Odiseo y el Navegante 3. El Clan,


Odiseo y el Navegante

  1. El Clan,

     –¿Hoy hace frio verdad amigo?

     -Ni que lo digas

-Porque no te retiras a mis aposentos y te duermes un poco. Seguiremos mañana.

-Prefiero quedarme. Nunca sé que puedo encontrarme al despertar. ¿Y si se va todo a mi alrededor? ¿Y si el sueño se apodera de mi memoria? ¿Si la claridad desvanece y pierdo de mis ojos la realidad que me guía? ¿Y si los actores se vuelven invisibles, sombras sin alma y sin razón y me despierto en un despreciable diván sin relato y sin gloria? Prefiero quedarme, callado y discreto. No pienso molestarte más con mis indolentes preguntas…se lo ruego.

-No me molestas, quédate si es lo que deseas. Solo abrígate, no sea que por enfermedad te lleve el sueño para siempre. Y que es eso de que se volverán los actores invisibles, como si de un escenario se tratase. Sabes Viajero que estás hablando todas las noches conmigo y que no soy ilusión ni producto de tu imaginación sino un hombre vivo y real. Cansado pero vivo aun y no me pienso dejar vencer por los duendes de la oscuridad y la perdición.

– Si majestad, doy fe que es difícil de acabar contigo, pero no entiendo porque el autor, que además siendo familiar tuyo, se empeña tanto en meterle en aventuras y en desdichas y las que le esperan, sin padecerte para nada, y como permite tanto sufrimiento a tu alrededor, pudiendo arreglar a tu favor este confuso guion, y otorgarte la libertad de una vez, a ti y a tus sufridos camaradas.

-No entiendo que quieres decir, giró el rostro extrañado Ulises hacia el Navegante y caminó agarrado por una de las maromas que colgaban en la cubierta. Como te atreves a insinuar que todos estos versos solo son obra poética e irreal, y además manipulada hábilmente por su autor de aquella manera, que solo yo acabe vivo, y vuelva triunfador a mí amada Ítaca? Callaos si no queréis que alguno de mi hombres te escuche en el silencio de la noche y te hace perder esa lengua atrevida. ¿Cree que está de espectador frente al escenario de un teatro?

– Yo solo digo caballero, y perdonadme el atrevimiento que a menudo le trate de tú porque siento su cercanía, que a mi alrededor caminan siempre los mismos actores. Yo solo persigo casualidades y coincidencias entre sus versos. No dudo de la verdad de las alabanzas y los hechos, si de la amplitud de los escenarios y la distancia de los lugares. Dudo de las apariencias y me confunden las repeticiones. Este hombre con el manto verde que se llama Euríalo y a la vez es guerrero Aqueo y Troyano compañero de Enéas y argonauta valeroso y según Sófocles hijo tuyo fuera del matrimonio…me intriga.

-¡Nunca tuve otro hijo que no fuese Telémaco!

-Y está ell joven Agelao, que fue troyano por tres veces, pretendiente, dicen, de su esposa Penélope y guerrero heleno que el noble Héctor asesinó con ferocidad, y antes había sido uno de los hijos de Eneo y padre de Anteo, y hasta descediente ó como otros sostienen hijo de gran Hércules…

-¡Cuanto sabes!

-Υ Ántifo, que es un héroe heleno que peleó a tu lado en Troya, pero también al lado de troyanos entremuros, y hubo otro que también, y conozco un héroe tebano del mismo parecer y nombre y otros tantos clones merodeando por la propia historia…¡Y el joven príncipe de los Feacios Thoon que se multiplicó en hasta cuatro combatientes Troades!, Y otros que han sido pretendientes de Penélope y a veces de Helena, y uno de sus antepasados tomó parte en el viaje de los argonautas y volvió ileso y vencedor. ¡Y luego observo a otro joven del que hay otro con su mismo nombre, que pretendió a una de nuestras heroínas y vuelve de la misma guerra que vos, donde vio pelear en frente suyo a otro tocayo! Así, con muchos, se repiten las mismas características, los mismos nombres, en distintos frentes y lugares como si fuesen el mismo autor transformado en otros personajes, para multiplicar los actores en el escenario, como, si bien lo dijiste, en un teatro donde solo disponemos de unos pocos intérpretes y hemos de reproducirles! Y luego están los clanes, que cambian el significado de los hechos.

