EL NAVEGANTE: Canto VII. Un paréntesis imaginado… έ, de engaño.


Canto VII. Un paréntesis imaginado…

           έ, de engaño.

                    

               Pasó la mano por la frente y sintió el arroyuelo templado de sangre, que fluía a borbotones entre sus cejas húmedas. Luego, daba un pequeño salto y desaparecía de nuevo bajo el poblado bigote… «¡La salumbre que vierte en mi boca es sangre!», gritó, como si le clavasen con saña la navaja. Intentó incorporase, pero sus piernas no obedecían. El dolor de cabeza enviaba reflejos y centellas a la masa encefálica, quien no era capaz de relacionar con suficiencia los hechos que, confusos y difuminados, desfilaban por el espectro del iris. En un desesperado intento, consiguió agacharse a cuatro patas, agarrando con las manos el áspero peñasco afilado por el insolente lamido de las olas y lleno de hendiduras, por donde brotaban rugosas raíces desordenadas de algún arbusto inusitado que no presentaba ni tallo, ni ramaje ni florescencia…

     Sentía a lo lejos voces de mujer y algazara y ecos del sonido que provoca la palma de la mano cuando golpea una pelota. «¡Nereidas!», pensó. «Luego, estoy muerto. Y vinieron a recogerme brincando las hijas de Satanás. ¡Porque he pecado!».

     Arrojado de esa manera sobre las rocas, y con los tamarices cubriéndole su cuerpo despojado de ropa, no sabía si ocultarse o gritar socorro.

     Pero ni siquiera sabía dónde estaba. Si fue triste náufrago o víctima de avalanchas. O beodo, como a veces acababa solo por desprenderse del hastío. Se avergonzaba por si casualmente le sucediese esto último y las jóvenes se percatasen y quedase irremediablemente en ridículo. Mas si no pidiese socorro, ¿qué podía esperar si ignoraba el lugar y no se acordaba de cómo había llegado hasta aquí ni por dónde vino?

     Aguardaba cubierto de sudor –o de la sangre salina que no paraba de brotar de sus heridas– cuando notó un ligero ruido a su vera y sintió las hojarascas y las raíces de los funchos marinos crujir en su desvanecida mente. Se arrastró sobre la roca, sintiendo sus atuendos desgarrase por los resaltes aguzados, y se giró de lado para atisbar quién se acercaba. Entre la nebulosa, una esbelta figura tomaba cuerpo, envoltura y semblante. Su corazón titubeó airadamente y entreabrió los labios para proferir dos palabras:

     –¡Aiuto¡  ¡Aiuto!

     La lozana joven “rubiroja” le sonrió y le respondió susurrándole al oído con cautela, como si no se atreviese a infligirle mayor sufrimiento en la situación que se hallaba.

    –No hables ni temas, padre. Volaré como el viento para pedir ayuda. Todo irá bien, ya verás.

     –Vale, te lo agradezco… Pero, ¿quién eres? ¿Cómo te llamas?

     –¡Nausícaa! Soy tu hija Nausícaa –gritó la muchacha, alejándose con paso ligero–.

     «¡Mi tiró el jamelgo “montabajo” desde lu altu de la vereda! ¡Ay, “l `alimaña”! Mi despachó con albardas, aparejos y alforjas contra lus peñascos. Ahora “m´ acuerdo».

     Fue lo último que pasó por su mollera mientras se desmayaba con la mitad de su cuerpo atrapado en las rocas y la otra flotando sobre los espumosos rizos de las olas.

     Igual que en el cinema, por su extenuado subconsciente comenzó a desplegarse la historia de su vida, su último viaje –hace ya treinta años– desde su amada “Ogigía” hasta esta noble isla de los feacios…

          Fuera el frío arreciaba colérico. Y le estaba agradecido al comandante británico, quien le había obsequiado con aquel tabardo de lana y las babuchas acolchadas antes de despedirse en el pórtico del limitado pero acogedor sanatorio situado sobre el monte Carmel de la menuda y aovada isla del Gozo, en el archipiélago de Malta. Era noche vieja. Y mañana amanecía el primer día del año mil novecientos cuarenta y uno. Como en todos los demás conflictos –ahí donde los “lictores” de Mussolini habían naufragado–, llegaban los intemperantes germanos y asolaban el paisaje. ¡Suerte que había acudido presto a su ayuda aquel dragaminas británico y les recogió de la zozobrada balsa de salvamento! Había transcurrido más de un año desde que las fuerzas del Eje habían cercado el diminuto archipiélago y lo amartillaban intentando impedir el abastecimiento de víveres a las fuerzas aliadas de África y los Balcanes, quienes utilizaban Malta –y también Chipre– como escala para sus operaciones. Pretendían impedir a las dos pequeñas islas sublevadas jugar el rol de la enfermera de los ingleses y de sus aliados. Más de veinte mil camas aguardaban en esas islas homéricas a los heridos, víctimas de las sucesivas contiendas fluviales en los mares de alrededor.

