EL NAVEGANTE: Canto IV. ¿Quién cegó al bardo?


Canto IV. ¿Quién cegó al bardo?

 

Escaso ha sido el viaje de la tierra del lotus a la tierra dominada por los Cíclopes. Como un suspiro. Estaba aquella isla inmóvil en medio del océano, del océano que pasea las sirenas y los sueños, que zampa olas y escupe tormentas, furibundo, enojado, dolorido y herido… Sueño que dura un día o un instante. Perdido en la inmensidad de la nada entre lo irreal y lo inexplorado de un ojo herido, donde aquellos desalmados habían clavado la lanza templada en el fuego…

 

–Ese cuento… –discrepó el Navegante–. ¡Eso se lo ha inventado!

     –Para nada. ¿Por qué iba a hacerlo?

     –Porque me di cuenta de que es vanidoso, ególatra y tedioso. Tanta epopeya para contar fábulas y confundir al lector. No creerá que tenga delante a la mujer engañada y abandonada media vida para contarle sus hazañas o sus desgracias y que se apiade de usted, ahora que llegó arrepentido y viejo como cualquier hombre de hoy y de siempre que al final se aferra a su zapatilla vieja. Y ahora, dígame la verdad. Sin fantasías y sin rencores. Este dolor, inmenso e inhumano por el querido hijo de su sangre lo supongo cuando piratas bárbaros le apresaron, cuando usted y su retoño cayeron en desgracia y le cegaron el ojo diestro para así quedar tuerto y señalado, para que observe a medias las verdades y separadas la fábula de la realidad ¡Por eso, “Nadie” engañó al Polifemo, sino a ese “muy famoso” de su nieto, el implacable aedo, al que cobardemente y con ira y maldad apalizaron y le dejaron solo, con un ojo avergonzado, buscando venganza a través de esos versos voladores! ¿Verdad Majestad?

     –Me ves que callo y otorgo. Mis ojos se inundan de lágrimas por acordarme de esa cruel tortura. Crees que diste en la diana, Navegante, pero “Nadie” sabe si eso es así o inventado. Ni siquiera que el aedo tiene algo que ver conmigo. Tú, que supongo que no crees en los dioses y en el destino, eres frío y justiciero con los aventureros, intentas cambiar los hechos o adivinar otros sucesos porque no te convence el eco de mis proezas y quieres quitarles el encanto que profesan y convertirlas en eventos triviales y cotidianos, esgrimiendo la realidad y la credibilidad como tus armas…Pero yo no soy un hombre corriente, y mis descendientes tampoco para discutir lo que siglos de historia profesaron. ¡Sigue, pues, con la lectura!   

    