-¡Estoy perplejo! Que me parta un rayo si entiendo una palabra de lo que quieres decir. ¿A qué clanes te refieres?

-Eso de la guerra y la venganza por Helena, ha sido dirigido por el mismo clan de siempre. Como lo ha sido la leyenda de los argonautas, los trabajos de Hércules, las incursiones africanas de los pueblos del mar…

-¿Y?

-Tienen el mismo guion original, majestad. Uno o unos que están obligados a luchar por sus derechos, y al encontrarse con dificultades, otros del clan les ayudan y les socorren. ¡Y siempre es el mismo clan!

-Si me pudieses detallar las referencias, las que tienen que ver conmigo y con la guerra que libramos, no te dejaré como demagogo y blasfemo.

-Donde se dice clan se entiende alianza y a veces lazos de familia o de amistad, incluso de interés común. Si miento o no estoy en lo cierto, por omisión, me corriges.

-Adelante.

– La manzana era Helena, ¿verdad?

-Sigue.

-Helena era hija de Leda y Tindareo, hermano de Icario, padre de su esposa Penélope. Por tanto Helena era prima de Penélope. Luego se casó con Menelao rey argivo y hermano de poderoso Agamenón, esposo de Clitemnestra la hermana de Helena! Por otro lado Leda madre de ambas es madre y tía de Penelope era hija de Testeo rey de Etolia, nieto de Pleurón.

-Deje que asimile tantos nombres y pueda sacar algo en claro, navegante

– Si señor, así lo haré, tome su tiempo. Y le subrayaré lo más importante. Empezando por sus pretendientes. Porque esos, aquí, en este escenario, tienen mucha importancia. Son parte del Clan.

-Deje ya de utilizar palabra tan ruin y vulgar.

-Lo haré, a partir de ahora diré “familia” o “los nuestros”, ¿le parece?

-Me agrada más, familia.

-Lo respeto. Pues señor, Toante príncipe de Etolia era uno de los pretendientes de Helena. Eso para que no me diga que tiene que ver los Etolos con el clan… Perdóneme con la familia. Ese Toante es sobrino del héroe Meleagro, hijo de Althea, la hermana de la hermosa reina Leda, aparte de amigo íntimo amigo tuyo. Y un apunte para el futuro majestad. Jasón tenía un hijo del mismo nombre.

-¿Y eso a que viene?

-Liga con lo anterior señor. Todo está ligado, eso le quiero demostrar. Muchos de los bisabuelos, abuelos y padres de los guerreros de Troya, dos o tres generaciones antes, habían participado en el viaje de los argonautas. Hercules, Ifito, Meleagro, Augias, Telamón, Polifemo, Minos, Laertes su padre, hasta su abuelo Autólico. Muchos de los nombres que se dan en la guerra de Troya están a la vez como nombres de los pretendientes de Penelope y como héroes en Troya. Homero que solo le interesa vanagloriar a su abuelo además de contar sus hazañas hazañas de Grecia también pone los mismos nombres  ¿Y que me dice de Polifemo?

-Porque no lo ves más sencillo suspicaz navegante. Siempre en la vida y en la historia se repiten nombres, situaciones y muertes. Eso no convierte la historia en dolosa, ni que el gran bardo haya mentido o transformado la realidad. No sé qué es lo que buscáis. ¿Ver si mis hazañas fueron reales? Ya os contesté. Aún están por ver, aún es pronto de opinar. Aún estamos al principio del mito y la historia. ¡Aún apenas hemos llegado a Citera!.

-Yo solo quería relacionar situaciones noble soberano, por si tienen un significado…

-Siga.

-Icario y Tindareo llegaron a Etolia por su expulsión de Esparta por ‘Ébalo o su hermanastro Hipocoonte. Las malas lenguas dicen que Toante era hermano de Penelope e hijo de Icario. También dicen que con su hermana tuvo usted a un hijo ilegitimo que se llamó Leontofono. Tendrían que ser muy amigos porque juntos entrasteis al dichoso caballo, ¿no señor? Y hemos dicho que su tío carnal Meleagro, el argonauta, rey de Calydon era hijo de Althea hermana de Leda e hija de Testeo. Ya hemos reunido gran parte de la familia.