     Él tenía apenas unas contusiones en el pecho y las piernas y una fisura insignificante en el omoplato, la responsable por la que le enviaron los garantes a ese singular hospital para recuperarse. El legendario edificio –que albergaba antes el psiquiátrico de Monte Carmel, hoy transformado en albergue de heridos de guerra– oteaba osadamente por encima de la tersa colina al mar altivo buscando, allá a lo lejos y en medio del océano, adivinar obsesivamente la alejada sombra de la bella isla de legendarios olivares. Corfú, su isla.

     Mientras, fuera arrastraba el viento estruendos remotos y detonaciones de los proyectiles y los morteros. Los amasaba con la ventisca y la tenaz escarcha de enero. En la monumental sala del psiquiátrico, engalanada para recibir el incierto año nuevo, imperaban el sosiego y el calor humano.

     «¿Acaso se habrán enterado del naufragio?», se preguntaba, mientras revivía los últimos instantes de la embestida al convoy aliado donde participaba por enésima vez la nave de apoyo logístico en la que estaba enrolado desde el principio del conflicto. «Tengo que encontrar la manera de avisar a Arete. Aunque espero que me repatrien lo más pronto que se pueda…».

     Nada sabía del cerco que empezaban a estrechar intensamente alrededor de las islas los feroces teutones. Desordenó sus erizados cabellos grises –que se habían plateado prematuramente– y bajó de dos en dos los escalones de mármol para recibir la llegada del nuevo año antes de que se oscureciese su mente de añoranzas y pesadumbre. Había transcurrido ya casi un año desde que se había alistado para defender a su país…

          El dolor en el hombro había cedido y se manejaba sin dificultad. Tres días antes, le habían retirado la prótesis. Le esperaban los monótonos ejercicios que le mandó cumplir el cirujano militar que dirigía la sección de traumatología y cirugía ortopédica. Aunque en realidad, la que se ocupaba de su rehabilitación y del cumplimiento del procedimiento era una de las tres enfermeras voluntarias que integraban el departamento. En sus horas libres, estudiaba frenopatología. Porque su sueño era quedarse en el Monte Carmel después del final de la guerra ayudando a todas aquellas tiernas criaturas  singulares que cohabitaban el ala más alejada a la diestra del sanatorio.

     La joven enfermera era espigada, alegre y virtuosa. Enormes ojos pardos enmarcaban un rostro claro opalino y sus cabellos ensortijados de cobrizo rubio se precipitaban impunemente por la mejillas y finalizaban dibujando zarcillos bajo el relieve de su mentón. Toda su presencia insinuaba sinceridad, voluntad y confianza. –y a la vez decisión y compromiso– con todos los que en realidad le importaban en la vida. Y aquel maduro y valiente “cruzado” era evidente que definitivamente se había hecho con un lugar distinguido en su corazón.

     Pronto, los caritativos cuidados profesionales han cedido su sitio a una esmerada ternura. Y de la ternura a la atracción carnal y el deseo amoroso. La recuperación progresaba con lentitud y todos eran conscientes de que sería descabellado pensar en cualquier posibilidad de repatriación, porque los alemanes, después de finalizar febrero, habían sellado herméticamente todos los caminos de escapada por mar y por aire. Por ello, aunque sentimentalmente sufrían en silencio víctimas de su propia impotencia, los heridos sabían por lo menos que aquí disponían de un plato de comida caliente y de una cama para dormir hasta que se rehabilitasen. Así pasaban las horas, los días y los meses…

     Cinco meses después de su ingreso en el “sanatorio”, y totalmente restablecido de sus heridas, le dieron  el alta, dos mudas completas, una boina, una trenca caqui, una chaqueta de cuadros, un par de sandalias para el verano que se avecinaba y dos botas siete y medio inglés. Doce libras de estipendio y siete en bonos de alimentos y tabaco. Le exigieron una dirección de residencia y un teléfono para avisos urgentes. Declaró la dirección que le había apuntado ella en la libreta y prometió facilitarles un número de teléfono en la primera ocasión. Sea como fuere, se trasladaría apenas a cien pasos. Y todos intuían que a partir de ahora podrían encontrarle siempre cerca de Inó.

