EL NAVEGANTE: Canto VI. Curarse las heridas de la guerra o echarse una amante.


Canto VI. Curarse las heridas de la guerra o echarse una amante.

Foyer. Entrevista preliminar. (Fragmento rehabilitado)

 

               –¿Qué significó Calipso para usted?

     –¿Un matrimonio fallido?

     –Siempre incorregible…

     –Pero si me estás vacilando.

     –Siete años con una amante contemplativa como ninguna.

     –Pero una losa como esposa.

     –¿Ahora hace rimas?

     –Me sobra el tiempo…

     –Con el mal genio que tiene, ¿cómo ha aguantado siete años atado a una mujer?

     –¡Dímelo tú!

     –¿Por qué no me dice la verdad? Le iría bien confesarse a un amigo.

     –¿Tú? ¿Amigo mío?

     –Aunque no quiera, solo le quedo yo.

     –Para perseguirme hasta la muerte…

     –¡No! A su muerte no. No estaré. Yo estaré navegando, y usted, en una fosa común al sur de la isla huyendo de sus demonios. ¡Acaban de encontrar sus huesos, sus armas y su sello real! Ya no quedan misterios.

     –Eres un miserable traidor y mezquino

     –Lo ha perseguido todo este tiempo. No me dio tregua. No confió en mí ni un instante. Parece como si me odiase por ser su sombra y su conciencia… ¿Qué más puedo hacer yo?

     –¡Ocultármelo! Estas revelaciones más de treinta siglos después son aterradoras.

     –Pero si Majestad, a vos solo le importa el presente. ¿O no le conozco? 

     –¿Y dónde está ahora mi presente?

     –Usted sabrá. O en los brazos de Calipso o en el saqueo de África. Elija.

     –Te empeñaste en que aquellos siete años se gastaron luchando en Egipto, Libia y Etiopia…

     –Y los demás lugares: Sidonia, Chipre, Sicilia, Kallisté, Ogigia, Iberia…

     –Has nombrado a Ogigia.

     –¡Claro!

     –¿Entonces existió? 

     –¿Quién dijo lo contrario?

     –Es que me tienes confundido.

     –Nunca negué que existiese aquel archipiélago sufrido.

     –¡Pero ese era el reino de Calipso!

     –Pues eso es en lo que yo difiero.

     –¿Que ella no fue real? ¿Qué no fue mujer o princesa? ¿Qué fue pero no la conocí? ¿Qué nunca ha sido concebida?

     –La isla sí lo fue. De ella tengo mis dudas.

     –Te has empeñado en cambiarla con otro tipo de aventuras. Bélicas.

     –¡Lo ha bordado!

     –¿Y por qué?

     –¡Cómo se puede comparar una aventura amorosa con una conquista imperial!

     –No hay testigos. ¿Quién lo dice?

     –Inscripciones Egipcias.

     –Nunca han sido exactas. Mezclan reyes, faraones, dinastías y capitales, logros y civilización…

     –Pero usted sí lo sabe.

     –¿Saber qué?

     –La época exacta y el faraón reinante. Menciona al rey sidonio, a los fenicios…

     –Yo nunca mencioné a nadie. Ha sido nuestro retoño.

     –Bueno…alguien se lo habrá contado.

     –Telémaco. O Policáste o sus tíos de Pilos, más venerados reyes.

     –¿Y las historias ficticias para desviar las verdades sobre Idomenéo, sobre Tesprotia, el rapto de Euméo por la esclava fenicia y de Euriclea por sidonios piratas que por veinte reses se la vendieron a Laertes vuestro padre?…

     –Otro tanto. Yo solo estaba obcecado con la venganza y la muerte de los usurpadores de mi trono.

     –Volviendo a lo anterior… ¿Fue usted parte de los pueblos del mar, Majestad?

     –Este habrá sido un término posterior.

     –¿En estos cuatro lustros colonizaron –o por lo menos lo intentaron– el Mediterráneo sur?

     –Toda la vida hemos sido colonizadores.

     –Ramsés y Merenptah hablan de migraciones, mercenarios, batallas navales e incursiones de los Egeos.

     –No nos quedaríamos con las manos cruzadas, ¿no?

     –¿Entonces lo reconoce?

     –Nunca lo he negado.

     –Y entonces, ¿dónde encaja Calipso?

     –Ġgantija era un asentamiento Nurágico. Como los de Córcega, Sicilia…

     –¿Ggantija? ¿No era Ogigia?

     –Γιγαντιαία, porque sus ciudadelas eran “gigantescas”.

     –Entendido.

     –Pues sigamos con… la tortura.

     –¿Tenían divergencias con los pueblos indoeuropeos también?

     –¿Qué has dicho? ¿Cómo te atreves?

     –¿Yo que dije, mi señor?

     –Esto es una provocación de los bárbaros cruzados. Nunca fuimos indoeuropeos. ¡Qué chorrada! Somos helenos. Somos pelasgos y minoicos, micénicos, sículos y pelleset y sardos. Y si me apuras, egipcios, etíopes, libios. Sidonios. Nosotros inventamos el mundo civilizado…

     –Tanta vanidad, señor…

     –¿Vanidad? ¿Acaso tienes otra teoría? ¿O quieres poner en mi boca blasfemias y desaires sobre falsas doctrinas inventadas para disminuir el flujo de la excelencia helena al intelecto humano?

     –Lo dejo aquí, Sire, porque yo como buen heleno, dividido siempre de mente y opinión, una vez venerado y otro venenoso, a veces humilde y a veces insultante, autógeno o pluralista, cobarde y valiente como el que más…Yo, señor, solo le supliqué que me explique su relación con Calipso o la guerra, porque tengo preparado un relato para chupar los dedos, intrigante, sorprendente, transmutable. Y que es mío, absolutamente mío, Sire. Déjeme disfrutarlo, porque Mentor aceptó editarlo en su última rapsodia, la é, como ¡é de Engaño!

     –¿Pero no es de Homero la autoría de las rapsodias?

     – Si señor, ¡todas! pero hay que traducirlas, reeditarlas. Para todos los demás que han tardado siglos en tener lengua propia, escritura; civilización, Majestad.

     –Y Mentor, que pinta Mentor

     –Todo se reedita Majestad. Es cíclico. Todo esto es muy “moderno” para usted, pero puede que valga la pena.

     –Por mi encantado. Aquí, ¡tú eres el rancio!

     –Xmm… ya hemos acabado la entrevista.

     –¡El interrogatorio!

                                                                                                                                                …CONTINUARÁ

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