Odiseo y el Navegante Canto 1. Ténedos


Odiseo y el Navegante

Canto 1. Ténedos

 

                     Año 1184, mediados de Marzo. El polvo de la ceniza se mezcla con las partículas humanas que se desintegran sobre las hogueras. Los muros derivados, los patios lagunas de sangre rancia, turbia y fermentada. Silencio y horror. Hedor y angustia en los ojos de los pocos que sobrevivieron a la catástrofe. Mujeres, ancianos y niños. Unas centenas, ni eso…

     Extramuros; los últimos carruajes transportan el botín a las naves que esperan vagamente, mitad en el mar mitad en la arena, la hora de zarpar rumbo a sus moradas, diez años enteros después de que las dejaron atrás. Algunas naves ya se habían adelantado y ahora estarían navegando cansinamente en medio del Egeo. Quedaban alrededor del patriarca Agamenón, Diomedes y Menelao, el sabio rey de Pilos Néstor y Él. El temible y astuto Odiseo. Estos últimos días no solo permanecía inquieto y malhumorado si bien enojado y molesto con varios de sus compañeros de batalla, por razones que ni el más adivino acertaría. Más bien, no había razones reales, estaba enfadado y basta. Después de diez años de miseria, guerras y tormentos, alguien tenía que pagar por ello, y claro no podrían ser sus compañeros de aventuras, sino otro donde descargaría su ira y su cólera. En aquel momento, alejándose de los muros humeantes de Troya empezó a urdir en su mente privilegiada, un plan de venganza contra todos, hombres y Dioses, mortales o divinos, representados en los rostros de unos inventados enemigos que lucharon hombro con hombro con los Troyanos cuando les atacaron por primera vez hace ahora un ramillete de años. Luego se habían retirado a sus tierras de Tracia y seguramente habrían olvidado este suceso marchito en sus memorias. Pero Él no olvidaba, no tenía por qué olvidar, para Él esos barbaros eran una diana perfecta. Estaban cerca, tenían víveres y vino y puede que oro y no se esperaban tamaña venganza, solo porque un visceral reyezuelo se había comprometido consigo mismo de que alguien tenía que pagar sus desgracias, una vez más, antes de partir rumbo a su amada Ítaca, la isla más bella del mundo, la joya de su Reino, amesetáda y extendida mirando el jónico hacia el crepúsculo, árida y orgullosa de sus valientes. Orgullosa de su rey, Odiseo, el hijo del gran conquistador táfio, Laértes.

     En la nave real de los Lacedemonios, el albuginoso Menelao, intentaba hacer las paces con Helena. Aun la quería. Menuda belleza para renunciarla. Además arrepentida ella, había ayudado a Odiseo, cuando aquel se coló vestido de indigente por los empedrados de Troya, a pasar desapercibido entre los transeúntes y los soldados y le enseñó todos los secretos de la ciudad, gracias a lo que el héroe planeó y ejecutó con total éxito, la invasión y ataque contra los leales de Priamo. Decidió perdonarla, sin percatarse que tendría delante todo el tiempo del mundo, ya que como el propio Odiseo se perdería por los mares del mediterráneo durante ocho años enteros, consiguiendo incluso navegar hasta la deseada Egipto de los Faraones. Pero nuestro duende de los océanos seguirá desde ahora a nuestro héroe Itacense y no a Menelao por lo que sería de deber nombrar las naves y hombres que lo acompañarían en su periplo.

     Con doce naves había participado en la conquista de Troya, con doce emprendía el camino de vuelta. Dos o tres de las naves se habían perdido durante estos años pero los reemplazó con autoridad por otras apresadas a los enemigos. Y los guerreros que perdió, los remeros y los pajes supo sustituirlos por esclavos, desplazados, y arrepentidos nativos. En la primera parada técnica que hicieron en la isla de Ténedos, todos juntos, contaba Ulises con tres pentecónteros y nueve triacónteros. Las tres primeras representaban a las tres grandes ciudades Ítaca, Zánte y Sáme. Cada una portaba cincuenta remeros en una única hilera de remos, un timonel y un sustituto, tres o cuatro criados y los dueños que eran los propios capitanes, reyes, señores o infantes. De las otras nueve triacónteros, tres, pertenecían a las otras ciudades menos gloriosas del reino Nírito, Egílipa, y Croquílea y el resto a la flota personal del rey Ulises. Las más grandes con treinta remeros y las otras seis con veinte llevaban además su timonel y su segundo, dos sirvientes y un mozo y estaban capitaneadas por distinguidos héroes. Un total de casi cuatrocientos cincuenta valientes con las miradas puestas en Ítaca.