          El bloqueo por la poderosa armada del Eje al pequeño archipiélago de los caballeros duró hasta mil novecientos cuarenta y tres. En la menuda isla de “Ogigía” la salvación se había adelantado de la mano de la operación pedestal, escoltando el convoy de Santa Marija en “Ferragosto” del cuarenta y dos. El extraordinario, pero aciago éxito de los aliados a reabastecer las islas y repeler los ataques de Mussolini doblegó poco a poco la opresión que ejercían los “escuadristas” sobre el micropiélago. Las islas respiraron por primera vez después de tres años enteros. Mientras, lo cotidiano empezaba a ocupar el lugar de la angustia y el miedo. Barcos pesqueros y mercantes, aunque con gran cautela, empezaron a entrar y a salir de los puertos transportando suministros, víveres y algunos pasajeros. Un buque mercante heleno fondeó en la recalada de la bahía por primavera y aguardó ahí dos o tres semanas antes de tomar ruta hacia el sur de Creta. Una corbeta británica zarpó con la llegada del solsticio, obedeciendo órdenes secretas y con misión de reconocimiento en algún lugar de Peloponeso. Como nadie se dignó a avisarle, tampoco él hizo absolutamente nada para alterar su recién establecida situación familiar. Había construido una adorada nueva familia en esta acogedora isla que le recordaba en todo a la añorada naturaleza de su tierra.

     Inó, aparte de su reconocida belleza, era tenaz y saludable. Nada más cumplirse el año, trajo al mundo un rollizo y lindo angelito que pesó tres kilos y ochenta gramos. Lo encomendaron a Santa Marija y prometieron bautizarlo nada más acabase la guerra y respiraran todos libres después de tantas desdichas. Él se guardó una entrañable sorpresa para el ese mismo día… ¡Le pediría, implorando humildemente, compartir el resto de su vida para siempre!

     Inó seguía trabajando en la misma división de traumatología. Ahora solo por las mañanas, porque después de mediodía y hasta las cinco hacía la especialidad en la sección de psiquiatría, donde además se necesitaba más ayuda de la que percibían. Contaba con una invitación formal de la clínica universitaria de la capital para un puesto fijo cuando se reparase en su totalidad el edificio, después de su destrucción por los proyectiles y las bombardas. Él encontró un trabajo. No gran cosa, porque el salario no daba para lujos en el varadero que ocupaba la pequeña bahía al lado de la bocana, donde reparaban con escaseces chapa y laminados en pequeños barcos auxiliares y prestaban calafateo y carpintería en veleros y balandros de madera. Con el tiempo, se abandonó al disfrute, al placer y al olvido. ¡Se dejó llevar! Una sensación desconocida le inundaba… «¿Qué fue de mi vida anterior? Todos me han dado por muerto», sentenció insolentemente. «¡Ha pasado tanto tiempo! Nadie me ha echado de menos. ¡Todos me tienen por muerto! Mi vida ahora está aquí». Apuraba siempre así sus pensamientos Hasta que un día cualquiera –un día intranscendente– el “Cronotopo”, dueño del espacio y del tiempo, le despojó totalmente de la añoranza y de los recuerdos…

     El día doce de septiembre del cuarenta y cinco, a bordo del acorazado Missouri que capitaneaba el almirante Nimits, se firmó el final de la guerra más descerebrada y totalitaria. Siete meses después, el mismo acorazado recaló en la bahía de Fáliro para rendir honores al martirizado pueblo heleno. Los acontecimientos nacían, brotaban, se desarrollaban, maduraban, se marchitaban y desaparecían sin apenas rozarles. Él había ascendido a calafate mayor –al lado del patrono– e Inó se había aplicado decididamente a la frenopatología. Habían transcurrido ya siete años de aquel día fatídico del naufragio. El pequeño pero populoso archipiélago había retomado su vivacidad y sus esperanzas, que le habían arrebatado los odiosos invasores del tercer Reich.