-No me repitas las mismas historias. Eso sucede en todas partes, ¿qué de especial tiene?

-Cuídate mi rey, estamos aún en el principio. Agamenón y Menelao los principales actores pasaron su juventud con Eneo, rey de Etolia y padre de Meleagro, con quien compartieron su adolescencia. Eneo estaba casado felizmente con Altea, hija de Testeo y aparte de Meleagro madre también de Deyanira esposa de Hércules. Como vos sabéis, Hércules participó en la campaña de los argonautas. Es para ir relacionando a la vez las dos historias señor.

-Eso ya me lo dejaste bien claro.

-Acabo con el primer ovillo. Eneo se casó en segundas nupcias con Peribea y tubo a Tideo padre de Diomides, el rey de Argos, otro íntimo amigo suyo majestad! Yo no sé cómo enlazar todo eso en el tiempo, solamente relato los acontecimientos.

-¿Hay más?

-¡Dicen que la madre de Jasón era Polímede tu querida tía!.

-¿Y qué demuestras con ello?

-Absolutamente nada. Yo no intento demostrar nada, ya se lo dije. Estoy aquí para observar. Nada más. Y la relación de la expedición de los argonautas con la vuestra me intriga. Mismas razones-siempre algo valioso que les sustrajeron vilmente- mismas excusas, mismas naves, mismo destino, héroes relacionados…mejor dicho el mismo clan. Tengo entendido que su señor Laertes estuvo con los argonautas, ¿verdad?

-Era su deber.

-Como el suyo supongo…

-Y todos los demás.

-Aérope, la madre de Agamenón, Menelao y Anaxibia, nieta del glorioso Minos, era hermana de Climene la madre de Palamedes.

-¡Ignoro quien era Palamedes! No hay ninguna referencia en los cantos.

-Grande entre grandes era Palamedes, dicen, y el inventor más celebre. También dicen que tuvieron un conflicto cuando se negó a participar en la expedición a Troya, y por eso luego le acusó hasta la muerte.

-A los hechos me remito. He dicho, para nada existe este personaje si el bardo lo ignora.

-El bardo es de su familia, ¿lo olvidó? Pero seguimos si quiere…Le presento algunos de los pretendientes que como era costumbre todos pertenecían al clan. Todo quedaba en familia. Ajax hijo de Telamón y Peribea, hermano de Teucro y primo de Aquiles. Agastenes rey de Élide, padre de Polixeno. Epeo quien ideó y construyó el célebre caballo, hermano de Aegle, esposa de Teseo. Teseo y telamón también estuvieron con los argonautas. De hecho algunos, como el magnánimo Néstor, tomaron parte en ambas expediciones. Y otros en la de los argonautas y la caza del jabalí de Calidón! ¿Quién organizó esta cacería?… Eneo, el rey de etolia.

-La idea del caballo fue mía.

-Si ud lo dice… ¿Me permite seguir con los pretendientes que estuvieron en Troya? Protoo, Gineo, Polipetes, Euripilo de Tesalia. Protoo, príncipe de Magnites el que naufragó en compañía de su querido sobrino Meges en el cabo cafareo, era nieto de Eurito y sobrino de Ifito quien te regaló aquel divino arco que ostenta señor.

-¡Que lastima me da la perdida de estos dos  valientes!

-Todo está bien enlazado, no ve. También estuvieron, y acabo para no marearle más de lo que las olas nos balancean. Epístrofo hijo del argonauta Ífito, sustituyó en la expedición a su hermano el rey de Fócide Estrófio padre de Pilades y esposo de la hermana de Agamenón y Menelao Anaxibia, junto a su hijo Esquedio quien lideraba por separado una segunda flotilla de naves. El glorioso nieto del rey Minos otro celebre argonauta, Idomeneo, también pretendió a Helena y la fue a rescatar a Ilion. Si bien tengo entendido el rey Idomeneo fue de sus mejores amigos majestad.

