ODISEO Y EL NAVEGANTE, Canto 8. FEACIOS, Bienvenida y DESPEDIDA


ODISEO Y EL NAVEGANTE,

Canto 8.  FEACIOS, Bienvenida y  DESPEDIDA

                         Año 1174. Finales de Marzo. Es extraordinario como ha cambiado la civilización en veinte años. Y la tecnología. Que esplendido palacio construyeron estos foráneos en cinco, seis lustros. ¿Y sus barcos de abeto negro? Pentecónteros imponentes. Tres velas en armonía con los cincuenta y dos remeros y dirigidos con la sota y la quilla para que el viento recorra toda la curvatura de las velas… Es para soñar…

     -La pregunta del millón es otra.

     -Navegante, ahora utilizas un vocabulario de futuro…

     -Es como mejor se expresa lo que le quiero preguntar.

     -Adelante, soy todo oído.

     -¿Cómo que Ud. no conocía a Esqueria y a los Feacios?

     -Estaba narrando las excelencias de tecnología, progreso y navegación de la que eres una eminencia, de esta maravillosa gente, y ¿me vienes con eso?

     -Aunque no te lo crees, es lo más importante de esa historia.

     -Con tantas dudas, de cual y donde estaba Esqueria, tierra de Feacios, y lo importante es ¿si yo los conocía?

     -Sin duda.

     -Antes de irnos a las expediciones, había oído de ellos.

     -¿Solo había oído? Y ¿Cómo el aedo no menciona nada absolutamente, de unos vecinos tan cercanos? ¿Un reino tan esplendido, como muy bien dijiste?

     -No tan cercano. Son casi las cien millas. O ¿tú conoces todos los lugares de tu alrededor? Y además tampoco dice que no les conocíamos o no nos conocían…

     -Se deduce.

     -Acabemos con eso. El rey Nausitoo y su gente, vinieron aquí unos pocos años antes de salirnos hacia Ilion. Al morir mucha de su gente en manos de los barbaros que les quitaron las tierras y les saquearon sus riquezas, allá en Hipéria, su señor Nausítoo recogió sus pertenencias, sus barcos y lo que les quedaba, y mudaron allá en Esqueria, apartándose de la violencia y los conflictos. Construyó caminos y palacios y puertos, y este legado llegó esplendoroso el rey Alcinoo, su sensato hijo. No hay más secretos. Es verdad, no les conocía, pero por transcurrir tan poco tiempo y yo ausentarme tantos años. Ellos si existían, y gracias a ellos pude ver al final mi patria de nuevo.

     -Eso no lo van a aceptar tan fácilmente. Hay muchas teorías sobre la veracidad del lugar, y algunas pueden ser irrebatibles. Hablan de Tarteside, de la Atlántida, de islas del océano abierto, ¡hasta de las tierras hiperbóreas!

     -Pues es muy sencillo. Cada teoría tendrá razones, y poderosas. Pero a mí no me conciernen. Sí mis salvadores viviesen tan lejos de mi Ítaca yo ¡no volvería en una noche!

     -Con barcos tan veloces una noche se hace larga ¿No? Sería lo contrario.

     -Lo dijiste. Era de noche. Tampoco iríamos a ciegas y con las velas. A ritmo, los remeros me llevaron en volandas. ¿Para que exagerar?

     -Él dice que completaban travesías a Eubea, ida y vuelta, en un día.

     -¿Quién lo decía?

     -Homero.

     -Homero no era navegante. Él solo habrá escrito lo que oyó, o le dijeron. O le explicaron. El poeta cobija las palabras, acepta las palabras, se queda con su significado, no su fonética. Eubea significa tierra de reces. Reces hermosos. Podría estar en cualquier sitio. Más bien en las costas de enfrente. En Etolia había Chalkis, y en Dulíquio también. Allá se llega y se regresa en un solo día. ¡Ya ves! Te dije que es sencillo…

     -La morfología del terreno de la isla o la península también es dudosa.

     -Es perfecta. Por el lado abierto, escarpado; oleaje y barrancos. Algún torrente que sale al mar. Y del otro lado prodigioso, con olivos y campos, y una fortaleza con un palacio que el nuestro no le llega… Y dos puertos abiertos y protegidos para anclar las naves negras. ¿Qué más deseas?

