ODISEO Y EL NAVEGANTE, Cap.2, Máron, un regalo útil y generoso


Odiseo y el Navegante

cap. 2. Máron, un regalo útil y generoso

          Cayeron como infausto huracán, los guerreros del jónico sobre la despreocupada ciudad de ‘Ismaro, con lanzas, flechas, hachas y espadas. La tierra rugía bajo el ímpetu de los vengadores. No hubo clemencia para nadie. Ni siquiera para los pacíficos pastores y los campesinos. No quedó cuerpo, ni casa de pie, ni granero. Se separaron los troncos de las cabezas y las extremidades del tronco. Guerreros y civiles tuvieron el mismo trato, mujeres y ancianos también. Los dioses, que eran de todos iguales, ocultaron sus rostros de enojo. Se escandalizaron que un mortal, cuan venerado que fuese, se hubiese atrevido a repartir justicia o muerte, derechos que solo ellos poseían.

     El leal Euríbates, perdido él también en la borrachera de la sangre humeante, desmelenado y furibundo, a la hora de rematar a un atemorizado anciano, se percató dentro de su perplejidad, que aniquilaba a un sumo sacerdote del mismo dios que el suyo, y se rindió a la apariencia de la verdad que hasta entonces quedaba oculta bajo el deseo de venganza y destrucción.

     -Mi rey Ulises, dijo cubierto de sangre ajena, mi rey, este hombre venerable parece alguien importante en esta tierra y está suplicando por su vida. ¿Que deseas que haga?

     -Traédmelo aquí y descansad buen soldado, dejadme solo y juzgaré.

      El sumo sacerdote Máron, suplicando de rodillas por él y por su familia, era un hombre luminoso y respetable, de vello blanco y ojos tiernos y misericordiosos, a pesar del horror que tuvo que soportar. Había reconocido, en el rostro de aquel heleno adalid, a un presunto gran rey, que su picara e inteligente mirada, dura pero magnánima, le infundía aparte del miedo veneración y respeto. Juntó las dos manos en suplica dirigiendo la mirada a un invisible lugar tras las renegridas columnas del templo e hizo un ademan de levantarse apoyándose en un hierático báculo perfectamente esculpido, insinuando a su cuasi verdugo donde estaba exactamente el lugar que les podía interesar especialmente. Ulises siguió su mirada cómplice, haciendo señas a sus guardianes de no molestar. El anciano se arrastró hasta un habitáculo en ruinas y apartando una cubierta hecha de piel de oso, trenzada y remachada con ramas de olivo, casi oculta bajo los  ramajes de verdes cepas trepadoras, desenterró dos grandes odres llenos de vino tinto perfumado y denso, que a la vista parecía melaza y al tacto néctar de dioses.

     -Eso, un día le salvará la vida, majestad, si tu salvas la vida de los míos. No tengo miedo por la mía, mas tengo familia con niños pequeños e hijas en cinta.

     -Y si no fuese así, ya tenía decidido perdonarte la vida sacerdote por ser honrado  representante de los dioses. No me atrevo ir más contra sus voluntades. Me parece que es hora de parar y arrepentirse de aquellos crímenes, que por un miserable botín hemos cometido como si fuésemos salvajes y barbaros infieles. Nos quedaremos un tiempo a descansar y a pedir clemencia al cielo y luego tomaremos el camino de regreso a nuestra amada patria. Me llevaré con gratitud su valioso regalo y junto con el resto del espléndido botín que nos llevamos, lo compartiré este día señalado, con mis queridos compañeros…

     No hubo más salvajadas aquel día, porque ni ánimo quedaba ni fuerzas, y Ulises y sus compañeros se retiraron sigilosamente y con orden, en pequeños grupos, junto a cada nave y ahí se quedaron alrededor de las hogueras a medio arder, bebiendo y comiendo, después de haber embarcado y escondido lo saqueado, profundamente, en las entrañas del casco. Y como era costumbre se emborracharon, compartiendo gran parte del denso vino del sacerdote, mezclado con agua marina, una pizca de aceite y gotas de aromas, según el gusto de cada uno. Luego el irresistible chronoforo dios Hipnos, les invadió hasta que la bella Eos asomase, con tímidos pasos, para anunciar la llegada de su hermano primogénito. Aquel momento resultaba a veces fatídico por la relajación de los guerreros y la considerable resaca matutina. Y como las excepciones han sido escasas durante todas y cada una de las aventuras de los Itacenses, esa era tan repetitiva que ni siquiera se extrañaron cuando de repente notaron el aliento de los recuperados Cícones en su nuca y el gélido filo del metal trasquilando sus pellejos.