          La lista de desaparecidos en el naufragio de veintinueve de diciembre del mil novecientos cuarenta al sur del Mediterráneo llegó a la isla en pleno día de “Primero de Mayo”. Un duplicado del acta se colgó en el tablón de anuncios, al soportal de la entrada del hospital. La cuarta página, último párrafo, rezaba nítidamente: «Polifémo K. /Cabo primero/Fecha Nac. 16.06.1906/Lug. Nac. Corfú. Desaparecido desde el 29 de diciembre de 1940. Le buscan sus padres, su esposa y descendientes…» ¡No podía creerlo! Retrocedió la mirada y repasó las palabras una por una. No cabía duda… Esposa… descendientes. «¿Por qué? ¿En qué le había fallado? ¿Quién manejaba los hilos de la providencia? ¿Qué sería de ella? Sola». No pudo casi  leer la última frase… «Si usted sabe del paradero de alguno de ellos, rogamos…» porque sintió el universo desaparecer bajo sus temblorosos pies. Con el alma rasgada, y vigilando que nadie la viera, arrancó la página, la plegó en octavilla y se apresuró para llegar sin retraso al turno de la mañana.

     Inó lloró durante días su suerte y descargó rayos y truenos en su soledad, sin atreverse a compartir su preocupación con nadie. Hasta que un día tomó la mayor decisión de su vida. ¡Este hombre no le pertenecía! Correspondía a otro mundo, a otra mujer, a otra familia y otra patria. No tenía derecho a retenerle a su lado ni un instante más. La noche del sábado, mientras cenaban envueltos en aquel silencio que les asediaba los últimos días, apenada ella sacó de entre los senos la arrugada hoja de papel, la desplegó con cuidado, la alisó y la dejó sobre la mesa delante de sus ojos asombrados.

     –¿Cómo has podido? ¡Tantos años…!

     –Quería decírtelo, Cada mañana, cada noche, en cada instante… ¡Pero no encontré valor!

     –¿Y ahora? –Se entregó al llanto la joven mujer.

     –Si pudieses perdonarme… –Reclinó él la cabeza apoyándose en la traviesa de madera, intentando aportar sosiego a su dramática velada.

     Cinco días y cinco noches duró el lamento de Inó y la pasión del “bígamo” penitente. Nadie cerró ojo durante ese tiempo. Él descendía con el ocaso hasta la playa, al costado del astillero. Y no la abandonaba hasta amanecer, cuando la agrípnia y el humo de los cigarros le quebrantaban los párpados. No sabía cómo podía llegar hasta el final… ¿Encontrar el camino de retorno al deber y al compromiso conyugal o la absoluta complacencia que le había guardado el Todopoderoso de vivir al lado de esa hermosa sirena del mar, de quien con desesperación se había enamorado? Ella no podía asimilar aún el inesperado suceso y se preguntaba si debía maldecir el día en que el naufragio le entregó el gran amor de su vida o el día en que se enteró del miserable engaño del cual ha sido sorprendente víctima. Empero, la bondadosa hija de “Ogigía” no alimentaba falsas esperanzas y tomó una triste decisión: Perdonar. Luego, asistir y despedir –hasta el umbral del regreso como se merecía– al único hombre que había hecho estallar su corazón. Desearle un retorno feliz a su desconocida, pero real antigua vida.

     Muy temprano, el sexto día antes de que amaneciera cogió a su retoño de la mano y se precipitó confiada y decidida hasta la angosta dársena del astillero. Le encontró ahí, con la cara desaparecida entre las manos, con el cigarro carbonizado entre las asperezas de los dedos. Se acercó y le habló con tristeza:

     –Ven. No sufras más. Guarda tus lágrimas. No más angustia. Dame la mano. ¡Es hora de regresar a tu vida verdadera!

     Y apoyándose en su hombro y estrechando en sus brazos su candorosa criatura, empezaron a subir la ladera hasta el cercano cobertizo de la alquería que les había albergado desde hacía más de cinco años.

     –He pensado que podíamos utilizar aquellos ahorros que guardamos para el bautizo y la boda, para que puedas volver a tu tierra.

     –¡Eso nunca! –Rompió llorando a lágrima viva– ¡No es justo!

     –Ya es tarde para lamentos y remordimientos. Veneramos distintos dioses, y los tuyos han errado…

     –¿Qué puedo decir? ¿Qué quieres que haga? Haré lo que tú me digas.