     -Más esplendor. Más riquezas. Más amplitud, grandiosidad y tierra interminable.

     -Eso lo tenían en Hipéria. Aquí han sido unos humildes y sencillos huéspedes. Y que haría yo en un espacio tan extenso y formidable. Subido en una ruin batea, semidesnudo y magullado…arrojado contra las rocas. Mejor desfallecer en un sitio modesto y acogedor, al lado de casa…

     -Solo le importa su supervivencia

     -¿Ahora estas delirando?

     -Podías pensar de que si los Feacios vivieron más allá de los confines de nuestro breve mar, sería un viaje multiplicable y unas hazañas más gloriosas. Y no necesitarías los monstruos.

     -En el último viaje, no creo que nadie pensaría hacer el vanidoso. Estando allí, al lado, después de las miserias y las desdichas ¡solo te apetece llegar! Tomar posesión y acabar la historia. ¡Y tomar venganza!

     -¿Le puedo dejar, a que disfrute de la hospitalidad de la reina Arete, y me tomo un respiro, porque esta noche tenemos una travesía esencial?

     -Por supuesto, lo contrario sería meterte en juegos y pruebas atléticas y estás para el arrastre infeliz…

     -Solo me complacería escuchar a Demódoco cantar, pero comprendo que será parte de los juegos, por lo que sintiéndolo mucho me consolaré con un reparador sueño.

     -Sueña con la garza Palada y pídele a que acabe ya, sosegadamente, este nuestro viaje interminable…

     -Se lo prometo Majestad. Yo también lo necesito.

          La ninfa Córcira, hija del rio Asopo, como no podía ser de otra manera, ya que todos los que estamos enredados en estas travesías fluviales, divagamos continuamente alrededor de sumo oponente, el colérico Poseidón ¡ha sido también seducida por el mismo! Podía habérsela “pedido” a su padre, que era un rio suyo, o su madre Métope, ella ninfa acuática y primogénita de rio Ladón, otro súbdito suyo… ¡pero no! Al barbudo del tridente le daba más morbo raptarla, como tiene que ser para un ente arrogante y bravucón. Y luego, siempre viene la morada. Buscarle la morada. Construirle su nido de amor. Por lo que la ninfa hermosa, acabó en una isla multiforme que desde entonces tomó su nombre. Para salvar la narración y encajar las ideas esa historia nos va que ni al dedo, para poder relacionar a Córcira con Esqueria, el país de los Feacios. Su relación con la ninfa, y con Poseidón es perfecta porque los Feacios eran protegidos del dios del océano. Y Córcira su concubina. Sus laderas escarpadas al poniente, y suaves al levante, primorosas. La ligera subida que se toma respiros entre Érmones y la colina que conduce a la “gran muralla” descrita por el bardo planimetrícamente como si de experto geógrafo se tratase. Olivos y acebuches ¡que llegan a la orilla del mar! Viñedos huertas y frutales preceden la amurallada Acrópolis, los puertos mellizos y la gran nave petrificada cerca de la bocana.

     Como todas las islas Jónicas, la tierra de Feacios, disfruta de un clima mediterráneo, apacible, donde la navegación es un placer y el color y frescura de sus aguas una afusión celestial…

     -¿Señor ya empezó la fiesta y los juegos?

     -¿Pero no fuiste a descansar?

     -No me entraba sueño. Tengo muchas preguntas aún en la cabeza…¿Le puedo hacer alguna y vuelvo al lecho antes de que empecéis con los saltos?

     -Ven…

     -¡Les extrañaron, las ropas que llevase a su llegada, Majestad! ¿Cómo estaban ellos, vestidos? Por semejanza tendría que ser algo ordinario.

     -Ellos no. Ellos vestían como tú y como yo ahora. La pregunta no iba dirigida a los dos pueblos si no a mí. Tienes poca memoria, para no recordarte el esmero de Calipso en darme atuendos exóticos y lujosos dignos de dioses y de hadas…Así llegué vestido y de ahí la confusión.

     -¿No había quedado clara la existencia de Calipso? O su inexistencia.

     -Según el lado que lo ve cada uno. Yo digo Calipso, Tú dices Egipto y Libia. Yo me refiero a regalos, bondadosos y generosos, y tú a saqueos y pillaje. O de retribuciones mercenarias; dejémonos esta discusión “milvecesdicha”.