     Seis o más hombres por nave se perdieron en aquella matanza por distracción. Y antes que los demás se coordinasen, y precipitándose desordenadamente a las embarcaciones pusieran apresuradamente distancia entre ellos, los furibundos montañeses que habían abandonado de noche sus majadas, armados con espadas, mazas, hondas, abultados guijarros y primitivas sarisas de madera tallada o bronce ásperamente labrado, recobraron parte de su estima, vengándose el pillaje y la destrucción de sus ciudades más emblemáticas.

    Con las doce naves intactas, pero con la perdida de sesenta remeros, hombres valientes, dos timoneles, dos capitanes  y diez relevos y auxiliares, la flotilla de los aqueos zarpó aprisa del lugar de la arremetida y puso rumbo sur, abandonando en las costas inclementes de Tracia, más de la mitad de los cuerpos de sus compañeros despedazados. A los cuerpos que pudieron rescatar sin vida y subir a bordo en última estancia, prepararon con esmero para honrarles y enterarles como se merecían, en la primera tierra atisbada en su camino. Dos días después ayudados por los vientos de norte que empezaban a arreciar con toda su virulencia tocaron tierra en la isla sagrada de Samotracia.

     Arrastraron las carenas, sobre la escasa arena húmeda y espesa de la frondosa y salvaje bahía de la isla de los misterios, y se aseguraron encontrarse lejos del alcance de las mareas, que se sospechaban profundas por el redoble de la tormenta. Aquella orilla de rígida arena, sirvió perfectamente para cumplir con las tradiciones de sepulcro de los héroes caídos en el desquite de los barbaros. Los chivos y los recentales arrebatados a los indómitos serraniegos de Tracia sirvieron para los sacrificios a los dioses, y para saciar el hambre de aquellos intrépidos hombres, que ahora lloriqueaban cabizbajos y lamentaban la suerte de los fieles compañeros. El ácido vino de vid temprana, licencia milenaria de sus tierras Itacenses, que aguardaba tiempo macerando en las crateras bien estibadas y amarradas en las bodegas, cumplió su cometido para la ofrenda y también para el deleite y gozo de los suplicantes.

     Nadie supo reseñar cuando tiempo se quedaron en esa pequeña cala, protegidos de la rabiosa fuerza de la tormenta y recuperando fuerzas para proseguir su tortuoso viaje hacia la libertad y el regreso al hogar, como creían los más crédulos de los integrantes de la pequeña flota del rey de Ítaca. Pocos sospechaban, y menos aún conocían a ciencia cierta, los pensamientos del astuto y belicoso adalid. Y cuando por fin amainó la tormenta y armaron las naves para abandonar la isla, respiraron con tranquilidad viendo que el convoy uniformado de las naves jónicas, tomaba rumbo suroeste hacia el cabo malea y la isla de Citera. Casi no se notaba la falta de más de sesenta forzudos remeros que quedaron para siempre en tierras de norte, porque la ilusión de los supervivientes superada de largo el clamor por tal estimada perdida.

     Es frecuente a estas alturas de primavera los repentinos cambios de humor de Eolo, dios de los vientos, y justo después de las fuertes ventriscas que les llevaron galopando a la isla sagrada con cierto peligro de zozobra, ahora el bóreas había recogido bajo sus axilas a los suaves vientos manticos de levante, y juntos mecían las naves suavemente llevándolas en volantas hacia las costas de Eubea y de ahí a toda vela, deslizándose por el litoral, a adentrarse en los rocosos senos que sugerían las puntas de las islas cicladas de Ceos y Dryopis. Anclados para descansar y recuperar fuerzas, en la sorprendente caleta, que forma el cuerpo rocoso del oeste de la isla Dryopida y el pequeño atolón que protege su puerto sosegado y natural, se juntaron por unas horas con las naves de la flota real ateniense, que asombrosamente se preparaban para navegar rumbo a la isla de Milos, buscando un nuevo asentamiento. Él, permaneció toda una tarde al lado del rey de ática conversando, comiendo y bebiendo en la nodriza ateniense, y al regresar a su capitana, se envolvió en su manto purpura real y sin mediar palabra, gesticulando, mandó a las naves zarpar inmediatamente, sin esperar que pasase la noche y tener la madrugada de luminoso señuelo. Quedaba poco para alcanzar Citera, y su ira iba en aumento por instantes…

       -Te veo pálido y desmejorado. No parece que te sentase bien esa travesía, y aún estamos en el principio.

     -Escuchad farsante catavientos, nada de eso es cierto. Curtido es, este torso fatigado, en tamañas marejadas. Mas, poco acostumbrado hasta ahora, de recibir impactos como rayos, con noticias ominosas sobre seres queridos. Me llegaron noticias desde las naves de Megisto, que habrás visto se cruzaron con nosotros al oeste de Driopida camino de Milos; -Ves que este desgraciado tampoco descansa porque los hijos de Teseo le usurparon el trono de Atenas -, que mi sobrino, el hijo de mi querida hermana Ctímene, el valeroso príncipe Megis ha desaparecido con dos de sus naves, bajo las olas traicioneras del Cavo D´oro. Pobre Ctímene, alma generosa, hermana de mi juventud y de mi corazón. Rezo a los dioses que no sea verdad y que haya sido un mal sueño.