«¿Para qué me habré dejado engatusar con esas flores de lotus, como mis necios compañeros?» Es lo primero que pensó Odiseo al despertar, tendido en medio de la toldilla de la cubierta, extenuado, con ojos arrugados y nariz húmeda, tiritando, oliendo a rancio sudor intenso, espeso de náuseas y de mareo. Las naves iban yendo en calma con parsimoniosa disciplina siguiendo a la segunda capitana que pilotaba el prudente Perímedes, ya que la nodriza del jefe Aqueo iba cerrando la flotilla. El sensato fócida, aunque tuvo sus más y sus menos con Odiseo por la obstinación de su hijo Escedio por la venerable Penélope, ha mantenido siempre un respeto incontestable por su señor y amigo –especialmente después de la muerte de Escedio frente a los muros de Troya en manos del incontestable Héctor–. Pensó que no tenía por qué cambiar el orden de las cosas y que necesitaba un tiempo prudente para recuperarse y recobrar la serenidad. El sueño que había concebido aquella noche fruto de los efectos de las hipnóticas leguminosas había resultado sobrecogedor e inquietante. «¿Cómo pueden existir seres tan monstruosos como aquellos Cíclopes de un solo ojo?», se preguntó, intentando volver a reconciliar un nuevo sueño reparador. O quizá solamente su mente vengativa quiso crearlos para rebatir a ese obstinado navegante su teoría sobre la ceguera del aedo. De Cíclopes, Gigantes y Lestrigones ya conocía casi todo porque su querida nodriza Euriclea se encargó, desde pequeño, de llenarle la cabeza de sus espeluznantes historias. Recuerda que le insistía sobre su inimaginable crueldad y su carencia de leyes y derechos humanos. Que vivían aislados y solos, maquinando día y noche de qué sangre viva se iban a alimentar la víspera –de bestia o de humano–, ya que hijos de dioses primitivos se creían por encima del bien y del mal. La mayoría de sus historias estaban bordadas alrededor de uno de ellos, el más cruel e inhumano y el más famoso, por lo que así le llamaba ella Polifemo, el de mucha fama, por dárselas de hijo del dios Oceánico –el ciclotímico Poseidón– y de Toosa –la ninfa del mar–, cuyo padre, el sabio anciano Forcis, había vivido siglos incontables en el pequeño puerto del norte de la isla, unos cuantos estadios del palacio real que aún lleva su nombre. Ese bondadoso ermitaño marino tuvo la mala suerte de casarse con la malvada Ceto –la madre de Esquila, las Gorgonas y las Sirenas–, que le sedujo una noche fría e inhóspita en su caverna, donde vivía tranquilo y en paz. Con él, engendró a todos aquellos monstruos llamados Fórcides, en las que pertenecía Toosa, la hija cetácea. De su amerizaje con el dios del tridente, nació aquel imaginario Cíclope que la amada Euriclea llenaba con sus maldades cada noche la pequeña cabeza del heredero de Ítaca.

 

–¡Ahora sé por qué el aedo puso su nombre a aquel caudillo frigio aliado de los Troyanos que fue muerto con saña por el poderoso Ajax!

     –¿De qué nombre hablas?

     –¡Forcis!

      –¿Este viejo cascarrabias, el insignificante dios marino que vivía en el puertecito del norte de Ítaca? ¿El abuelo del Cíclope?

     –Ese mismo.

     –Dicen que llegó hasta Ítaca desde Córcega – la isla Kallisté – nadando, cuando Atlas le arrojó al mar…

     –Era hermano de Proteo, si sabes de oídas. Aquel otro engendro acuático visto en Egipto por Menelao, dueño de focas y leones. Uno vivía en los puertos subterráneos de Egipto y del Nilo. Este, que luego se hizo vuestro huésped, empezó siendo señor y dominante del lago Tritonis allá en tierras Libias hasta la época en que llegaron los argonautas y el adivino Eufemo. Y creo que Tritón también le habrá exiliado de sus dominios.

     –Volviendo a lo que comentabas anoche… ¿Crees que todo ha sido un sueño bordado con los cuentos de Euriclea sobre Cíclopes y Lestrigones y que nunca estuvimos allí?

     –Quien mejor lo sabe, Majestad, sois vos. ¿A mí por qué me queréis involucrar entre sus sueños y sus deseos? ¿Y si fuera verdad? ¿Y si no lo fuera? ¿Quién es capaz de documentarlo después de tanto tiempo? Remitámonos solamente a dudar y a pensar con sensatez. ¿Es posible que existan seres tan monstruosos de un ojo y otros gigantescos de nueve pies que pueden cargar con rocas inmensas en sus hombros y hundir unas naves como las vuestras?

     –¡Le vi como te veo a ti en este momento!

     –¿Usted me ve, señor?

     –¿Qué quieres decir otra vez? ¿Tú tampoco existes? ¿También eres producto de mi imaginación?

     –No, señor, no. Si usted me quiere ver, me ve. Yo estoy aquí hace tiempo. Yo navego con usted, señor. No existo en otro sitio. Existo con usted, señor. Le hago compañía, le aconsejo o recibo sus hostilidades, su mal genio y sus exabruptos, Majestad. Siempre que quiera, yo estaré aquí. Y me verá. El día que ya no me necesite, desapareceré –puff– como si nada.

     –Entonces, si yo vi al monstruo como te veo a ti, ¿qué significaría eso?

     –Es su problema, Majestad.

     –Era un monstruo inmenso.