      -Entonces ¿no ha estado en Tarteside? ¿O más allá de los pórticos y de Gerión? Las islas del Atlántico o el lejano continente al otro lado del nuestro ¿No tienen de ahí su procedencia sus vestiduras? Es la última pregunta majestad, que se me cierran los ojos de fatiga.

     -Esa pregunta me la hiciste y respondí sinceramente

     -¿Me lo puede volver a responder? Es para mí transcendente.

     -Yo te insinué, pero no me tomas en serio cuando debes,…Nunca salí del Mediterráneo. Claro que estuve en Iberia, en Italia y en Sicilia, pero en otros tiempos, han transcurrido vente años de ventura, no en mi último viaje de regreso. Pero hubo otros, antes y después, que si salieron, y volvieron. Y otros se quedaron. Eso no tendría que ser ya un secreto…

     -Así que insiste que Esqueria estaba donde está. O donde estuvo.

     -Así es.

     -Pero no hay vestigios. Ni palacios, ni sellos, ¡ni Nausica ni Arete! Ni muros del espléndido palacio y sus vigías.

     -Algún día encontrarán. Queda la naturaleza, que aún alberga los puertos mellizos de Alcinoo, y la ciudad sumergible…

     -Es un desafío absurdo, ¿no cree?

     -Recuerda la amenaza de Poseidón por su ayuda a Odiseo. En una región sísmica, con una falla viva y perenne, que serpentea entre las islas. Los elementos de la naturaleza son poderosos. Hay demasiadas ciudades bajo el mar y pocos los recursos. Algún día surgirá en la superficie aquel palacio de pavimentos de bronce.

     -Lo dice con confianza.

     -Aún hay gente dudando sobre mi reino, mi palacio, mis islas y el Duliquio, mis… ¡aventuras!

     -El suyo está en Alalcómenas.

     -Ahí nací. Y ahora está sumergida en el agua. Pero mi capital y mi palacio real los siguen discutiendo muchos pretendientes.

     -¡Como a Penélope!

     -Podemos decir que es lo mismo…

       La verdad es que la voz y el encanto de Demodóco era una delicia. “A estas alturas”, pensó el Itacense, “tiene razón el navegante. Es más placentero el disfrute de una música tan bella, con una copa de tinto néctar, envuelto en las túnicas sedosas, limpio y engalanado, que dar saltos por ahí tratando de superar a esos presuntuosos, pero afables jóvenes”. Pero la provocación ha sido tal que al final aceptó medirse con ellos, en una solo prueba. “¿Quiénes se han creído?”. Se jactó el Caudillo de Ítaca, Same, Zante y Dulíquio. Y de paso les ganó el envite. El que tuvo retuvo. Aún se sentía joven y vigoroso. “¡Temed nobles seductores del reino!”, amenazó íntimamente a los presuntos usurpadores de su trono y el corazón de su esposa.

     ¡Que agradables eran los del linaje de Nausitoo! Los reyes y sus hijos y hasta sus labriegos, sus guerreros y sus sirvientes. Un pueblo pacífico, ya lo dijo desde un principio. Alegre y emprendedor. Nada belicoso. Obsesionado con la navegación y las travesías…

     -Definitivamente, no puedo dormir. Ni cerrar el ojo. Tan encantadora es esa concurrencia como ruidosa. Podría haber disfrutado del cantor y estaría más relajado…

     -Ya queda poco.

     -¿Nos vamos señor?

    -Nos están preparando la nave más moderna, recién carenada.

     -Estoy ansioso.

    -Es un viaje breve y agradable. En nada, estaremos en nuestra tierra.

    -Desde Ténedos, no tuvimos travesías apacibles. Y la última desde Ogigia ha sido espantosa. No sé cómo pude engancharme en su joroba y llegar sano y salvo en aquel torrente.

    -¡Yo no tengo joroba! Estas burlón a con tu dueño…

    -Tampoco eres mi dueño.

    -¿Y que soy entonces para ti?

    -Observación.

    -Otra vez te volviste sofisticado y pedante.

     -Lo es, la conciencia, pedante. Castigadora o exigente.

     -Solo eres un simple navegante.

     -Igual que Ud.

     -Yo soy un rey, y el más astuto general. Y como te mofas de la Odisea, te sugiero la Ilíada. Mejor…, tú la sugeriste.