     –Coge este dinero. Es suficiente. He hablado con el patrón del astillero. Sale a subasta un viejo batel en buen estado. El casco es viejo y necesita algunas reparaciones en la roda de popa y el codaste. Yo no entiendo nada de eso, pero, según me explicó, supera los siete metros. Y él cree que, despacio y con buen gobierno, te llevará directo a Corfú, siempre que acompañe el tiempo y sople el ostro prima. Dice que es un motovelero, pero su motor es débil y no es de confianza, excepto para pujar en tiempo de larga quietud.

    –¿Un balandro motovelero? –dijo sorprendido. ¿Y de dos palos? Tendrá más de cuarenta años. No sé si conseguiré gobernarlo solo. ¿Aguantará casi cuatrocientas millas hasta los Érmones?

     –No tienes otra salida. Nadie –nunca– puede enterarse de que tuviste otra familia. Que has vivido una segunda vida. Piensa una mentira, construye un mito, una historia, y cuéntala. Di que fuiste engañado, con la mente brumosa, la memoria perdida… Que no supiste quién eres y de dónde procedes. ¡Qué más da una mentira más!

     En cinco días, el primoroso batel se lanzó al agua. Reparada la roda, cosidas las relingas y remendadas las costuras de las velas. Los escasos amigos, los compañeros y los futuros “pretendientes” de la bella Inó surtieron la gambuza de suministros hasta arriba. Hogazas recién amasadas, toneles con agua, vino tinto y dos cofres tallados llenos de ahumados, salazones y panceta. Apilaron y amarraron dos o tres bidones de gasóleo y aseguraron en los estantes: un formón, un cepillo, serruchos, una escuadra, un par de mantas y sábanas limpias. Inó le guardaba el ajuar repleto de ropa aseada –ordinaria o solemne–, además de un par de relucientes polainas de cuero…

     La nave parecía confortable. Era primorosa y exhibía un recio carácter propio. Bajo el mascarón de proa, allá donde se pierde la amura diestra, el canijo aprendiz de calafate, colgado de la guindola, rotuló con grandes letras azules sobre fondo blanco el nombre de “¡Calipso!”, mítica princesa de la isla. Luego, desparramó de su botijo vino blanco sobre la cubierta. Y exclamó con toda su fuerza: «¡Dichosa sea, Calipso!». Y, girando a Inó, le envió un beso con la palma de la mano. «Serena y alabada como tú, señora íntegra y compasiva sin semejanza en el Mediterráneo entero…». Estaba como una cuba, pero los presentes se echaron a reír y asintieron con la cabeza, porque todos sin excepción estaban abducidos por la rubicunda “diosa” terrenal.

     «¡Nunca me la he merecido!, balbuceó avergonzado el Navegante. «Ojalá la vida tuviese distintos periplos y cada uno su propio destino. Adiós, amigos míos. Nunca os olvidaré». Y soltando la boza, subió abordo después de besar en las dos mejillas –incontables veces a su bisoño vástago– y estrechar con desesperación a Inó entre su anchuroso regazo. Las lágrimas, como llovizna de cristales finos, efusivos y brillantes brotaban de sus ojos y levitaban como una nube hasta las cumbres de las dríadas. Sería imposible volver a revivir un momento como este –estremecedor y apocalíptico– en su tempestuosa vida.

          El batel era bienaventurado y su armazón sólido y perfectamente elaborado. Lo sentía doblegar las olas con atrevimiento y convicción. Solo algunas dudas le mantenían en vigilia al caer la tarde. Decidió mantener la ruta firme y descansar de vez en cuando. Porque si no, el sueño le vencía, y no quería quedarse a la deriva en mitad del océano. De día, intentaba gobernar con las velas. Y cuando el boyero rebasaba a estribor persiguiendo a las Osas y estas vehemente asediaban a Orión, mudaba, dejaba el motor al ralentí y aseguraba el gobierno hasta orzar, manteniendo la derrota en calma. Sabía que esto le retrasaría algo, pero disponía de todo el tiempo del mundo. ¿Qué significaba esto frente a la vida que acababa de perder? Aún tenía suerte, porque el ostro se había hermanado con el garbino y soplaba de popa con suavidad. Pocas horas después, imperó la calma. Por unos instantes, la desafiante “Calipso” empezó a estridular bajo el perezoso vaivén de las olas. Intentó darse la vuelta sobre el costado cuando, escudriñando acullá entre dos burbujeantes crestas de una ola, descubrió –o así le pareció– un pedazo de tierra firme. Cerró los ojos placenteramente y el melifluo Hipnos que acechaba le hizo prisionero sin oponer resistencia, mientras sonreía sosegado… «¡Por fin estoy llegando, se acabó!».

