La exhibición


     La exhibición

                 Estaba expuesto en medio del bosquejo, un proyecto inconcreto. Las gentes, aquellas amables criaturas hechas por pulpa, miel y magma, formaban hileras serpenteadas alrededor, y al bascular se transformaban en lazos huidizos de esencia y repiques de materia inconclusa.

-Yo quiero uno, dijo sin que nadie le hiciese caso, Dante.

Exigidos a valorar la forma y la proyección, se quedaron con su inconsistente celaje y su pronunciado mestizaje hídrico. Su universalidad fuera de toda duda, respetable y contributiva llena de gravámenes, complacencias y gratitudes, se absorbía entre humos, sublimación  y partículas terráqueas o de esquirlas microscópicas invisibles por el azogue espectral.

-Yo quiero uno, repitió Dante, arrugando el mentón y restregando los labios.

Se le entendía, prolongado, esbelto, poco coniforme, rectangular o cuadrado. Uniforme o multiforme se podría consentir, si las formas tuviesen siempre disciplina, factor e ingredientes. Pero no tenían. Eran dúctiles, adheridas, sugestivas, trasmutables, emotivas, transferibles, permutables, inconsistentes, frágiles…

-Pues yo otro, se sumó Cuartárius.

-¡No puedes tocarlo! Estalló como látigo la voz que lo escoltaba.

Pero él había llegado a tiempo para apreciar su tacto indulgente.

-¡No pude palparlo! No sé cómo es. No pude… Renegó alguien por tres veces.

Y sin embargo era tangente. Tierno con acritudes eriales, quebradizo por cristalino y sensitivo. Abstruso al roce, exánime. Pero a la vez sólido, solido deslizable, desafilado, algodonado e imperfecto. Se transformaba con el contacto, se allanaba, a veces se tornaba vigoroso, abrasivo y sinuoso…

-Sólo he sentido un flujo cálido en mi piel al tocarlo. Le dijo Cuartárius al oído a Iban.

El calor se sufre en la hipodermis. El dolor impacta en ella. Aunque el dolor no es objetivo del tacto, es conductor de su reflejo. Como el sentimiento y el riesgo se transfieren a través de ella. La invisible materia subcutánea absorbe sensibilidad, conciencia y temores. Su percepción sensorial atrae la correlación de lo tibio, lo álgido y lo efusivo. La severidad de o ambiguo o el equitativo. Sentir todo y a la vez, y que esto vaya en aumento como una hoguera que se consume velozmente, se considera hiperafia… La más absoluta percepción del dolor y por eso del sentimiento a través de la piel, se dice, analgesia.

-Formad un círculo y cogeos de la mano, les invitó apresuradamente Astrea.

-¿Y ahora qué? Protestaron todos al unísono.

-Tomad aire. Respirad. Dejaos llevar por un instante… y oled. Percibid cada uno lo que el aura os lleve a los sentidos. Oler a que sabe, a que induce, a qué invita, a que enamora…

El olfato se sincroniza. Viaja entre grietas, páramos y ondulaciones. Valles, planicies y altiplanos. Aire licuoso o gélida, agua caliza y carbonatada. Partículas suspendidas entre nubes o raíces subterráneas. Tierra fértil y bosques umbríos e impenetrables. Aquello olía a pan recién horneado. Aceña y cebada molturada, caudaloso arroyo y harina de trigo desparramada entre fragancias de heliotropos.

Respiraron…

-¡He sentido algo sensual! suspiró delirante y sudorosa Pandora.

-Sí, yo también lo sentí, confirmó Lilú, enrojeciéndosele los rollizos mofletes.

Indetectable, volátil, único e intransferible. Cautivador y cauteloso, naturalizado y acido. Emotivo, emocional o erógeno. Pacificador e irascible. Indicador de estados de ánimo, sensibilidades y de afluencias. El aroma de las tormentas, el perfume de la nieve, el icor que recorre las venas de los dioses y se mezcla con tierra mojada. Todo es esencia y efluvio. Todo lo envuelve y lo transforma en formato con apariencia y cuerpo. Cuerpo imponderable e impreciso donde la fragancia emana de sus  inapreciables intersticios.

-Yo quiero uno, insistió Dante golpeando el suelo con el talón.

-¡Nadie le puso precio! le quitó importancia un japonés con una Nikon 5D, escondido tras la multitud y disparando el dispositivo de destellos como a una metralleta.

