese Telémaco!

     –Luego está el joven Agelao, que fue troyano por tres veces y pretendiente –dicen– de su esposa Penélope y luego guerrero heleno que el noble Héctor asesinó con ferocidad. Antes, había sido uno de los hijos de Eneo y padre de Anteo. Y hasta descendiente del gran Hércules. O, como otros sostienen, su propio hijo…

     – ¡Cuánto sabes!  

      –Υ Ántifo, que es un héroe heleno que peleó a su lado en Troya, pero también al lado de troyanos entremuros. Y hubo otro que también… Conozco a un héroe tebano del mismo parecer y nombre y a otros tantos clones merodeando por la propia historia… ¡Y el joven príncipe de los Feacios, Thoon, que se multiplicó en hasta cuatro combatientes troyanos! Y otros, que han sido pretendientes de Penélope y a veces de Helena. Uno de sus antepasados tomó parte en el viaje de los argonautas y volvió ileso y vencedor. ¡Y luego observo a otro joven –del que hay otro con su mismo nombre– que pretendió a una de nuestras heroínas y vuelve de la misma guerra que vos, donde vio pelear en frente suyo a otro tocayo! Así, con muchos, se repiten las mismas características, y los mismos nombres en distintos frentes y lugares como si fuesen el mismo autor transformado en otros personajes para multiplicar los actores en el escenario. Como bien dijiste, Sire, ¡es un teatro donde solo disponemos de unos pocos intérpretes y hemos de reproducirlos! Y luego están los clanes, que cambian el significado de los hechos.

     –¡Estoy perplejo! ¡Que me parta un rayo si entiendo una palabra de lo que quieres decir! ¿A qué clanes te refieres?

     –Eso de la guerra y la venganza por Helena ha sido dirigido por el mismo clan de siempre. Como lo han sido la leyenda de los argonautas, los trabajos de Hércules, las incursiones africanas de los pueblos del mar…

     –¿Y?

     –Tienen el mismo guion original, Majestad. Uno o unos que están obligados a luchar por sus derechos, y, al encontrarse con dificultades, otros del clan les ayudan y les socorren. ¡Y siempre es el mismo clan!

     –Si me pudieses detallar las referencias, las que tienen que ver conmigo y con la guerra que libramos, no te dejaré como demagogo y blasfemo.

     –Donde se dice clan se entiende alianza y, a veces, lazos de familia o de amistad. Incluso de interés común. Si miento o no estoy en lo cierto, por omisión, me corrige.

     –Adelante.

     –La manzana era Helena, ¿verdad?

     –Sigue.

     –Helena era hija de Leda y Tindareo, hermano de Icario, padre de su esposa Penélope. Por tanto, Helena era prima de Penélope. Luego, se casó con Menelao, rey argivo y hermano del poderoso Agamenón, esposo de Clitemnestra, la hermana de Helena. Por otro lado, Leda, madre de ambas e hija de Testeo –rey de Etolia y nieto de Pleurón– es tía de Penélope.

     –Deja que asimile tantos nombres y pueda sacar algo en claro, Navegante.

     –Sí señor, así lo haré. Tome su tiempo. Y le subrayaré lo más importante. Empezando por sus pretendientes. Porque esos, aquí, en este escenario, tienen mucha importancia. Son parte del Clan.

     –Deja ya de utilizar palabra tan ruin y vulgar.

     –Lo haré. A partir de ahora, diré “familia” o “uno de los nuestros”, ¿le parece?

     –Me agrada más familia.

     –Lo respeto. Pues señor, Toante, príncipe de Etolia, era uno de los pretendientes de Helena. Eso para que no me diga qué tienen que ver los Etolos con el clan. Perdóneme, con la familia. Ese Toante es sobrino del héroe Meleagro, hijo de Althea –la hermana de la hermosa reina Leda–, aparte de amigo íntimo suyo. Y un apunte para el futuro, Majestad: Jasón tenía un hijo del mismo nombre.