     –Lo contrario que este su interlocutor, que es un insignificante menguado.

     –Se ha zampado de un bocado de dos en dos a mis hombres. Penosamente entre ellos a Antifo, mi compañero amado. Solo quedamos seis de los doce que me llevé.

     –Siga. Desahóguese.

     –¿Te acuerdas de los regalos del sumo sacerdote Máron, el cícon?

     –¡Cómo no!

     –Siete talentos de oro y aquella ánfora de plata, ¡qué belleza! Pero su regalo más apreciable era su vino dulce.  

     –¿Aún quedaba?

    –¿Te estás quedando conmigo?

     –No, señor.

     –Acabas de insinuar que somos unos borrachos inconscientes…

     –Yo nada insinué. Los acontecimientos que narra el bardo demostrarán las certidumbres. Cada capítulo empieza y acaba con un bacanal y una borrachera, señor. Hasta que llegaba la “aurorita”…

     –¡Ahora con sorna! ¿Y si dejo de contarle más historias?

     –Esto no es lo que desea, mi rey. Lo noto en su tono.

     –Entonces deja de incordiar. Solo contéstame a lo que te voy preguntando.

     –¿Sin rechistar? Esto se llama retórica, no dialéctica.

     –¿Y si te lo mando?

     –Dictadura, mi general.

     –Esa palabra no está en mi vocabulario

     –Ya llegará. Un poco de paciencia.

     –¿Sabes qué? ¡En este momento no te aguanto! ¡Lárgate! Me está entrando sueño y necesito recuperarme. Seguiremos más tarde.

     –¡A sus órdenes, “patrón”! Me estaba empezando a aburrir con tantos rodeos.

 

El despertar ha sido peor de lo que esperaba. Cayó una calma chicha sobre las olas, inmovilizó las velas y obligó a los remeros a multiplicarse en el empeño de alcanzar las costas más levantinas antes de lo previsto. Otra vez, sonrió para sus adentros. «Este burlón de Navegante se lo traga todo. Mientras yo le cuente aventuras de Cíclopes y Lestrigones y se lo crea, nos haremos con el oro de Egipto y veremos al rey espartano y a Helena. ¡Y vaya si nos cogeremos unas borracheras divinas! Solo tengo que inventarme las historias un poco mejor. Si no, tampoco es tan estúpido, y se dará cuenta de las mentiras y de los cuentos hechos a medida. ¿Cómo le puedo vender la historia de que Homero no nació ciego, sino que le apresaron y cegaron los bandidos y lo arrojaron a las rocas de Chíos, sin que se percate de que entonces el mito está perfectamente mezclado con la realidad para ensalzar mis hazañas y ocultar el dolor de mi amadísimo nieto?».

Posicionó la isla de Cíclopes allá por tierras de Trinacria y buscó una gruta imponente acorde al tamaño descomunal del monstruo, llena de cestos de quesos, recipientes con leche, un rebaño entero de ovejas y cabras salvajes de todas las edades y tamaños…

Estibas de leña en cada rincón resecándose al alumbre de un cándido hogar que ardía de crepúsculo a la madrugada. Y un enorme peñasco que actuaba como candela en la ovalada puerta de la caverna. La insufrible masa inhumana se percató al instante de la invasión de su morada por los intrusos. «¿Sois piratas o gente pacífica?» indagó con fingida decencia. «Guerreros Aqueos volviendo de Troya que los poderosos vientos nos trajeron aquí, a su preciosa isla», dijo Odiseo. Se arrepintió por darle explicaciones a la bestia. Podría haberle contestado simplemente: «Hemos venido a robarte las ovejas». Él era rey, el otro un aborto de la naturaleza. Ahora, empleaba una de las frases ingeniosas del Navegante. Tenía gracia… Sin embargo, para no atraer aún la ira del gigante, concluyó: «¡Suplicantes estamos delante suyo! ¡oh, divino ser de dioses!» Sabía que esto no se lo tragaría el Navegante y cambió el tono de la conversación. «Eres un estúpido ¡mortal!», se supone que le respondió Polifemo. «¿Pero tú de qué vas? Yo no temo ni a hombres ni a dioses. Nosotros estamos por encima de ellos. Ni Zeus ni nadie. Yo de Poseidón soy el primogénito, y, si quiero, os comeré para desayunar, almorzar y cenar en tres días». Dicho y hecho. A dos se los comió apestosamente ahí delante de sus ojos…