     Bastantes años después incluso de la propia obra épica de su nieto Homero, narrada y cantada como ningún aedo se atrevería jamás, las pentecónteros y triacónteros darían paso a las primeras trirremes helenas allá por el ocaso del siglo sexto. Naves que superaban de largo los cuarenta metros, cargadas con 180 hombres, además de una mayor vela central y a veces otra menor en el trinquete de proa. Las naves primitivas que utilizaron los helenos en esta batalla de Troya y que median apenas treinta metros de eslora y cinco de manga, equipadas con una única vela elemental en el palo mayor se retiraron nada más aparecer estas monstruosas estructuras modernas que llevaban el nombre de Trirreme por su particularidad de contar con tres bancos de remeros superpuestos a distinto nivel en cada flanco. La velocidad máxima con remo y vela pasó de los escasos tres nudos de las triacónteros y los casi cuatro de las pentecónteros a más de cinco millas por hora, utilizando todos los medios y por un periodo determinado. Aunque los promedios de velocidad en una travesía mayor de los dos días al añadirse todas las circunstancias e influencias externas bajarían drásticamente habiendo días que no se alcanzaba por ninguna de ellas, recorrer, más de treinta y seis millas en veinticuatro horas.. Era y es en la actualidad una dificultad añadida para calcular exactamente las travesías y destinos del rey Jónico y su periplo oceánico mezclado entre el mito y la realidad subido a una de esas naos prehistóricas.

     Pero hoy y aquí, en este su siglo, varados en las playas amigas de Ténedos, a Ulises le parecía que capitaneaba los mejores navíos del Universo. De repente pensó que si le dijese algo sobre sus planes de venganza y pillaje, a Agamenón, aquel  le regañaría o le intentaría persuadir y cambió de parecer. Se presentó, fingiendo inquietud, en la carpa del rey Argivo.

     -Me gustaría retroceder y echar un vistazo por si mi sobrino Mégis, sigue tras nuestro No lo vi desde que dejamos Troya, dijo con seguridad.

     Agamenón, le miró con desconfianza pero no era de su incumbencia tratar de discutir con el testarudo héroe por algo que para él no tenía la mayor transcendencia. Levantó con indiferencia los hombros y algo musitó entre dientes. Luego le invitó con un gesto brusco con la mano “…que le dejase seguir con su partida de péttia, ¡diantres!”.

     Él sonrió tímidamente y se retiró como el cangrejo caminando al revés. Pasó prestando mil ojos por la parte trasera de la carpa Lacedemonia, y susurró al guardián, de la retaguardia del rey, algo al oído. Éste desapareció sin rechistar bajo la lona. Unos minutos más tarde salió siguiendo de cerca a su caudillo y se postuló con la misma firmeza sobre las mismas huellas que había dejado al abandonar su sitio.

     – ¡Es viejo mas no sordo! Le regaño Menelao mirando hacia el campamento del vetusto adalid de Micenas.

     -No nos oirá. Está del todo absorto con sus trebejos, y luego que más te da. Ya está decidido. ¿No vas a echarte ahorra atrás? Nos espera el oro del Faraón. Y toneladas de trigo entre Egipto y Libia.

     -Lo sé. Es para quitarte el hipo los de esos amantes de baldaquinos. Pero ya lo repetimos mil veces, y siempre acabamos presos de los hechizos del oro y del opio. Hay que tener serenidad y firmeza para que no nos pase lo de las otras veces. Y sujetar a los hombres para no emborracharse de grandezas y posesiones y se olviden el camino de retorno. Bastante tiempo hemos abandonado el hogar. Y ahorra que ya ha acabado la guerra es hora de volver sin escuchar más cantos de sirenas.

     -De acuerdo. Estoy contigo. Llegamos, recogemos lo que ahí guardamos y desaparecemos con premura. Te alcanzaré si tomas el rumbo relajado. Si no, te veré a la llegada. Antes tengo como sabes un asunto pendiente en Tracia. Dos días de ida y otras dos de vuelta, solo son setenta y cinco millas, no me entretengo más. Si ves que a los cinco días no esté a tu lado, iza la vela y cada uno por su camino. Allá nos encontraremos de todos modos si los comedores de pan y de flores no se han vuelto hostiles y perdemos la vida.

     -¿Porque tanto rencor con los Cícones, esos ganaderos rudos que de nada te estorban en este momento?

     -No son los Cícones, amigo respetable. Podrían ser cualquiera, al norte, al sur o hacia la aurora. No son “Nadie”, soy Yo. ¡Es mi alma atormentada y la nefasta insatisfacción de tanta guerra, tanto sufrimiento y tanta nostalgia de mi tierra que me la quieren arrebatar! Tengo que saciar mi sed de venganza antes de volver a Ítaca para buscar la paz. Si no, caerá sobre ellos mi cólera y aunque crueles y viles usurpadores son mi pueblo y mis vecinos. Entiendes porque he de partir solo y he de vaciar la sangre de mis ojos antes de llegar a Ítaca? Nos vemos en los esteros de aquel río exuberante, antes que acabe la primavera.