     –¿Y eso a qué viene?

     –Liga con lo anterior, señor. Todo está ligado. Eso pretendo demostrar. Muchos de los bisabuelos, abuelos y padres de los guerreros de Troya, dos o tres generaciones antes habían participado en el viaje de los argonautas. Hércules, Ifito, Meleagro, Augias, Telamón, Polifemo, Minos, su padre Laertes, hasta su abuelo Autólico. Muchos de los nombres que se dan en la guerra de Troya están a la vez como nombres de los pretendientes de Penélope y como héroes en Troya. Homero, a quien solo le interesa vanagloriar a su abuelo, además de contar sus hazañas –hazañas de Hélade también–, maneja reiteradamente los mismos nombres ¿Y qué me dice de Polifemo?

    –¿Por qué no lo ves más sencillo, suspicaz Navegante? Siempre en la vida y en la historia se repiten nombres, situaciones y muertes. Eso no convierte la historia en dolosa ni que el gran bardo haya mentido o transformado la realidad. No sé qué es lo que buscas. ¿Ver si mis hazañas fueron reales? Ya te contesté. Aún están por ver. Es pronto para opinar. Estamos al principio del mito y de la historia. ¡Apenas hemos llegado a Citera!

     –Yo solo quería relacionar situaciones, noble soberano, por si tienen un significado…

     –Sigue.

     –Icario y Tindareo llegaron a Etolia por su expulsión de Esparta por Ébalo o por su hermanastro Hipocoonte. Las malas lenguas dicen que Toante era hermano de Penélope e hijo de Icario. También dicen que tuvo usted con su hermana a un hijo ilegítimo que se llamó Leontófono. Tendrían que ser muy amigos, porque juntos “entrasteis” al dichoso caballo, ¿no, señor? Y hemos dicho que su tío carnal Meleagro, el argonauta rey de Calydon, era hijo de Althea, hermana de Leda e hija de Testeo. Ya hemos reunido a gran parte de la familia.

     –No me repitas las mismas historias. Eso sucede en todas partes. ¿Qué de especial tiene?

     –Cuídese, mi rey. Estamos aún en el principio. Agamenón y Menelao –los principales actores– pasaron su juventud con Eneo, rey de Etolia y padre de Meleagro, con quien compartieron su adolescencia. Eneo estaba casado felizmente con Althea, hija de Testeo. Aparte de Meleagro, era también la madre de Deyanira, esposa de Hércules. Como vos sabéis, Hércules también participó en la campaña de los argonautas. Es para ir relacionando a la vez las dos historias, señor.

     –Eso ya me lo dejaste bien claro.

     –Acabo con el primer ovillo. Eneo se casó en segundas nupcias con Peribea y tuvo a Tideo, padre de Diomides –el rey de Argos–. ¡Otro íntimo amigo suyo, Majestad! Yo no sé cómo enlazar todo eso en el tiempo. Solamente relato los acontecimientos.

     –¿Hay más?

     –¡Dicen que la madre de Jasón era Polímede, “vuestra” querida tía!

     –¿Y qué demuestras con ello?

     –Absolutamente nada. Yo no intento demostrar nada, ya se lo dije. Estoy aquí para observar. Nada más. Y la relación de la expedición de los argonautas con la vuestra me intriga. Mismas razones –siempre algo valioso que con infamia se sustrajeron–, mismas excusas, mismas naves, mismo destino, héroes relacionados… Mejor dicho, el mismo clan. Tengo entendido que su señor Laertes estuvo con los argonautas, ¿verdad?

     –Era su deber.

     –Como el suyo, supongo.

     –¡Y de todos!

     –Aérope, la madre de Agamenón, de Menelao y de Anaxibia y nieta del glorioso Minos, era hermana de Climene, la madre de Palamedes.

     –¡Ignoro quién era Palamedes! No hay ninguna referencia en los cantos.