Una desagradable convulsión, seguida de náuseas y vómitos, le invadió y se despertó entre llanto y desespero. Las naves seguían balanceándose ligeramente, contrariamente a su estado lamentable. Alguien le acercó un repleto cáliz de agua fresca. Bebió incontrolablemente y se echó el resto por el cuello.

 

–Aquí le estaba aguardando, Majestad. Está temblando. Tendrá fiebre.

     –No necesito sermones sobre mi estado, ya te lo advertí.

     –Solo trato de ayudarle. Y a consolarle, mi señor, porque estaba llorando e implorando que no les haga daño, que deje de descuartizar y de engullir a sus compañeros como si fuesen ovejas. Me dio grima, señor mío. Yo solo estaba aquí, a su lado, quitándole el sudor de la frente. No pretendía hacerle daño.

     –Lo sé. ¡No me refería a ti, sino al Cíclope!

     –Ah, lo siento, señor. Estamos otra vez con las alucinaciones. Dichosos lotus…

     –¿Siempre eres tan impertinente?

     –Lo siento. Intentaré controlar mi ironía si le molesta.

     –Me molesta.

     –Parece que remite un poco la calentura de su frente. Y suda menos. Se le van las pesadillas, y con ellas el sufrimiento y la preocupación.

     –Preocupación por quién…

     –Pero, por el poeta. Me imagino que se espantaría pensando en que aquel monstruo podría haberse metido también con su protegido.

     –¡Le sacaría el único ojo que tiene!

     –¿Cómo? ¡Que mórbido deseo!

     –Antes de que le cieguen a mi nieto, le reviento el suyo.

     –¿Esto también lo ha soñado? ¿Así?

     –Tal cual.

     –¿Me lo comenta?

     –Ahora mismo.

     –¿Antes, señor le puedo hacer una pregunta directa?

     –Si no es impertinente.

     –Lo es.

     –Pues ahórratela, o suéltala antes de enojarme.

     –¿Que pasó después de volver usted a Ítaca y acabar con los pretendientes, recuperando su reino? O mejor dicho. En lo que nos concierne… Cuando Policaste trajo a su nieto a la vida, ¿qué sintió y qué le pasó después para quedarse con la visión dañada?

     –Por partes. Yo a mi nieto le adoré siempre. Sólo tuve a uno. Y me salió único, excepcional. Luego, ninguna queja. Y un buen día, piratas bandidos –quizá sidonios, quizá fenicios– me lo secuestran. Con diecisiete añitos, para vengarse –dicen– de no sé qué les hice. Yo, desventurado Navegante, habré hecho cosas malas en la vida, pero nunca llegaron a tanto. Cegar a un adolescente para vengarse de algo que habría pasado cinco lustros antes no lo encuentro humano. Nunca jamás he vuelto a ver a Homero. Le secuestraron, le maniataron y le cegaron los ojos tanto que casi no veía por un ojo. Y con el otro solo podría contemplar opacas las bellezas de la naturaleza. ¡Con una estaca de hierro ardiente a un niño que no les hizo nada! Y se lo llevaron, se lo llevaron esposado lejos. Nunca pidieron rescate porque nunca fue su cometido si solo pretendían vengarse y nada más. Podían haberlo matado. Le ahorrarían sufrimientos. Pero su venganza pretendía ser aún más cruel. Querían dejarle desgraciado para siempre para que todos sufriéramos su padecimiento, pero lo que no sabían era que, al permitirle vivir, sería permitir al mundo descubrir su inmenso talento y su ingenio. Un poco antes de morir en aquella emboscada al sur de mi Ítaca querida –donde toda mi familia ha perecido por engaño– supe de los propios enemigos que un bardo en Chíos que se prestaba ser el mismísimo nieto del rey de Ítaca había cantado por los siete mares sus hazañas y sus desdichas. Y fue un clamor. Un éxito irrepetible. Un poco antes de dejar mi último aliento, aquel muchacho medio ciego y querido que los bandidos arrojaron a las rocas de aquella isla lejana del mar Egeo me había devuelto la dignidad y el orgullo. ¿Entiendes ahora dónde encuentro la verdad entre los confines de la realidad y la ficción? Claro que soy consciente que no hay Cíclopes, Lestrigones y Gigantes. Polifemo es el más “famoso” de los bardos, la estaca ardiente es su sufrimiento y su cólera, la ira divina de los dioses.