     -Mas, aquí, prevalece el navegante, la guerra ya se acabó. Y su palacio y su reino otros lo pretenden, si no lo han conquistado aún, a la vez que al corazón de la soberana.

     -A veces me entran ganas de descuartizarte.

     -Ya lo hiciste con otros y volverás a hacerlo. Pero yo soy ilusión, ¿qué trozos podrías despedazar?

    -Es un decir.

    -Que en su boca se hace aterrador

    -¿Por qué empezaste esta desagradable conversación ahorra que habría de celebrarlo por todo lo alto?

     -El peor insulto para mi es dudar de mis excelencias de navegación.

     -Yo no lo hice.

     -Tampoco eres claro y me dejas en evidencia.

     -¿Por lo del viaje de esta noche?

     -No, por el de Ogigia hasta aquí.

     -Y eso a que viene ahora. Fue en el anterior canto, o ese paréntesis que inventamos.

     -Hablo de la justificación. No les cuadra el tiempo, la velocidad y el tipo de balsa utilizada.

     -¿No les cuadra a quién? Tú eres el navegante.

     -Los dos lo somos. Explíqueme a ver si llegamos a un acuerdo. Y luego le dejo tranquilo a prepararse.

     -La balsa la hice yo con mis manos. Y ayudó Calipso y sus sirvientes.

     -Yo aquí corrijo y apunto. “Con la inestimable ayuda de mis compañeros de fechorías y expediciones bélicas por el mediterráneo, que decidieron, después, quedarse por aquellos lares unos cuantos lustros más…”

     -Incorregible, ¿Qué puedo decir? ¡Lo del naufragio a Ogigia y la perdida de los compañeros ha sido verdad!

     -¿Habrá sido a su vuelta de los latrocinios?

     -Justo. No le voy a llevar más la contraria.

     -¿Entonces le ayudaron la gente de la isla?

     -Así es.

     -¿Y la balsa ha sido tal cual describió el poeta?

     -Tal cual.

     -Con los parámetros de navegación, entonces, poco pudiste hacer.

     -Ya viste. Diecisiete días y noches para recorrer menos de cuatrocientas millas.

     -¿No han sido diecinueve?

     -A los diecisiete estuve oteando el mismo acantilado que dos días después.

     -¿Qué le pasó?

     -El tridentino me hizo volcar. Aún no se daba por vencido. Tú estabas ahí, agarrado a mi abdomen como cuando salimos de la caverna del ciclope colgados en los carneros…

     -Poco avanzabas entonces. Milla por hora.

     -¿Lo ves poco? con una balsa rudimentaria, navegando a norte, noches incluidas que el rumbo se pierde y su noción.

     -No. Tienes razón. Pero podría darse la casualidad poder duplicar o multiplicar los registros.

     -Sin duda. La casualidad. Y las circunstancias. La suerte. Las corrientes. El viento. Mis brazos entumecidos. ¿Sigo?

     -Me convenciste.

     -El viaje está bordado. De Ogigia a Córcira es el ideal. Es lo que hubo. Déjate ya de buscar paraísos inexistentes. Tú y los demás. Ya te dije, eso me resta puntuación, pero me conformo…

     -El de esta noche, con este navío que multiplica por siete, aún de noche, llegaremos de madrugada a Ítaca.

     -Eso espero.

     -Pues preparémonos, que tengo la ilusión saliéndome por los hocicos…

     -¡En este caso yo no insinué que Circe le transformó a Elpénor!

     -La alusión a nuestro grotesco difundo no la voy a considerar, la repetitiva de la otra de sus conquistas hado-principescas ya me empieza a empalagar…

     – Te invito a desaparecer aunque sean unos instantes. Por favor ya no te aguanto así de “mutabilis”…

     -Era lo único que podría imaginar. Al adalid de Ítaca, conquistador de Troya, castigador de África, y arcángel vengador por infidelidades, citar el latín vulgar un milenio antes…

     -¡Sea!