     –Grande entre grandes era Palamedes –dicen–, y el inventor más célebre. También dicen que tuvieron un conflicto cuando se negó usted participar en la expedición a Troya. Y por eso, luego le acusó hasta la muerte.

     –A los hechos me remito. He dicho. Para nada existe este personaje si el bardo lo ignora.

     –El bardo es de su familia, ¿lo olvidó? Pero sigamos  si quiere…Le presento a algunos de los pretendientes que, como era costumbre, todos pertenecían al clan. Todo quedaba en familia. Ajax, hijo de Telamón y Peribea, era hermano de Teucro y primo de Aquiles; Agastenes, rey de Élide, era padre de Polixeno; y Épeo, quien ideó y construyó el célebre caballo, era hermano de Aegle, esposa de Teseo. Teseo y Telamón también estuvieron con los argonautas. De hecho, algunos como el magnánimo Néstor tomaron parte en ambas expediciones. Y otros coincidieron en la de los argonautas y en la caza del jabalí de Calidón ¿Quién organizó esta cacería? Eneo, el rey de Etolia.

     –La idea del caballo fue mía.

     –Si usted lo dice… ¿Me permite seguir con los pretendientes que estuvieron en Troya? Protoo, Guneo, Polipetes y Euripilo de Tesalia. Protoo, príncipe de Magnites, el que naufragó en compañía de su querido sobrino Meges en el cabo Cafareo, era nieto de Eurito y sobrino de Ifito, quien le regaló aquel divino arco que ostenta, señor.

     –¡Qué lástima me da la pérdida de estos dos valientes!

     –Todo está bien enlazado, ¿no ve? También estuvieron –y acabo, para no marearle más de lo que las olas nos balancean– Epístrofo, hijo del argonauta Ífito, quien sustituyó en la expedición a su hermano, el rey de Fócide Estrófio, padre de Pilades y esposo de la hermana de Agamenón y Menelao, Anaxibia. Y junto a él, su hijo Esquedio, liderando por su cuenta una segunda flotilla de naves. El glorioso nieto del rey Minos –otro célebre argonauta–, Idomeneo, también pretendió a Helena y la fue a rescatar a Ilion. Si bien tengo entendido, el rey Idomeneo fue de sus mejores amigos, Majestad…

     –Hora de acabar, Navegante, que nos estamos arrimando al cabo Maleas.

     –Una última curiosidad, Sire. También cuentan las malas lenguas que, mientras aquel noble Itacense y amigo suyo Meláneo, –el padre de Eurito– pretendió a Helena, su otro hijo Amfimedón está cortejando a su esposa Penélope allá en Ítaca.

     –¡Basta ya, deslenguado ignorante! Y llama a todos a cubierta, que esta mar espantosa viene a nuestro encuentro en unos instantes. Ya te habrás enterado de cómo acabó luego la historia y de quién cayó primero bajo el arco que me regaló Ifito, ¿verdad?

     –No señor, aún no he llegado a indagar en los cantos tan adelante.

          El Egeo, desde hace miles de años, tiene perfectamente orientados sus vientos. El único viento sudeste que sopla en este mar se llama Siroco y es un viento cálido del sur que arranca desde las costas de Libia y casi siempre muere a mitad del Egeo. También sube por el canal Adriático hasta las costas Dálmatas. Para los barcos que pasan el estrecho de cabo Maleas y lo encuentran –aunque sea fuerte–, y especialmente para los que luego quieren hacerle compañero de viaje y subir por la senda del jónico, este incalificable viento es una bendición. Pero ahí justamente, en la confluencia de los dos mares, algunas veces Eólo se vuelve loco: se casa con los violentos vientos de norte y empieza a rizarse, a enrollarse y a transformarse en serpiente venenosa. Una serpiente que no perdona cansancios, ni agotamiento, ni fatiga ni nada. Si su voluntad es desviarte, hacerte perder, naufragar o simplemente torturarte durante días alrededor de este rocoso cabo, lo hará sin clemencia. Y si algo le enfurece sobremanera, ni rezos ni plegarias te librarán, navegante, de su cólera.