     -Las malas noticias viajan solas mi rey. Y viajan veloces. Nos queda rezar por su alma formidable, comparable a su tamaño.

     -Que así sea, se lamentó Ulises. Era joven, mas valiente, y siempre dispuesto. Ha sido dejadez que no nos acompañase, podría habérsele cambiado el destino. Espero que no se pierda todo lo que construyó, ya que apenas tiene descendencia y hay buitres acechando, aleteando sobre sus islas, ambicionando sus astilleros y sus prósperos graneros.

     -Nunca viajé por esas tierras, dijo con voz nostálgica y apocada el Navegante, como si tuviese vergüenza a admitir su escaso conocimiento de este mar irisado y apacible que es el jónico, y de sus famosos reinos isleños y costeros, y montes y llanuras llenas de abetos que rinden negra madera para la construcción de sus afamadas naves brunas.

     -Son tan hermosas las islas de mi reino, infló el pecho con orgullo el soberano. Mas igual de bellas son las de mi sobrino, aunque minúsculas y poco habitadas, excepto la parte de su residencia de verano que hace frontera con la mía. Toda su poderío y su riqueza habita en las costas de enfrente donde sobran los cultivos y se inunda de trigo y ganado el campo. Ahí mis hombres viajan a diario a negociar la compra de animales y de grano. Pero ahora no sé qué quedará de esa herencia de mi hermana, que ahora volverá a pertenecernos, a los Cefalines, cuando tantos pretendientes afilan los dientes para morder sus pedazos, sabiendo el inmerecido final del príncipe guerrero.

     -Cuéntame rey, leyendas de ese reino desconocido, pues pocos tienen la fortuna de saber de su fortuna y sus logros y que a veces confunden con el suyo y con la Ítaca gloriosa.

     -Poco que contar forastero. Poblado está, igual que el mío, con Cefalines y tafios en islas y penínsulas y antes Léleges descendientes de piratas y Curétes emigrados de tierras de Enéo en las costas y algunos Épeos moradores, como mi propio sobrino, de este reino que heredó de sus abuelos y lo hizo grande y glorioso de tal manera que construye naves con más velocidad y acierto que otros más poderosos no llegan ni soñar. Cuarenta naves se llevó a la guerra y otras tantas podría fabricar ya que posee magníficos arsenales navales, modernos y preparados, y tiene en su patio tanta madera negra, madera apta para la construcción, que si tuviese la suerte y la misericordia de los dioses de vivir algunos años, llegaría a ser famoso entre reyes y rico entre afortunados.

     -Tengo una duda y una pregunta que hacerle, nacida de mi ignorancia del lugar, dudó el Navegante acariciando su escasa cabellera mojada por el mar. Todos, durante estos años de miserias y de guerra bajo los muros de Ilion, y el saqueo de las costas, solo nombraban como propiedades del malogrado príncipe un puñado de islas pequeñas y ariscas, que por mi propia ignorancia deduzco, poca gente pueden acoger y poco ganado encaramado en sus laderas, para dotar con ello un reino de riquezas y poderío. ¿Y cómo con este balance y sin un gran territorio, puede uno construir cuarenta navíos y dotarlos con mil quinientos hombres valerosos? ¿Le parece indolente mi duda señor?

     -No te culpo Navegante, y a los demás que dudan tampoco. No es su reino pobre y escaso, si no poderoso y más extenso que el mío. No sé por qué el aedo ninguneó al desafortunado Megis y si por ello él tiene la culpa voluntariamente, o ha dado más importancia al nombre y los títulos, que a la descripción y la grandeza del terreno. Son las islas Echinadas, minúsculas y casi deshabitadas, pero son por otras razones sacras y venerables, para dar su nombre a tamaña empresa. Llenas están de templos y lugares de culto a los dioses, por ser faros de luz a los caminos navegables. Tú tendrías que saberlo, alardeando que posees este don y lo anuncias por los siglos. ¿No es más importante y preciado un simple faro en tu navegación que campos enteros de trigo e incontables rebaños de ovinos?

     -¿Y no poseía Homero la verdad, para explicarla entre tantos versos? Paginas gastó interminables en explicar detalles imaginarios y sin razón, fantásticas travesías y monstruos inimaginables y piedras que parecen mandíbulas y ni una palabra más allá de este reino oculto y poderoso, como me acabas de desvelar gustosamente.