     Así se separaron los dos valientes con un fuerte abrazo sugerente y conspirador.

Luego Él se acercó con premura a la nodriza y apresuró a los hombres a tomar los remos y alejarse sigilosamente mientras la tarde moría entre las rocas de la isla que habían santificado con sus sacrificios y las loas a los dioses. A las pocas horas se habían alejado lo suficiente perdiendo el horizonte de los Argivos por lo que mandó a los remeros parar, girar el timón, izar la vela mayor y poner rumbo noroeste hacia la isla de Samotracia y de ahí a las costas de Tracia donde habitaban los Cícones. Más tarde él mismo mentiría en su narración al propio rey de los Feácios Alcinoo, sobre la naturaleza de la empresa y le engañaría sosteniendo que fuertes vientos de sur y grandes olas le llevaron sin remisión a Ismaro, la ciudad del respetado sumo sacerdote Máron.

         -Oiga, esa es una historia contada, protestó el Navegante.

         -Pues sí.

         -Dijiste que vientos de sudeste arrastraron las naves hasta Tracia.

         -¡Mentí!

         – Claro que mentiste, El mar Egeo es temible pero previsible también. Casi nunca soplan vientos de sudeste en el norte. Siempre llegan de tierra y son violentos y breves, vientos de norte como la tramontana, asiduos en el mediterráneo cuando arranca la primavera. Siroco que es el rey de sudeste y toma forma en el desierto africano nunca llega al norte de Egeo. Muere a pies de las Cicladas. Así que o te fuiste voluntario a Tracia o la ciudad de Ísmaro no está allí, sino camino al sur, por alguna isla o en las costas Heteas a los alrededores de Millawanda. ¿En qué mentiste?

     -Yo no, Homero. Trató de protegerme como si a mí me importase. Quizás a él le importaba, el qué dirán, si confesase que su abuelo había saqueado, violado y arrasado la tierra sacra de los Cícones por una cuestión de honor desvariado y caduco, o por una venganza errónea que iba dirigida a otros y que por necia ceguera acabó con la paz de unos indolentes ganaderos. Por ello, puse a remar como posesos a quinientos hombres contra viento y marea, para llegar a contracorriente a tierra de Ísmara en menos tiempo que nunca nadie podía imaginar. Sobre la tierra de Heteos nada tengo que decir ni comentar que los dioses saben que los aprecio mucho por ser ellos cercanos y vecinos a los de mi misma sangre.

-¿En qué mentiste más? Tu o tu vástago romancero, qué más da.

    – En que durante diez años nos apalancamos en la playa de Troya esperando el milagro. ¡Qué insensatez! Y de vez en cuanto yo o Palamídes o quien sea nos diésemos un paseo marítimo y “romántico” para no sé qué ayudas y que refuerzos cosechar…¡No pasamos diez años envejeciendo, intercambiando serenatas con los Troyanos! ¡Es de necios! Todos estos años, mientras unas pocas guarniciones guardaban las salidas y otras minaban las fuerzas de los enclaustrados, los demás con miles de naves, remeros y guerreros surcamos el mediterráneo de costa a costa, hasta las orillas de Libia y de Egipto, hasta la Atlántida y las tierras de Eritheia. Saqueamos ciudades, quemamos campos, derrumbamos templos. Fundamos ciudades y las poblamos, impusimos a nuestros Dioses, engendramos Danaos y retoños Aqueos, y volvimos siempre repletos de víveres para abastecer a nuestros campamentos de Troya, surtir a nuestros hermanos de bienes exóticos y ricos de consumir. Y con decenas de esclavas preciosas y dispuestas para acompañarles en su espera eterna y desesperante. Y luego nos volvíamos a marchar navegando de arriba, abajo y de oeste a la aurora, una vez vencedores y otras con terribles pérdidas, y así quedamos en los anales de los siglos como los pueblos del mar que trajeron de cabeza a los orgullosos faraones de Egipto!

     -Esta historia ultima, no entra en los cantos ni nadie la tiene relacionada, espetó el Navegante con enfado. No me estarás contando fabulas inventadas para sacudirte de encima tu mal hacer y tu barbarie en tierras Ciconas? Y la Atlántida no creo que exista ni Gerión ni Eritheia ni que hayas tú, con esas falúas de tres cuartos, llegado a tierras tan lejanas.

    -Solo los dioses saben que no miento, desesperó Ulises. Pero, seguimos amable duende mis hazañas que parece tenéis más en estima, que las verdades que yo os cuente, escondidas durante miles de años bajo la vergüenza o la ignorancia. ¡Seguidme!

-Esto no me lo pierdo por nada del mundo, murmuró con impaciencia el Navegante.

……CONTINUARRÁ

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