De repente la misma sombra que le escoltaba, se acercó y le dio la vuelta. ¡Cielos! ¡Era volátil!… ¡y giratorio!

Las alas irradiaron fulguraciones, y relámpagos. Líneas zigzagueantes de luminiscencias e ionización fluorescente. Se liberaron derramamientos de pigmentos alcalinos, lucidos, auríferos, algunos en azul profundo y blanco. El hielo de agua de su anillo envolvedor, cargado de helio o de hidrogeno o de simple viento de poniente, cálido y rociero, estalló en millones de inapreciables cometas y asteroides. El norte prominente y gélido acudió asediando el ámbito, transfigurado en coloraciones de cobalto, azufre y violeta. El sur sólo soplaba ondulado y meciéndose, encargándose del equilibrio y la estabilidad de la naturaleza exhibida…

-¡Es giratorio! Aclamaron  Vésta y Oberón “a la limón”.

-Sólo es cíclico…Tartamudeó la joven Mar.

-E incorpóreo… dijo la voz tenue desde la distancia.

-¡No! Repitieron Oberón y Vésta. Es materia. Todo es materia. Inorgánica, pero materia. Es filosofía metafísica…

Ha sido en aquel momento preciso cuando experimentaron su sabor. Gracias a las porciones invisibles de molécula y electrones liberados, sintieron, primero depositado sobre el volumen de los labios, y de ahí dispersándose al velo del más exigente paladar, el picor del deseo más abusivo, fiero y substancioso. El gusto a especias enriquecidas de laderas y valles, bermejos y jacintos, aquilegias, espengulárias y euphorbias en su divino declive, a punto de su desaparición material. Anhelo de nutrirse de néctares y deleites, confites y almibares, regusto cítrico y agridulce…

-Le he hincado el diente, a ver a que sabe. Afrontó con valentía la más que probable reprobación de su tutor, un canijo mestizo que merodeaba perdido entre los disciplinados colegiales del VI Sur.

-¿Y a que sabe? Respingaron al compás la mayoría de los presentes.

-¡Sabe húmedo! A ventrisca, a estío y escarcha, y todo a la vez.

El coro multiétnico jovial y ruidoso, inquieto, curioso y sediento de instrucción a lo inexplorable, se hizo un circulo, y uno a uno se sentó de cuclillas, incrustando los ojos a la gran pantalla de cristal líquido, suspendida sobre el círculo central de una sala sumida en densa nebulosa. De repente, se dibujó entre ilustraciones centellantes, un desfile de imágenes en relieve, transformaciones materiales o inconsistentes, agitación, ligeras convulsiones sísmicas, coloración y telones purpúreos que entreabrían y entrecerraban independientes y libertinas. Un fascinante desfile de rostros perecidos, condensados en disciplina y ánima, en causa y aparición, en visión y arena blanca y áurea… Un desfile, perpetuando las almas tendidas, desvencijadas, malogradas e incomprensiblemente marginadas de sus héroes…

Homero desvaneció entre desfiladeros lamentando su criminal ablepsia y Lord Byron la intolerancia de los justos y las fiebres asesinas de Mesolonggi. Doménico, apellidado Theotocopoulos, intercambió los paneles del escenario elástico y maleable, y apareció por los cuatro puntos cardinales dibujando un larguísimo mentón avellanado del don Alonso Quijada, señor de Villagarcia de Campos. Christopher Marlowe, “el dramaturgo”, capitulaba en un tabernáculo por gracia y obra de los dramaturgistas… El desfile de las diapositivas sobre la pantalla inmaculada que colgaba en los propileos de la exposición concluía ofreciendo el principio vital de la identidad establecida no explicable de Aristóteles de Estagira. ¡Arquebiosis!…

-¡Qué bonito! Lamentaron a la vez su final, y demostraron su asombro, Iban, Lilú y la imperturbable Hada. Y que pena que haya acabado…

La bella maestra treintañera, de filosofía antigua, con el lazo aciano y cárdeno anudando su imponente melena, extendió las manos en crucifijo y recibió la mano de sus alumnos por cada extremo. Luego, uno uno enlazaron en aquel interminable circulo. Así abrazados por la línea gráfica y su rodeo, salieron del patíbulo, donde permanecía expuesto aquel extraño experimento…

El letrero que anunciaba la exposición rezaba irradiando alrededor de las inclinadas letras…

     ¡E l     S u b s t r a c t o     d e l     a l m a! 

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