     «Eso es una injusticia», pensó el adalid de Ítaca. «Lo teníamos al alcance de la mano».

Ha meditado los pros y los contras. Si se defendiese contra la adversidad, podría lamentar innumerables bajas de naves y de hombres. Y si se dejase llevar, podría salvar a sus hombres. Pero era consciente de que la bondadosa Amfítrite no conseguiría convencer a su iracundo cónyuge de dejarles en paz y no alejarles de su cometido.

     –¡Euribates! –gritó en medio de la descomunal tormenta de viento y agua.

En un instante, el maduro consejero y amigo estaba a su lado.

     –Euribates, haz que las naves bajen las velas y que los hombres dejen de remar y que solo se cuiden de seguir la corriente con diligencia. ¡Que nadie se atreva a remar contra el viento para alcanzar el cabo ténaro! ¡Es un suicidio¡ Si nosotros lo hacemos, nos seguirán los demás, así que empieza a organizar las naves.

     El fiel instructor, que había visto platearse su cabeza día a día y torcerse su espalda de los esfuerzos, desapareció como una nueva sombra en el ocaso, ayudado por su rostro atezado y por su escuálida figura.

     Las naves, una a una, se pusieron a jadear en concordia y a dejarse abrazar por las dilatadas olas que las llevaban en volandas. El viento se había vuelto norte absoluto y afeitaba las cubiertas de los cascos a su cruel revuelta por la superficie del océano. Era inevitable, y el magnánimo rey se percató en seguida. «Viento de norte, proa al sur. Lo acepto, pero que pronto amaine, amables dioses de Olimpo», rezó, mientras recogía una mazorca del entrepaño y un odre de vino tinto de aquel que el sacrificado santurrón de Ísmaro le había brindado. No quería que le viesen sus compañeros con aquella ira en el rostro contra los dioses oceánicos. Y se arrimó a una esquina con la capa tapándole la cabeza. Agarrado con una mano a la gruesa cuerda de amarre, se dejó deslizar contra la mojada superficie de la cubierta de la nave real.

     «Como tengamos este tiempo por días, nos vamos a quedar sin víveres y sin agua, ya que las próximas tierras hacia el sur distan a más de nueve amaneceres». No pudo ocultar una sonrisa cuando se acordó del sermón del Navegante, que insistía en que el destino oculto de las naves era ir en busca de Menelao para saquear las costas de África en vez de a la Ítaca añorada. «Los dioses se equivocan queriendo a veces», avivó en su mente la controversia entre la verdad, el azar y la fatalidad. Podía jurar por los dioses y por la querida Palada Atenea –que nunca le abandonó– que él pensaba ir primero a Ítaca después de tantos años. Abrazar a su esposa, a su hijo adolescente, arreglar cuentas con Amfimedón y con los demás pretendientes y príncipes Itacenses, consolar a su madre y pedir a padre su bendición para poder de nuevo zarpar y acabar lo que había empezado con Menelao. Volver a Egipto y a Libia, donde había dejado riquezas, oro, extrañas medicinas y perfumes, secretos poderosos que podían cambiar toda la realidad de su reino. Volvería a convertirlo en lo más poderoso de Grecia, volvería a incorporar de nuevo a Duliquion, ahora que el malogrado Megis ya no existe. Echaría a los ingratos de palacio y colocaría a otros de confianza en su lugar. Y todos juntos ampliarían sus fronteras hasta Ecalia y Parnaso y por el otro lado del océano hasta las tierras de poniente que él ya había descubierto con sus ojos. Había fundado ciudades en Iberia y Etruria y había nombrado virreyes y gobernadores. Pues sí. Eso era lo que pensaba hacer. Prepararse para el futuro y con prudencia conquistar lo que había dejado a medias. Él y sus amigos de andanzas y ventura, con Menelao, con Teucro, con Amfíloco, con Diomedes y Menestéo…