     –Majestad, ahora puede comentarme lo que desea sobre esa historia de la caverna y el Cíclope.

     –Ya no tiene sentido.

     –¿Por qué?

     –¿A quién se lo voy a endosar ahora?

     –Necesita una historia para que él justifique sus hazañas.

     –¿Entonces, sigo contando sueños?

     –¡Y conjeturas!

 

El vomitivo monstruo se merendó en dos sentadas a cuatro más de los doce compañeros de Odiseo y se jactaba de que acabaría con todos en los siguientes convites. El narrador en lo único que pensaba era en cómo acabar con él, enviándole a los brazos de Caronte, aunque con el probable infortunio de hundir su transbordador mortuorio. «¡Decidido!», dictaminó Ulises. «Le atravieso el pecho con la espada». «Y luego ¿quién mueve este peñasco de la puerta? Nulo». Esperad a ver compañeros. Vosotros afilad este madero de leña y sacadle punta. Luego, cuando llegue el holgazán, lo metéis al fuego hasta arder y se lo clavamos directamente al único ojo que posee, ¿entendido? Pero para eso tenemos que debilitarlo. Y aquí es donde interviene Máron. Sí, el sacerdote tracio. O mejor, su delicioso vino dulce. Yo le emborracho con astucia y vosotros hacéis el resto». Así lo hicieron. Él le llenó la barriga repetidamente de aquel embriagador vino dulce y, al caer redondo, los otros le abordaron y le cegaron tal cual habían acordado. Reventado e iracundo, el Cíclope solo quería saber el nombre del desmedrado que lo había dejado hecho un asco. «¿Cómo te llamas, renacuajo?», chillaba lleno de rabia. «“Nadie”, mi amo. Me llamo “Nadie”», se burlaba el pícaro itacense. «Ahora llamo a mis colegas a socorrerme, asesino», rabiaba más el titán. «Hermanooos, me matan. Me han segado el corazón…» «¿Quién fue?». «¡”Nadie”!».

Así se describió esta hazaña que nunca existió pero que podía haber sido. Los compañeros del Polifemo nunca le hicieron caso y él se quedó vendido y muerto de miedo en el suelo. Los itacenses esperaron hasta la mañana y, cuando el espantajo se puso en la puerta para pillarles al intentar escapar, ellos salieron atados en el bajo vientre de los carneros, dejándole delirando y profiriendo las peores de las amenazas.

No solo se evadieron al barco y escaparon a mar abierto, sino que se llevaron a las mejores ovejas que repartieron con los demás compañeros.

 

–Así… ¿qué te parece, Navegante?

     –Faltan los anatemas del Polifemo y sus suplicas a su padre poderoso  sobre venganza y desquites.

     –Claro, y por eso me fue como me fue.

     –¿Por las maldiciones de ese ficticio sujeto?

     –¿Por qué si no?

     –¿No quedamos que eso es ficción?

     –Pero entra dentro de mis hazañas.

     –Sí, pero la verdad es otra.

     –¿Como cuál?

     –Que tardó casi nueve años más en volver por estar saqueando Asia y África.

     –Pues hay que rellenar el guion, porque nos faltarán muchos años, muchas fechas…

     –El aedo ya lo ha previsto. Aún faltan esos Lestrigones, los vientos de Eolo, Circe. Los bueyes del sol y Calipso.

     –¿Tú vas a estar aquí para recordármelos?

     –¡Si me lo permite…!

 

…CONTINUARÁ

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