          Las aproximaciones y las entradas a los puertos de las islas Jónicas son alarmantes. Alarman el alma. El zigzagueo que abalanza contra los cabos arbolados, los atolones confeccionados de arbustos, rocas y ermitas, el oleaje cauteloso y rizado, el retablo de la ensenada repleto de casas blancas y almagres, estrechas, zanconas y posaderas, te transporta directamente al núcleo frutal de la sonrisa. Bajo el racimo de verdes hespérides uvas, o de aceitunas verdes como sus ramas. Consumir gota a gota, sorbo a sorbo, el paisaje de la aproximación a la bahía de Cútavo en Cefalonia es celestial. Abordar la rada de Vathi en la Homérica Same, es el bamboleo más embrujador que una danza seductora se merece. El golfo de Córcira con la petrificada nave y el refugio que presta la caleta del Gáios a sus gaviotas, aún estarían buscando contrincante si alguien no ha visitado Zante, y el archipiélago fluvial y “terrenal” de las Echínadas, en el otrora perdido Duilíquio. ¡El cuarto reino!

     Claro que de noche nada es igual en este siglo. Ni en los precedentes. De manera que dejemos serenamente la divina nave de los gentiles Feacios, transportarlos pacíficamente a la madre patria Ítaca, venciendo al Cronotopo. Este incorpóreo dios del Espacio-Tiempo, después de cuatro enteros lustros, llevaba por fin al audaz líder de Táfios y Cefalínes al apacible desembarcadero de Forcis, al norte de Ítaca.

     Sin mediar palabra, los obedientes marineros de Esqueria, sin despertarle de su inmemorial letargo, le acomodaron con un esmero pulcro sobre la blanca arena de la orilla patria, y se alejaron tan silenciosos como llegaron. A su lado, y en la gruta que asomaba por la senda, dejaron bien disponibles los obsequios reales, que apenas sustituían los que el infortunado caudillo había perdido en el viaje de regreso al hogar, después de tantos años de vanas luchas y batallas. “¡Otros han salido mejor parados!”. Recelaba el navegante que con el tiempo había tomado cariño al rey Jónico y le compadecía.

     -¿Dijiste algo? Se despertó de pronto, con los ojos rojos de la agripnia, el repatriado.

     -¡Ya estamos! Exclamó el navegante para no descubrir lo que realmente le había pasado antes por la mente.

     -¡Esa no es mi tierra!

     -Vaya, ahora más alucinaciones.

     -¿Tú reconoces a Ítaca? ¿Mi isla? ¿Mi reino? Mi palacio, mis tierras, mi puerto…

     -Majestad estamos al norte. En la rada de Forcis.

     -¿Y eso?

     -Travesía recta, horas previstas, protección de arribada…supongo que el sabio Alcínoo habrá pensado en todo esto.

     -¡Cuan prudente y erudito!

     -¿Cómo se percató?

      -Le hablé de Eumeo. Que andaba por esas tierras con los rebaños.

      -Lógico.

      -Será una gran ayuda

      -Ni que lo digas. ¡Qué gran personaje!

      -Es todo un señor. Es una injusticia que solo fuese el pastor de cochinos…

      -A cada uno en estas épocas le tocaba por asignación divina.

     -Ahora te has vuelto, tú también, temeroso de los dioses.

     -¿Crees? Puede. He visto tanto…

     -Bueno, ¿Qué? Crees que ya estamos en Ítaca

     -Indudablemente.

     -No perdamos tiempo, arrópate y vamos a ver si mi anciano amigo aún vive. Si no, lo tenemos crudo navegante.

     -Sería el último culpable.

     -¿Dijiste algo?

     – A esas alturas ya me callo.

     -Mejor.

     -Solamente una súplica mi patrón.

     .Ya conozco sus súplicas.

     -Es real. Y repetitiva.

     -¡No ves! Habría de castigarte.

     -Aceptado. O me castiga o me otorga.

     -Otorgaría en vano…

     -¡Pero evitaría hacerse siempre el necio!

     -Insolente.

     -Déjeme aconsejarle y verá que estoy en lo cierto.

     -Si otra vez m insulta, ya no lo podría tolerar.

     -Se lo prometo. No es un insulto.

     -Descerraja…

     -No siga contando las mismas milongas mi rey. A la gente sencilla poco le importan.

     -¿Cómo qué?

     -Que Ud.. Es Idomeneo. Que es Cretense. Que le hospitalizaron en Thesprotia. Que su haya era Sícula o la otra Sidonia o Fenicia o que se yo. Que a Eumeo, estimable y amado pastor de cochinos, pero eso, se lo compró Laertes, esclavo de piratas, siendo él, principito quimérico…

     -Oiga yo no cuento estos embustes.