-Hora de acabar navegante que estamos arrimando a cabo Maleas.

-Una última curiosidad mi señor. También cuentan las malas lenguas que mientras aquel noble Itacense y amigo suyo Meláneo, el padre de Eurito pretendió a Helena su otro hijo Amfimedón está cortejando a su esposa Penélope allá en Ítaca.

-Basto ya, deslenguado ignorante. Y llama a todos a cubierta que esta mar espantosa viene a nuestro encuentro en unos instantes. ¡Ya te habrás enterado como acabó la historia y quien ha caído primero bajo el arco que me regaló Ifito!

-No señor, aún no he llegado a indagar en los cantos tan adelante.

 

El Egeo desde hace miles de años tiene perfectamente orientados sus vientos. El único viento sudeste que sopla en este mar se llama Siroco y es un viento cálido del sur que arranca desde las costas de Libia y casi siempre muere a mitad del Egeo. También sube por el canal adriático hasta las costas Dálmatas. Para los barcos que pasan el estrecho de cabo Maleas y lo encuentran, aunque sea fuerte, y especialmente para los que luego quieren hacerle compañero de viaje y subir por la senda del jónico este incalificable viento es una bendición. Pero ahí justamente, en la confluencia de los dos mares, algunas veces Eólo se vuelve loco, se casa con los violentos vientos de norte y empieza a rizarse, a enrollarse y a transformarse en serpiente venenosa. Una serpiente que no perdona cansancios, ni agotamiento, ni fatiga, ni nada. Si su voluntad es desviarte, hacerte perder, naufragar o simplemente torturarte durante días alrededor de este rocoso cabo, lo hará sin clemencia. Y si algo le enfurece sobremanera, ni rezos y plegarias te librarán navegante de su cólera.

“Eso es una injusticia”. Pensó el adalid de Ítaca. “Lo teníamos al alcance de la mano”.

Ha meditado los pros y los contras. Si se defendiese contra la adversidad podría lamentar innumerables bajas de naves y de hombres. Y si se dejase llevar podría salvar a sus hombres pero era consiente que la bondadosa Amfítrite no conseguiría convencer a su

Iracundo cónyuge de dejarles en paz y no alejarles de su cometido.

-¡Euribates! Gritó en medio de la descomunal tormenta de viento y agua, y en un instante el maduro consejero y amigo estaba a su lado. Euribates, haz que las naves bajen las velas y que los hombres dejen de remar y que solo se cuiden a seguir la corriente con diligencia. Que nadie se atreva a remar contra el viento para alcanzar el cabo ténaro, que es un suicidio. Si nosotros lo hacemos nos seguirán los demás, así que empieza a organizar las naves.

El fiel instructor que había visto platearse su cabeza día día y torcerse su espalda de los esfuerzos, desapareció como una nueva sombra en el ocaso, ayudado por su rostro atezado y por su escuálida figura.

Las naves, una a una, se pusieron a jadear en concordia y a dejarse abrazar por las dilatadas holas que las llevaban en volantas. El viento se había vuelto norte absoluto y afeitaba las cubiertas de los cascos, a su cruel revuelta por la superficie del océano. Era inevitable y el magnánimo rey se percató en seguida. “Viento de norte proa al sur… Lo acepto pero que pronto amaine, amables dioses de Olimpo”. Rezó, mientras recogía una mazorca del entrepaño y un odre de vino tinto de aquel que el sacrificado santurrón de Ísmaro le había brindado. No quería que le viesen sus compañeros con aquella ira en el rostro contra los dioses oceánicos, y se arrimó a una esquina con la capa tapándole la cabeza, y agarrado con una mano a la gruesa cuerda de amarre se dejó deslizar contra la mojada superficie de la cubierta de la nave real.