     Pues ahora se lo había puesto en bandeja su propio enemigo. Poseidón se había equivocado de día y de año y le empujaba con premura hacia el destino. África esperaba. Etiopia, Egipto y la soñada Libia. Ya no se podía hacer nada para invertir el tiempo, así que volvió a taparse con su capa hasta arriba, se arrastró para colocarse bajo la lona que hacía de cobertizo y apoyó la cabeza en la base de la toldilla intentando dormir un rato. El cansancio no tardó en hacerle preso, y se dejó llevar por el trineo de Morfeo, pensando que había hecho todo lo que había podido y que la voluntad de los dioses era insuperable para los mortales.

    Aquella tormenta no era producto de la naturaleza. Se vio en seguida. No es que fuera tan fiera como para temer por sus vidas. Ni siquiera tan feroz como para agotarles peleando en su contra. Era sutil y furtiva, maliciosa y ladina. Les daba tregua a menudo, pero no les permitía remontar. Les otorgaba largos tiempos de descanso y bonanza, pero su hueco oleaje, largo y ondulante, no les dejaba meter el remo. Por ello, estaban en disposición ciega de la inclemente corriente de las olas, que irremediablemente conducían el patético convoy de las naves negras camino al sur día sí y otro también. El hijo de Laértes lo había calculado bien: a esa velocidad, sin remos y sin vela, en nueve días y nueve noches tocarían tierras de Egipto. Hizo este viaje desde las costas de Asia unas cuantas veces mientras duraba el asedio a Ilion. Lo hizo a toda vela sin corrientes, ayudado por los remos a todo pulmón. Tardaban casi lo mismo. «En este caso, dictará la dirección de las corrientes bajo las olas, que en esta época en el Mediterráneo son tan cambiantes como los vientos. Si giran hacia levante, nos llevarán a Egipto. Si se tuercen hacia poniente, nos llevarán a Libia», sentenció divagando mentalmente sobre su destino final. Por su experiencia, sabía que las probabilidades conducían más bien hacia las costas más occidentales de la hechicera Libia. No importaba, porque luego era bastante asequible llegar costeando hasta el gran río y de ahí a los opulentos palacios de Egipto, donde aguardaría Menelao, ahora dichoso por haber recuperado a su joya más preciosa, la divina Helena.

     El décimo día a la deriva, de madrugada, surgidos entre una sedosa neblina que se arrastraba por la arena y los arrecifes, sintieron en el raso bajo vientre de las naves el empuje de la ansiada tierra. Hambrientos, sedientos y empapados hasta los huesos, enderezaron las ligeras embarcaciones con premura y las amarraron en la misma playa, calzándolas con cuñas y zoquetes que llevaban en la bodega, guardados y ceñidos para situaciones similares. La mayoría de los remeros se derrumbaban sobre la arena fina al saltar por la borda y se quedaban ahí, inmóviles tiempo y tiempo, hasta recuperar el aliento. Otros, con más acopio de fuerzas, de paciencia y de voluntad, y haciéndose firmes ante la adversidad, se repartieron por los alrededores para buscar víveres, agua dulce y leña para asar lo encontrado y lo poco que les quedaba en la alacena de pan y salazones, descompuestos y herrumbrosos. Algunos se perdieron en su búsqueda tras los presuntuosos olores y las imaginativas tentaciones que presumiblemente ocultaba aquel paraíso terrenal. La mayoría volvió de su misión cargada de leña fina y gruesa, frutas grandes y sustanciosas, algunas pequeñas fieras desconocidas en los ojos de la camarilla y unos canastos llenos de unas flores exóticas, singulares y zumosas que amparaban unos minúsculos frutos redondos, arrugados, de color ocre y rojizo, tornadizo según fuera el tamaño y la densidad de su imperceptible vello. A Euriíbates, que se suponía el más culto, y a Polites les parecieron simples leguminosas de aspecto inofensivo y muy nutritivas. ¡Para la sobremesa serían estupendas!