     -No son embustes. Y además lo cuenta el bardo.

     -Él puede hacer lo que le plazca.

     -Lo cuenta para incluir, ahí dentro, verdades suyas, majestad. Camuflar sus desdichas con otros nombres, otros protagonistas, otras fabulas. ¡Despistar!

     -¿Con que propósito?

     -¡Las expediciones de los pueblos del Mar!

     Silencio. Se hizo el silencio y se oye hasta aquí donde me encuentro, agazapado, asombrado, desorientado, y ¡exultante! Sí, exultante y eufórico, con unas ganas intensas de desternillarme de risa…

     “¿Al final era eso? Todos los personajes en uno. Las venturas comunes. La perdidas, los raptos, lo amoríos, los furibundos corsarios y los dignos custodios, pueblos distintos, apelativos allegados. Si los cantos hubieran de ser tantos, habrá que darle verosimilitud, argumentación y escapatoria. El escenario de tamaña obra, merecería de colmarse. Todos los dramaturgos utilizaron esa habilidad. Es una técnica común entre los tiempos

     La esencia hay que apresarla en frasco estanco de perfume…

     -¡Esplendoroso escenario!

      -Y tú un pésimo actor.

      -¿Actor? Querrá decir intérprete.

      – ¿Qué diferencia hay?

     -La que Ud. Le quiere dar.

     -Prefiero la primera. Insisto.

     -Majestad, ¿Ha llegado Ud. al momento preciso del nacimiento del lenguaje, cuando se inventó la palabra “Cuento”?

     -¿De contar? ¿Numerar o calcular?

     -Hombre no… ¡De fabular, narrar o imaginar!…

     -¡Qué lindo!

     – En la actualidad hay fabulas de ensueño.

      -Alguien nombró a Esopo.

      -¡El más grande!

      -¿Heleno?

      -Faltaría más.

     -¿Pero?

     -Hablaba de otros fabulistas.

      -Vaya, yo que sabía. ¿Y por qué?

      -Más acorde,

     -Eres un torrente de recelos…

     -Esopo fabulaba moralejas, estos otros inventaban hadas y divinas diosas.

     -¿Y aquí donde intervienen?

     -La Palada Garza, hace y deshace a sus antojos.

     -¿Atenea?

     -Tú valedera.

     -¿Qué hizo?

     -¿Crees que es serio, batir  con la varita, y que de repente te vuelvas anciano, desvalido y haraposo, de repente forzudo, reciario, o en otras bronceado adalid?

     -Es un simple tecnicismo, tú mencionaste la palabra, para pasar desapercibido.

     -¿Dónde?

     -En Palacio.

     -¡Maldición! ¿Vamos a entrar así de disfrazados en palacio majestad?

     -¿No te hace gracia?

      -Me aterra.

      -Por un vez de aguantas.

      -Es mi final…

     -Ahora retomaré mi sitio. Y tú e tuyo.

     -Sabía que este momento llegaría…

     -Inevitable.

     -Dime lo que tengo que hacer. Aceptaré ¡mí rol!

     -Así me gusta más. Una palabra con una carga muy emotiva…

      -¿Esa palabra vulgar?

      -¿A ver quién es ahora el reaccionario?

     ¡Eumeo vivía! El fiel porquerizo había resistido todos estos años, para ver a su patrón volver triunfador desde alta mar. Argos, su fiel podenco vivía, aunque expiró nada más olerle. Euríclea también sobrevivía, y Dólos con sus otros cinco hijos. Y además parece que hasta el patriarca Laertes resistía a su raudo destino. Aparte de la amada madre, Anticlea, que ya pudo abrazar, cuando bajó al hades, los demás rechazaban concluir.

     O es el destino tan poderoso e ineludible, o la historia es sencilla, protectora, y corriente. Telémaco llegó aquel día, por ventura, después de eludir una emboscada dolosa por parte de los usurpadores del trono. Padre e hijo se reconciliaron, después de dudar mucho el mozo, que aquel espectáculo de, ahora anciano, ahora joven, ahora apaleado, ahora gladiador, donde actuaba de funámbulo su venerado padre, que al nacer lo había abandonado para correr inimaginables aventuras por el vasto mar, representaba al mismo héroe de sus sueños.