“Como tengamos este tiempo por días, nos vamos a quedar sin víveres y sin agua, ya que las próximas tierras hacia el sur distan a más de nueve amaneceres”. No pudo ocultar una sonrisa, cuando se acordó del sermón del navegante que insistía de que el destino oculto de las naves era ir en busca de Menelao para saquear las costas de África en vez de a Ítaca añorada. “Los dioses se equivocan queriendo a veces”, avivó en su mente la controversia entre la verdad, el azar o la fatalidad. Lo podía jurar por los dioses, por la querida Palada Atenea que nunca le abandonó. Él pensaba  ir primero a Ítaca después de tantos años. Abrazar a su esposa, su hijo adolescente, arreglar cuentas con Amfimedón y los demás pretendientes y príncipes Itacenses, consolar a su madre y pedir a padre su bendición para poder de nuevo zarpar y acabar lo que había empezado con Menelao. Volver a Egipto y a Libia donde había dejado riquezas, oro, extrañas medicinas y perfumes, secretos poderosos que podían cambiar toda la realidad de su reino. Volvería a convertirlo en lo más poderoso de Grecia, volvería a incorporar de nuevo Dulichion, ahora que el malogrado Meges ya no existe. Echaría a los ingratos de palacio y colocaría a otros de confianza en su lugar y todos juntos ampliarían sus fronteras hasta Ecalia y Parnaso y por el otro lado del océano hasta las tierras de poniente que él ya había descubierto con sus ojos y había fundado ciudades en Iberia y Etruria y había nombrado virreyes y gobernadores. Pues sí. Eso era lo que pensaba hacer. Prepararse para el futuro y con prudencia conquistar lo que había dejado a medias. Él y sus amigos de andanzas y ventura, con Menelao, con Teucro, con Amfíloco, con Diomedes y Menestéo…

Pues ahora se lo había puesto en bandeja su propio enemigo. Poseidón se había equivocado de día y de año y le empujaba con premura hacia el destino. África esperaba. Etiopia y Egipto y la Libia soñada. Ya no se podía hacer nada para invertir le tiempo, así que volvió a taparse con su capa hasta arriba se arrastró para colocarse bajo la lona que hacía de cobertizo y apoyó la cabeza en la base de la toldilla intentando dormir un rato. El cansancio no ha tardado en hacerle preso y se dejó llevar por el trineo de Morfeo pensando que había hecho todo lo que pudo y que la voluntad de los dioses es insuperable por los mortales.

Aquella tormenta no era producto de la naturaleza. Se vio en seguida. No es que fuera tan fiera como para temer por sus vidas, ni siquiera tan feroz como para agotarles peleando en su contra. Era sutil y furtiva. Maliciosa y ladina. Les daba tregua a menudo, pero no les permitía remontar. Les otorgaba largos tiempos de descanso y bonanza, pero su hueco oleaje, largo largo y ondulante, no les dejaba meter el remo y por ello estaban en disposición ciega de la inclemente corriente de las olas, que irremediablemente conducían el patético convoy de las naves negras camino al sur, día sí y otro también. El hijo de Laértes lo había calculado bien, a esa velocidad sin remos y sin vela, en nueve días y nueve noches tocarían tierras de Egipto. Hizo este viaje desde las costas de Asia unas cuantas veces mientras duraba el asedio a Ilion, y a toda vela y los remos a pulmón sin corrientes tardaban casi lo mismo. “En este caso dictará la dirección de las corrientes bajo las olas, que en esta época en mediterráneo son tan cambiantes como los vientos. Si giran hacia levante nos llevarán a Egipto, si se tuercen hacia poniente nos llevaran a Libia”, sentenció divagando mentalmente sobre su destino final. Por su experiencia sabía que las probabilidades conducían mas bien hacia las costas más occidentales de la hechicera Libia. No importaba porque luego era bastante asequible llegar costeando hasta el gran rio y de ahí a los opulentos palacios de Egipto, donde aguardaría Menelao, ahora dichoso por haber recuperado a su joya más preciosa, la divina Helena.