     El general heleno, astuto, experimentado y hábil estratega, les dejó celebrar por todo lo alto su llegada a tierra y les concedió una hemina de vino a cada uno para que brindasen, aunque él sabía que cada uno ocultaba unos cuantos modius en su rincón. Porque si no, ¿cómo conseguían emborracharse a la primera sin probar una gota? «¡A ver si hemos dado con gente pacífica y hospitalaria!», receló, explorando los alrededores de la larga bahía. «Parece una isla plana, pero por allá se junta con otra tierra más profunda y osca… Me temo que las corrientes nos desplazaron bastante más allá, hacia poniente. Y el deseado Egipto quedará algo más lejano. Para al final concluir. «Si aquí no están las riquezas del tebano Pólibo, descubriremos otras», se jactó, dirigiéndose a su elevado ego. Pensó en volver con los demás cuando atisbó a la distancia una figura masculina contoneándose por el efecto de la bruma que insuflaba el océano al desierto, hacerle señas con las manos levantadas. Aguantó el paso y se sentó en postura de meditación, con los pies cruzados y ubicados cada uno sobre el muslo opuesto. Respiró profundamente, deseando algo provechoso después de tantos días y noches de desdicha.

     El inquieto guerrero era el joven Alkmaón, inconformista y tenaz, que seguro que ni siquiera habría almorzado y bebido en la nave, deseoso de explorar el nebuloso sitio del desembarco. Se acercó veloz y resoplando, con los contornos de los ojos arácnidos por la polvareda de la sedienta tierra. En aquel momento, se percató que mucho más atrás se acercaba una segunda sombra arrastrando las piernas y sorbiendo a cada paso un buen trago del inmenso odre que le impedía avanzar más raudo.

     –¿Quién va detrás, Alcmaón?

     –¿Quién va a ser, Patrón? ¡Elpénor! Ya le advertí que comiese y bebiese algo antes de partir tras mis pasos. Pero ya sabe el talento que tiene. Y además, es un granuja flojo y esmirriado. ¡Menos mal que aquella buena gente nos dio de comer soberanamente! Con las prisas, agarré un sorbo de agua fresca y dejé el odre para no demorarme. ¡Pero ya ve cómo lo arrastra el albardán!

     –Tiempo tendremos para darle a ese –sonrió Odiseo–. Pero, ¿qué dijiste de hombres que viste, que trataste y que bien os convidaron y agasajaron como si fueseis de su linaje?

     –Son gente de la tierra, señor. Sencilla y campesina. Y viven en aldeas tribales escasas, cercanas una a la otra. Llegamos a ver tres seguidas a poca distancia. La primera está a orillas de un interminable lago que se adentra hacia el sur. Y las otras la siguen.

     –¿Has visto palacios, fortalezas y muros tan amplios y elevados como los de Ítaca?

     –¡Nooo, señor! Ya le dije. Ni una piedra, ni arcos ni columnas. Cáñamo y ramas de arbustos bajos, que dan madera fina, dócil y maleable. Sus moradas y sus cobertizos están hechos sin entradas y escalones. Se parecen a las majadas de donde retiramos por las noches nuestras bestias, señor. Viven con sencillez y austeridad. No he visto nobles ni reyes. Viven en comunidad y en paz.

     –¡Basta! –le cortó maldiciendo el Aqueo ilustre–. Ya veo… Otra vez hemos caído al vacío. Vámonos a las naves, soldado, que nos esperan días de camino y pesquisas. ¡Ahh! Ya está llegando el perezoso de Elpénor. ¡Esperémosle!