     El armisticio ha sido inmediato. Demasiada carga para el joven Jónico después de escuchar por boca del sabio Néstor, Menelao y Helena la desmedida valía de su padre.

Los tres urdieron un sagaz propósito, y dibujaron una ruta segura por los senderos de Pales. Habría que llegar a palacio desapercibidos, incluso de la adorada Penélope, y con la ayuda de sus más fieles, preparar la emboscada y el exterminio de los indeseables pretendientes.

     Telémaco se adelantó…

     La venganza es característica de casi la totalidad del género humano. Y de los mozos abandonados más. Su alma joven y vigorosa, no puede permitir humillaciones tales, como creía sufrían por los insolentes pretendientes. ¿Y ellos? ¿Eran buitres? ¿Carroñeros, que al oler la sangre fresca de este muchacho y aquella rancia de la ponderada, se reunieron para apropiarse de su dolor y sus pertenencias, legales y legitimas por alta herencia? Si un reino, una república o un condado, están desamparados, abandonados por su líder, empobrecidos y debilitados año tras año, sin esperanza, sin atisbos de recuperación, y sin noticias del regreso a la vida política y real de su carismático adelantado, ¿qué se hace? ¿Permanecer con las manos cruzadas es permisible para la nobleza del reino? ¿Es tolerable para la oposición política de una república? Optar a la vez a un doble desafío, conquistar el poder y el corazón de la “viuda” eso es darle ficción a un pretexto probablemente legítimo y repetitivo en la historia de la humanidad. El elemento de incluir a la “dama”, en aquellos siglos valientes, y hasta bastante más cerca de la época actual, activaba la nota romántica, y enardecía las almas guerreras y rudas de los campesinos. Pero la causa verdadera era siempre la conquista, o la venganza por otras razones, más poderosas, más evidentes, tangibles y materiales.

      Telémaco y Odiseo necesitaban aliados. Siempre se han necesitado en los conflictos, familiares o universales. Son el anillo mágico a la cintura, para “estrechar los lazos”.  Es una frase absurda pero nunca pude entenderlo de otro modo, por lo falso habitual de su resultado. Podía referirme a “la soga en el cuello”, mas coloquial ¡Casi todos los aliados al final se quedan parte de lo tuyo! Se lo arrebatan a tus enemigos, si resultan vencedores, y se lo reparten entre ellos. ¿Absurdo? Inmoral. Injusto. Abusivo. Verídico y habitual.

     Mentor, Píreo o Dolío y sus hijos parecían aliados desinteresados y fieles. El adivino Halicerses también. Se habían quedado todos estos años al lado del joven príncipe y le han protegido como han podido. No había ninguna duda sobre ellos. Al otro bando, a parte de los nobles aspirantes a altas cotas, estaban –como siempre- a su lado, los quebrantahuesos, hienas, reptiles y roedores comunes. Mendicantes, agitadores, rufianes y Efialtes. ¿O así veían nuestros aliados a Melántio, Iro, o Múlio? Desde luego el intercambio de amenazas, improperios y ordinarios desafíos han sido la antesala de lo que iba a acontecer mucho más tarde de la llegada triunfal, pero prudente del rey de Ítaca a palacio…

     -¿Todo está preparado Majestad?

     -Aún, no.

     -¿A que esperamos?

     -Tú a nada. Te quedas escondido en un rincón y observas. La navegación ha concluido.

     -¿Me crees cobarde?

     -No es cuestión de calificativos. Es de cometidos.

     -¿Le defraudé alguna vez?

     -Para decir verdad, no sé qué pensar…En este momento solo sé que estrás mejor –como siempre dices- observando, en vez de ponerte por descuido, en algún momento, delante de mi espada.

     -Por torpeza…

     -He dicho descuido.

     -En el mar le salvé mil veces de la tuya…

     -Podría reconocértelo, pero aquí la guerra es otra. Y la venganza mía.

     -¡Ya hemos llegado a la esencia del canto!

     -Ahora empieza el último capitulo

     -Y terminará como todos…

     -¡No! Aguarda. Hay incertidumbre, intriga y final feliz.

     -¡Claro, el autor es de su linaje!

     -Aquí lo ha bordado

     -¿Me adelantará algo? Ese fragmento se me ha extraviado.

     -Tendrás que esperar, lo siento. ¡Esta parte aún se está escribiendo…!

……………C O N T I N U A R Á

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