El décimo día de la deriva, de madrugada, surgidos entre una sedosa neblina que se arrastraba por la arena y los arrecifes, sintieron en el raso bajo vientre de las naves el empuje de la ansiada tierra. Hambrientos, sedientos, empapados hasta los huesos, enderezaron las ligeras embarcaciones con premura, y las amararon en la misma playa, calzándolas con cuñas y zoquetes que llevaban en la bodega, guardados y ceñidos para situaciones similares. La mayoría de los remeros, se derrumbaba sobre la arena fina al saltar de la borda, y ahí se quedaban inmóviles tiempo y tiempo hasta recuperar el aliento. Otros con más acopio de fuerzas, de paciencia y de voluntad, haciéndose firmes ante la adversidad, se repartieron por los alrededores para buscar víveres, agua dulce y leña para asar lo encontrado y lo poco que les quedaba en la alacena de pan y salazones, descompuestos y herrumbrosos. Algunos se perdieron en su búsqueda tras los presuntuosos olores y las imaginativas tentaciones que presumiblemente ocultaba aquel paraíso terrenal. La mayoría volvió de su misión cargados de leña fina y gruesa, frutas grandes y sustanciosas, algunas pequeñas  fieras desconocidas en los ojos de la camarilla, y unos canastos llenos de unas flores exóticas, singulares y zumosas que amparaban unos minúsculos frutos redondos, arrugados, de color ocre y rojizo, tornadizo según era el tamaño y la densidad de su imperceptible vello. A Euriíbates que se suponía el más culto y a Polites, les parecieron simples leguminosas de aspecto inofensivo y muy nutritivas. ¡Para la sobremesa serian estupendas!

El general heleno, astuto, experimentado y hábil estratega, les dejó celebrar por todo lo alto su llegada a tierra y les concedió una hemina de vino a cada uno para que brindasen, aunque él sabía que cada uno se ocultaba unos cuantos modius en su rincón, porque si no como conseguían emborracharse a la primera sin probar una gota. “A ver, si hemos dado con gente pacífica y hospitalaria”, receló explorando los alrededores de la larga bahía. “Parece una isla plana, pero por allá se junta con otra tierra más profunda y osca…”, “Me temo que las corrientes nos desplazaron bastante más allá, hacia poniente y la deseada Egipto quedará algo mas lejos”, para al final concluir. “Si aquí, no están las riquezas del tebano Pólibo, descubriremos otras…” Se jactó dirigiéndose a su elevado ego y pensó en volver con los demás, cuando atisbó a la distancia una figura masculina condoneante por el efecto de la bruma que insuflaba el océano al desierto, hacerle señas con las manos levantadas. Aguantó el paso, y se sentó en postura de meditación con los pies cruzados y ubicados cada uno sobre el muslo opuesto. Respiró profundamente deseando algo provechoso después de tantos días y noches de desdicha.

El inquieto guerrero era el joven Alkmaón, inconformista y tenaz que seguro ni siquiera habría almorzado y bebido, deseoso de explorar el nebuloso sitio del desembarco. Se acercó veloz, resoplando, con los contornos de los ojos arácnidos por la polvareda de la sedienta tierra. En aquel momento se percató que mucho más atrás se acercaba una segunda sombra, arrastrando las piernas y sorbiendo en cada paso un buen trago del inmenso odre que le impedía avanzar más raudo.

-¿Quién va detrás, Alcmaón?

-Quien va a ser, Patrón. ¡Elpénor! Ya le advertí que comiese y bebiese algo, antes de partir tras mis pasos. Pero ya sabe el talento que tiene. Y además es un granuja flojo y esmirriado. Menos mal que aquella buena gente nos dio de comer soberanamente. Con las prisas me agarré un sorbo de agua fresca y dejé el odre para no demorarme. ¡Pero ya ve como lo arrastra el albardán!

-Tiempo tendremos para darle a ése, sonrió Odiseo. Pero que dijiste de hombres que viste, que trataste, aún que os convidaron y agasajaron, como si fueseis de su linaje…

-Son gente de la tierra señor. Sencilla y campesina. Y viven en aldeas tribales escasas y cercanas una con la otra. Llegamos a ver tres seguidas a poca distancia. La primera está a orillas de un interminable lago que se adentra hacia el sur y las otras la siguen.

-¿Has visto palacios, y fortalezas y muros tan amplios y elevados como de Ítaca?