     Se dejó llevar y, por un momento, perdió el sentido del tiempo, aletargado como una fiera domesticada, cuando de repente una sombra alargada y sombría empañó la cubierta, los aparejos y el castillo de proa. «¡Se hizo de nuevo de noche!», pensó mientras bajaba por la escotilla para preparar algo de cena y asearse, ya que, al otro día, con la aurora, arribaba a puerto. Recordó que tenía que largar a la maestra ahora que llegaba la noche. Agarró el fanal y retrocedió aturdido, subiendo la angosta escalera que llevaba al pequeño alcázar. Dos o tres gotas abultadas le estallaron en estampida directas a su cara y la cellisca le encrespó el cabello alborotado. Asomó al rellano de la escalera en el momento en que al fondo del horizonte un rayo argentado fragmentaba en partículas el bullido mar. «¡Condenada tormenta! Pronto caerá sobre mí…». Soltó el cabo y se puso a lascar la gavia como podía. Luego, bajó a la sala de máquinas y redujo revoluciones hasta sentir la embarcación aliviarse como mocosuelo en su mecedora. «¡Tengo que orzar!», dictaminó, asegurando el timón con el estrobo para quitarle las holguras. Después, subió para echar un vistazo donde se encontraba él y donde sus demonios. Pero no llegó ni al peldaño ancho de la escala, porque una poderosa ola descomunal asaltó la cubierta y le golpeó en toda la cara con espeluznante ira. Le abrazó, le envolvió en su hídrica materia y le arrojó de vuelta al fondo del cobertizo como un despojo. Antes de desmayarse y resignarse a morir en el trance, descubrió con gran sorpresa que ya nada le daba miedo…

     Fuera, la tormenta arreciaba mortalmente. El viento viraba con virulencia como caballo que herradores torpes flagelaban, castigando al desafiante navío que plantaba cara a la cólera del ciclón. Los imparables y violentos ataques de las endemoniadas olas arrasaban la borda arrastrando lo que encontraban a su paso. Rechinaba la quilla del martirizado balandro y temblaban sus cuadernas y sus mamparos. “Hasta aquí he llegado…». Tomó conciencia en el momento en que recuperaba el sentido, intentando agarrarse en la balaustrada. Remontando como pudo hasta la cubierta, se abrazó con desesperación al resquebrajado mástil. La visibilidad era inexistente, el viento enrabietaba y la tormenta había asediado el pequeño casco. Las tinieblas habían engullido al mismísimo océano. La tierra y la salvación le parecieron utopía inalcanzable…

     En aquel preciso momento en que el último rayo se precipitaba sobre el armazón de madera –el mismo momento en que este rompía en dos como un sarmiento agostado, el mismo momento en que recibió los brazos del mar en sus brazos, aquel momento en que empezaba a descender hacia las mazmorras de Poseidón, el mismo momento en que se agarraba desesperadamente al seccionado mascarón de “Calipso” antes de perder los sentidos– sintió la mano de Inó, firme, poderosa, entrañable y divina, elevarle hasta la redentora superficie del mar Jónico…

     Extendió las manos para tocarla, estrecharla en sus brazos. Sintió en el abrazo ausencia y vacío. En el mismo instante, una ola furiosa, inhumana y despiadada le arrojaba sin piedad a los escabrosos arrecifes de la isla deseada…

          –¡Aiuto, Aiuto!

     La lozana joven pelirroja le sonrió y le respondió susurrándole al oído con cautela, como si no se atreviese a infligirle mayor sufrimiento en la situación en que se hallaba.

     –No hables ni temas, forastero. Volaré como el viento para pedir ayuda. Todo irá bien, ya verás.

     –Vale, te lo agradezco… ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

     –¡Nausícaa! ¡Nausícaa! La hija del Alcínoo, rey de Esqueria –gritó la muchacha, alejándose con paso ligero.

                                                                                                                                                               …CONTINUARÁ

Este relato que se “incrusta” en las aventuras del ancestro Navegante pero a la vez es parte de su propia odisea, se ha publicado primero en el libro de Nikos F Kampanis (Mentor), su rapsodia é en griego para los Feacios e ingles para la gente de Ogigia! Solo es un paréntesis imaginario, luego el astuto Itacense seguirá con su pasado…

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