     Dijo y obró lo opuesto, ya que empezó a andar malhumorado hacia el embarcadero, arrastrando con rabia los pies y utilizando las puntas de las sandalias de afiladas palas para levantar otra polvareda y dejar al recatado joven aturdido. Aunque ya sabía con creces del malhumor de su caudillo…

     A su flanco derecho, sintió caer una sombra alargada rozándole la abarca de cuero curtido, levantando una nube de plomizas partículas. ¡Elpénpor!

     Con una mano, sujetó el pellejo y tragó dos largos sorbetones. Con el otro, arrastró al aturdido joven hasta el espolón de la primera nave. «¡Menos mal que no era vino!», celebró sonriente. Este presuntuoso sería capaz de no dejar gota. Se acercó a la congregación de guerreros que se había formado alrededor de la nodriza y elevaba el alboroto en cada palabra de su jerarca, quien estaba apoyado en la borda de la cubierta dirigiéndose entre desaprobaciones a la muchedumbre.

     –Aquí perdemos el tiempo –gritaba Odiseo–. No hay nada que ver y nada que pillar. Solo hay humildes rediles, humildes sombrajos y humildes gentes. No tienen nada que ofrecernos. Allá donde el albo rey nos aguarda hay palacios llenos de oro, bóvedas llenas de sedas y perfumes, armas de cobre y bustos de mármol. Abundan las viandas de todos los sabores y procedencias. Y unos salarios esplendorosos para los guerreros, que nos guardan los ricos faraones en sus arcones. Unos cuantos años y volveremos con más riquezas a la amada Ítaca y nadie podrá echarnos en cara tanta pérdida. Diez años polvorientos y míseros para traer cuatro “palastes” de metal precioso…

     –¡No aguantamos otra travesía tan pronto, Patrón! –Salió decidida una voz desde el gentío.

     –¿Tú también, querido hijo de Dolío? Ejemplo tendrías que tomar de tu padre y tus cinco hermanos, que defienden –tengo fidedignas nuevas– el reino con suma dignidad.

     –Pero es la verdad, señor. No podemos con el alma. Nos duelen los pies y el cuerpo. Estamos hambrientos y agotados. ¿Podríamos quedar unos días aquí antes de zarpar hacia lo desconocido? Y nosotros nos comprometemos, mi señor, a seguirle después hasta el fin del mundo…

     –Podría considerar que descansásemos una noche. Solo una noche. Aquí, en la playa. Y a la aurora salir con el viento favorable.

     Se hizo un prorrogado silencio, donde la ansiedad reinaba mezclada con la nube de la erosionante polvareda. Se oyeron decenas de suspiros y padecimientos, se percibió angustia, fatiga, apetencias y desilusiones, pero el poderío y la potestad del paladín itacense superaban a sus desencantos. La moraleja estaba descrita de antemano. Al unísono, combatientes agregados, mozos y sirvientes detonaron su aceptación a lo irrebatible, quedándose con la consolación de que zarparían por lo menos un día más tarde.

     Perezosamente, y guiñando el ojo a su fiel escudero Euribates –que acechaba por ahí cerca–, bajó Odiseo de la nodriza, prendió una de las opulentas colchas que le guardaba Pilia, su fiel esclava, en la recámara y se fue a descansar y a cerrar unas horas los ojos, una centena de metros alejado de la nave más esquinera, sobre el ondulado cuerpo de la arena complacida y tórrida. Los guerreros aqueos parecían plagiar su juicio. Se les veía –a cada uno– tomarse sus indumentarias y buscarse refugio y acomodo. El crepúsculo se derrumbaba sobre las combadas siluetas y se deleitaba con su decisión de buscar el gozo perecedero, en vez de pleitearse por un ejercicio más arduo aunque quizás más ventajoso.

     Pero con lo que no contaba para nada el experimentado comandante –o simplemente lo dejaba a la providencia– era con la fuerza de la curiosidad, el ímpetu de la conquista, la necesidad de la exploración, la atracción de lo desconocido, el placer furtivo, el gozo imprevisto y el libertinaje instantáneo que conduce en un momento de debilidad a la aventura más contraproducente y el espontáneo incidente más incorregible.