-¡Nooo Señor! Ya le dije. Ni una piedra, ni arcos ni columnas. Cañamo y ramas de arbustos bajos, que dan madera fina, dócil y maleable. Sus moradas y sus cobertizos están hechas sin entradas y escalones. Se parecen a las majadas donde retiramos por las noches nuestras bestias, Señor. Viven con sencillez y austeridad. No he visto nobles ni reyes, viven en comunidad y en paz…

-¡Basta! Le cortó maldiciendo el ilustre Aqueo. Ya veo, otra vez hemos caído al vacío. Vámonos a las naves soldado que nos esperan días de camino y pesquisas. Aaa, ya está llegando el perezoso de Elpénor, esperémosle.

Dijo y obró lo opuesto ya que empezó a andar ataviado hacia el embarcadero arrastrando con rabia los pies y utilizando las puntas de la sandalias de afiladas palas, para levantar otra polvareda y dejar al recatado joven aturdido, aunque ya sabía con creces del malhumor de su caudillo.

A su flanco derecho sintió caer una sombra alargada rozándole la abarca de cuero curtido y levantando una nube de plomizas partículas. ¡Elpénpor!

Con una mano sujetó el pellejo y tragó dos largos sorbetones y con el otro arrastró al aturdido joven hasta el espolón de la primera nave. “Menos mal que no era vino” celebró sonriente. Este presuntuoso sería capaz de no dejar gota. Se acercó a la congregación de guerreros que se había formado alrededor de la nodriza, y elevaba el alboroto en cada palabra de su jerarca, quien estaba apoyado en la borda de la cubierta dirigiéndose entre desaprobaciones a la muchedumbre.

-Aquí perdemos el tiempo, gritaba Odiseo. No hay nada que ver y nada que pillar. Solo hay humildes rediles, humildes sombrajos y humildes gentes. No tienen nada que ofrecernos y allá donde el albo rey nos aguarda hay palacios llenos de oro, y bóvedas llenas de sedas y perfumes. Y armas de cobre y bustos de mármol. Y viandas de todos los sabores y procedencias. Y unos salarios esplendorosos para los guerreros, que nos guardan los ricos faraones en sus arcones. Unos cuantos años y volveremos con más riquezas a la amada Ítaca y nadie podrá echarnos en cara tanta perdida, diez años polvorientos y míseros para traer cuatro “palastes” de metal precioso…

-¡No aguantamos otra travesía tan pronto Patrón! Salió decidida una voz desde el gentío.

-¿Tú también, querido hijo de Dolío? Ejemplo tendrías que tomar de tu padre y tus cinco hermanos que defienden, tengo fidedignas nuevas, el reino, con suma dignidad.

-Pero es la verdad, señor. No podemos con el alma. Nos duelen, los pies y el cuerpo estamos hambrientos y agotados. ¿Podríamos quedar unos días aquí antes de zarpar hacia lo desconocido? Y nosotros nos comprometemos mi señor seguirle hasta el fin del mundo…

-Podría considerar que descansásemos una noche. Solo una noche, aquí, en la playa, y con la aurora, salir con el viento favorable.

Se hizo un prorrogado silencio donde la ansiedad reinaba mezclada a la nube de la erosionaste polvareda, se oyeron decenas de suspiros y padecimientos, se percibió angustia, fatiga, apetencias y desilusiones, pero el poderío y la potestad del paladín Itacense superaba a sus desencantos. La moraleja estaba descrita de antemano. Al unísono combatientes, agregados, mozos y sirvientes detonaron su aceptación a lo irrebatible quedándose con la consolación de que zarparían por lo menos un día más tarde,

Perezosamente y guiñando el ojo a su fiel escudero Euribates que acechaba por ahí cerca, bajó Odiseo de la nodriza, prendió una de las opulentas colchas que le guardaba Pilia su fiel esclava en la recamara, y se fue a descansar y a cerrar unas horas los ojos, una centena de metros alejado de la nave más esquinera sobre el ondulado cuerpo de la arena complacida y tórrida. Los guerreros aqueos parecían plagiar su juicio y se les veía a cada uno tomarse sus indumentarias y buscarse su comodidad y su acomodo. El crepúsculo se derrumbaba sobre las combadas siluetas y se deleitaba con su decisión de buscar el gozo perecedero, en vez de pleitearse por un ejercicio más arduo aunque quizás más ventajoso.