     -Creo que has entendido plenamente el espíritu particular de mi atormentado nieto y sus verdaderas inquietudes que inundan sus versos. No es importante para él la extensión y el tamaño de los reinos, ni tampoco la vida cotidiana de sus súbditos, ni se podía imaginar que la única fuente que iluminaria el mundo, milenios después, serian aquellos versos sin final, que quiso acumular en su soledad, como un diario personal e intransferible, donde solo importaba el héroe de su niñez y sus hazañas. Las islas sacras representaban para él, más que la tierra que formaba el territorio, desde Léucade y Alyzia hasta los estuarios del Aqueloo, dios y rio, ni la parte de la isla reina que heredó de la dote materna, igual que Doliquion, que tampoco aparece en los versos del poeta. ¡Qué más da que en esos rocosos islotes no caben ni habitantes, ni nobles, ni carros, ni establos ni palacios, si en ella habitan dioses poderosos y etéreos. Esa es mi opinión y los dioses saben que no intento disculpar al “monoftalmo” sabio, que como sabes es sangre de mi sangre.

     -Le doy las gracias señor, porque admito que nunca imaginé la respuesta. Y ahora mi duda queda solo en un detalle insignificante. ¿Cómo el poeta no se interesó más, por ese tío suyo que solo pecó de valiente, y no le dedicó más de tres palabras en un episodio ordinario bajo los muros de los troyanos…, pero tampoco importa verdad?

     -Sí que importa y me duele Navegante, pero yo no soy dios adivino, ni literato, ni poeta trovador, para saldar la deuda a con mi descendiente.

     -Le entiendo…

     -¿Y si hubiesen otros versos y otras epopeyas, sobre aquel que reinó sobre Doliquion y las islas sacras, y se perdieron? ¿Y si se perdiese el canto épico especifico, dedicado al príncipe héroe, que ocupó a mi lado el caballo de madera, y se vengó del glorioso epeo Oto, amigo de infancia, matando a Kroismo con sus propias manos? ¿Y sí el amado aedo le hubiese alabado al infinito, tal como recuerdo yo a mi sobrino, querido y apuesto, y no llegó el poema a tus tiempos? Tienes razón en dudar…¿Cómo pudo narrar solamente…, el que salvó nuestra historia de los años oscuros de las épocas venideras, y el que más empeño puso en alabar las proezas y desgracias de sus allegados, las mías y las de mi padre Laertes, y de mi hijo Telémaco y hasta de mis nodrizas y mis sirvientes, mis amantes y carceleros y de mis bastardos que el ultimo urdió mi muerte y mis camaradas malogrados y hasta los pretendientes de mi adorada esposa que también alaba y mima, y que tampoco se olvidó de la hermana de esta y sus doncellas, y del podenco moribundo que le pone alma y sabiduría como si no fuese un animal…y ¡Como pudo dejar en el olvido al valeroso príncipe! Razón no te falta Navegante. Ha de haber otro canto, con las desventuras del potentado heredero, y otra elegía por su desaparición gloriosa y desafortunada! Si no, no me quedaría otra cosa que darle la razón y pensar que el aedo le guardase atípico rencor, por algo insabido, siendo Megis su tío querido y valeroso. Y él sería el máximo culpable, por dejarle olvidado por los siglos venideros…

     -Se me ocurre si acaso, sentenció el navegante con semblante serio y disgustado, que le ignorase plenamente, por ser él, Epeo de padre y no Itacense, ni Cefalina, ni Tafio ni Teléboa. Quiero decir extraño y forastero en educación y procedencia. Y por ello, tampoco evoca su gran herencia real, siendo el príncipe hijo de un rey famoso y respetable como Filéo, señor de epeos, y nieto del ilustre Augías quien nació de Helio, dios del Sol poderoso… Excepto, si él solo poseía, y aparte tú señor conocerías de sobras, el secreto,…quiero decir sin ofender – pero hay quien defiende esta teoría-, que el joven príncipe no fuese en verdad de vuestro propio linaje, hijo de la venerable Ctiméne pero por lo contrario hijo de la orgullosa Timándra, hermana de la hermosa Helena e hija de Leda, la exquisita reina lacedemonia…

…Sin embargo, le destaca en la guerra, como si de dios Ares se tratase, aunque con picardía y sutileza le presenta belicoso y acaso… un poco salvaje…Intuyo que no recibiré ninguna respuesta de su parte majestad, y veo que reclinan sus ojos, agobiado de los acontecimientos y la fatiga, por lo que le dejo descansar y llorar su perdida.

     -Le estoy agradecido, navegante. Cortó la conversación enojado Ulises. Tenemos suficiente tiempo por delante para volver a retomar el asunto. Demasiado tiempo…

 ……CONTINUARRÁ

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