     E irremediablemente, es lo que sucedió. Los iletrados guerreros fingieron el sueño. Aguardaron unas horas de tedio e ingrato fingimiento. Al sentir a su Rey vencido por el implacable dios del sueño, se incorporaron uno a uno como si de un sobrecogedor ejército de autómatas se tratase y, formando en filas disciplinadas de avanzadillas, marcharon hacia las vecinas aldeas de los hombres que se alimentaban de la flor del cautivador… ¡Lotus!

     Verdaderamente, esos hombres que habitaban el norte de Libia eran gente noble, sencilla y bondadosa. Pero parte de su bondad y de su encanto curiosamente se cimentaba en su propia alimentación. Esas leguminosas, que utilizaban para su subsistencia, no eran como las conocidas en tierras aqueas y micénicas. Sus efectos apaciguadores, hipnóticos, eufóricos, embriagadores y exultantes transformaban aquel pueblo desconocido de lotófagos en un oasis de pacífica convivencia y en una eternidad de vida apacible y onírica. Y eso es lo que percibió Odiseo cuando, a la madrugada siguiente, se percató de la gran bacanal y de la desenfrenada fiesta de sus súbditos en compañía de aquellos ingenuos alucinados. Lleno de ira y enojo, reunió a los pocos escoltas sensatos que le quedaban y recorrió durante largo tiempo las innumerables aldeas que llegaban hasta el confín del extenso lago, hacinando cuerpos yacentes, yertos, desastrados y beodos y adosándolos a lomos de los esquivos caballos que habían podido embarcar a su salida de Ilion y que los transportaban hasta las quietas naves embarrancadas en la ardorosa playa.

     Tardó días y horas para poder reunir de nuevo a sus compañeros abandonados a los encantos del vino, de la juerga, del sueño, de las hermosas jóvenes Libias y de la adicción a los efectos de los alucinógenos frutos de esa rara legumbre africana con la que los lugareños elaboraban todo, desde el pan diario, sus almuerzos, los ricos licores de sus juergas nocturnas o los medicamentos para la cura de todos absolutamente sus males. Cumpliendo con el horario más estricto, el obstinado aqueo el séptimo día ya había congregado y amontonado a casi todos sus compañeros en el fondo de las cubiertas de las reposadas penticonteros. Ninguno de los damnificados se percató que de madrugada el convoy de las doce negras naves repletas de víveres, agua y vino se alejaba, costeando en perpendicular la costa africana hacia tierras egipcias al encuentro de Menelao y de Helena.

     La tierra de lotófagos tenía poca importancia. No por su peculiaridad, sino por su pobreza y su sencillez. Aquella gente primitiva, que solo tenía que ofrecer holgazanería, ocio y una pobreza encubierta bajo una cooperativa de gente menesterosa y parsimoniosa, no encajaba con la idea de la plutocracia del adalid Itacense.

     De esta guisa, cerraba capítulo de una aventura que no era deseada, sino apremiada. Otra vez se obligaba a otear hacia delante, donde el albo argivo y su linda esposa le esperaban… Sabiendo la predilección de la vigorosa y joven reina de Esparta, pensó en llevarle de regalo unas cuantas flores y frutos de aquella planta hechicera, pero luego pensó que podría existir un peligro real a que de esta forma se extendiera la gozosa pero equívoca adicción al mundo civilizado.

     Levantó la mirada al cielo, intentando suponer entre las escasas nubes al rey de los océanos para suplicarle “…que pare por favor ya de perseguirle con tanta inquina…”, Pero solo vio una fina lluvia de estrellas que se precipitaban hacia la delicada línea del horizonte, allá a lo lejos donde se presumía el humo de las chimeneas de su amada isla…

                                                                                                                                                 …CONTINUARÁ

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