Pero de lo que contaba para nada el experimentado comandante, o simplemente lo dejaba a la providencia, era la fuerza de la curiosidad, el ímpetu de la conquista, la curiosidad de la exploración, la atracción de lo desconocido, el placer furtivo, el gozo imprevisto y el  libertinaje instantáneo, que conduce en un momento de debilidad a la aventura más contraproducente y el espontaneo incidente más incorregible.

E irremediablemente, es lo que sucedió. Los iletrados guerreros fingieron el sueño, aguardaron unas horas de tedio e ingrato fingimiento y al sentir a su Rey vencido por el implacable dios de sueño, se incorporaron uno a uno como de un sobrecogedor ejercito de autómatas se tratase, y formando en filas disciplinadas de avanzadillas avanzaron hacia las vecinas aldeas de los hombres que se alimentaban de la flor del cautivador ¡Lotus!

Verdaderamente, esos hombres que habitaban el norte de Libia, eran gente noble, sencilla y bondadosa. Pero parte de su bondad y de su encanto, curiosamente, se cimentaba en su propia alimentación. Esas leguminosas, que utilizaban para su subsistencia, no eran como las conocidas en tierras aqueas y micénicas. Sus efectos apaciguadores, hipnóticos, eufóricos, embriagadores, y exultantes, transformaban aquel pueblo desconocido de lotófagos, en un oasis de pacífica convivencia y una eternidad de vida apacible y onírica. Y eso es lo que percibió Odiseo, cuando la madrugada siguiente, se percató de la gran bacanal y la desenfrenada fiesta de sus súbditos, en compañía de aquellos ingenuos alucinados. Lleno de ira y enojo reunió los pocos sensatos escoltas que le quedaban, y recorrió durante largo tiempo las innumerables  aldeas que llegaban hasta el confín del extenso lago, hacinando cuerpos yacentes, yertos, desastrados y beodos, y adosándolos a lomos de los esquivos caballos que habían podido embarcar a su salida de Ilion les transportaba hasta las quietas naves embarrancadas en la ardorosa playa.

Tardó días y horas, para poder reunir de nuevo a sus compañeros abandonados a los encantos del vino, de la juerga, del sueño, de las hermosas jóvenes Libias, y de la adición a los efectos de los alucinógenos frutos de la rara legumbre africana, con la que los lugareños elaboraban todo, desde el pan diario, sus almuerzos, los ricos licores de sus juergas nocturnas, o los medicamentos para la cura de todos absolutamente sus males. Cumpliendo con el horario más estricto, el obstinado aqueo, el séptimo día ya había congregado y amontonado a casi todos sus compañeros, en el fondo de las cubiertas de las reposadas penticonteras. Nadie de los damnificados se percató que de madrugada el convoy de las doce negras naves repletas de víveres, agua y vino se alejaba costeando en perpendicular la áfrica de norte hacia tierras egipcias, al encuentro de Menelao y de Helena.

La tierra de lotófagos tenía poca importancia, no por su peculiaridad, si no por su pobreza y su sencillez. Aquella gente primitiva, que solo tenían que ofrecer holgazanería, ocio, y una pobreza encubierta bajo una cooperativa de gente menesterosa y parsimoniosa, no encajaba a la idea de plutocracia del adalid Itacense.

De esta guisa cerraba capítulo de una aventura que no era deseada, si no apremiada, y otra vez se obligaba a otear hacia delante donde el albo argivo y su linda esposa le esperaban… Sabiendo la predilección de la vigorosa y joven reina de Esparta, pensó en llevarle de regalo unas cuantas flores y frutos de aquella planta hechicera, pero luego pensó que podría existir un peligro real, a que de esta forma extendería la gozosa pero equivoca adicción al mundo civilizado.

Levantó la mirada al cielo, intentando suponer entre las escasas nubes, al rey de los océanos, para suplicarle, “que pare por favor ya de perseguirle con tanta inquina”, pero solo vio una fina lluvia de estrellas que se precipitaban hacia la delicada línea del horizonte, allá a lo lejos donde se presumía el humo de las chimeneas de su amada isla…

 

…….. C  O N T I N U A R Á

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