UN VIAJE CON MASCARILLA. 2


Ciudad Eterna sin Romanos

Ciudad Eterna sin Romanos

               Aunque la palabra es de raíces profundas latinas, en Italia los modernos romanos lo llamaban Lockdown, igual que sus mentores helenos. Me da rabia que una antigua palabra griega como ‘εγκλεισμός’ se haya traducido como ´cerrojo abajo´ en un idioma escaso, pobre y desnudo. Los españoles acuñaron “el confinamiento”, que por resultado no es lo que diera la razón a la perfección lingüística. Tampoco lo de las mascarillas se la dio, pues romanos y helenos apenas la llevaban, mientras que los íberos siempre empiezan más disciplinados. Pero sin embargo, sus resultados acaban siendo casi siempre como poco ingenuos. ¿Será por la influencia del caballero andante?

Fontana de quattri fiumi

     La escapada por el puerto de Barcelona fue ejemplar. Parece que el “coronabicho” humanizó a los guardias y a los inspectores. Y en un pispás, ya estabas subido a lomos del navío volador. Y de ahí a sus aposentos, como la paciente Penélope, que ni por eso dejó de venerar el regreso del héroe infiel. Claro que el bordado eterno esta vez tenía aspecto de código de barras rectangular. En Grecia, una vez más renegaron del bardo universal y lo llamaron QR. Y aunque nunca me interesé en saber qué significaban sus iniciales, estaba bien claro que la letra del círculo con el pequeño glande en su base nunca fue helena y que los romanos la rescataron por gula lingüística de los barcos fenicios piratas.

     Como de costumbre, la nodriza orgullosa de Grandi Navi Veloci de la naviera italiana salió con tres horas de retraso y solo pudo recuperar media hora de camino hasta su arribo en el puerto triste de Civitavecchia. Roma esperaba una hora más tarde para contemplar, casi de madrugada, un Coliseum alumbrado y temeroso que no vestía ni mascarilla ni velo. Unos extraños gorilas de una empresa de seguridad—inspirada probablemente en la mafia calabresa— nos separó las dos mesas minúsculas, pues no se podían juntar cuatro en la misma. Mientras en la terraza de al lado, un enjambre de unos ocho ´espaguetis´ estaba apretujado como sardinas de lata, con las caras descubiertas y vociferando como solo ellos saben hacer. Un tímido y simpático camarero consiguió pasar bajo el respaldo de la silla una ´octavilla` con su teléfono y señas a una de mis chicas. Los romanos lovers no saben de otro virus que no sea el del amore.

El hermoso país       de     los feacios

     No podía descuidar mi tributo a los recuerdos. Y después de la sitiada por los policías Fontana di Trevi, me acerqué a la Fontana dei Quattri Fiumi  en la Piazza Navona por si ella estaba aún allí bailando una alegórica sevillana. El día que amanecería necesitaba unas cinco horas para conducirnos a la desastrosa ciudad de Bari, donde solo san Nícola levanta pasiones poco mundanas. En ninguna de las veintitrés rutas que tomé durante toda mi vida por Italia conseguí evitar por lo menos un atasco por algún imprevisto incidente. Esta vez ocurrió a la salida de Frosinone. Pero por suerte lo pillamos casi   en su resolución. Curioso. Pero en la terminal, en el embarque, en la estancia y en el desembarco del modesto barco griego, los helenos habían ganado la batalla a los romanos en orden, disciplina, amabilidad y gentileza. Solo que seguían llamando al confinamiento lockdown. Eso sí, con mejor pronunciación y corrección que los transalpinos, que entre la ka y la de se inventaban una casi inapreciable e minúscula.

Mi Laguna y mi nostalgia

     La belleza de Corfú no se puede narrar en las 1300 palabras que se me permite por artículo. Pero sí la estupidez de la gente con síndrome de comportamiento radical. Así, por una absurda denuncia de algún ciego, los estúpidos policías de la urbana sustrajeron nuestras placas de matrícula en el aparcamiento municipal de la plaza de liston. Entonces empezó un juego alucinante por la caza de nuestros derechos para recuperarlas, pues es muy difícil que un sheriff seboso pudiera reconocer que se había equivocado. La mañana siguiente, conseguimos atrapar por los pelos el barco camino a tierras epirotas con las placas en su sitio a cambio de no hacer denuncias innecesarias e inservibles, pues con la autoridad de lo absurdo habíamos topado. Si mis antepasados lejanos habían conseguido exiliar a Arístides el Justo, ¿cómo no íbamos nosotros a sufrir la misma estupidez de los contemporáneos?  Para saciar su indignación y su sentimiento de impotencia, mis haditas del bosque tomaron cumplida venganza devorando de madrugada una fuente de pasta y un inmenso pan de ajo que, lamento comunicar a nuestros vecinos etruscos, están siempre y lo serán más sabrosos y exquisitos que los suyos. Total, la pasta es griega, que no italiana. Ellos solo han puesto un impecable marketing al servicio de su gastronomía, inventando todo tipo de salsas y condimentos para envolverla.

    El más hermoso λιόγερμα del     Mediterráneo

     Paleokastritsa y Sidari son unas joyas en el Mediterráneo de Corfú, pero Parga los supera. Y además, hay menos guiris por metro cuadrado en sus terrazas. Cada día, circula un nuevo rumor de que a partir de medianoche será obligatoria la mascarilla. Pero la valentía descabellada de los conquistadores de Troya parece que lo evita cada amanecer con una fuerza mental que doblega las voluntades de los gobernantes. Me olvidé de mencionar que en el puerto de llegada a Corfú nos tocó a algunos hacernos la prueba del coronavirus y guardar un día de autoconfinamiento en la hermosa villa alquilada de Potamos, que por gentileza habían llamado los anfitriones Vila Rodi. No desvelaré si acatamos íntegramente la recomendación. Y no pienso desvelarlo hasta que me quiten esa palabra estúpida que adoptamos por voluntad propia helenos y romanos: lock€down.

     Mi laguna de los palafitos de madera  —penúltima parada en nuestro viaje longo— estaba perfumada con humo de anguilas al carbón, aderezada con la lozanía silvestre de amorosos tomates rojos. Y reflectaba los destellos de sus hídricas estrías en la blanca malaguziá, que aguardaba nuestra sed en una pequeña redoma de vidrio claro y ondulado sobre la mesa del ‘Ηλιοβασίλεμα’.

Mi dedicación a mis hermosas damas

       De vez en cuando un sigiloso velero se deslizaba por la bocana y desaparecía en sus someras aguas detrás del bosquecito. En las pasarelas de madera que se adentraban en la laguna, nuestros gurruminos liliputienses estaban haciendo equilibrios. Hasta que el pequeño Constantino no pudo más y se cayó de pie en medio palmo de agua salobre, hundiéndose hasta los tobillos en el barro. Miré a mi alrededor y sentí un escalofrío húmedo de alegría y nostalgia. Habría que cerrar apaciblemente este pequeño periplo de una semana lockdaniana antes de aproximarnos a la sombra del Partenón y el sosiego de Glyfada, aquí, donde casi todo empezó y donde ya notaba que por fin tenía ganas de abandonar aquella soledad que nos acompañaba a Eva y a mí este último año, pues estaría ahora rodeada por un tiempo de su gente, que no se quita la mascarilla para darte un beso y abrazarte porque simplemente no la lleva. Es   incomprensible cómo han podido mis paisanos, con tan poca precaución y poniendo de protección apenas su hospitalidad y cariño, conseguir que sea el único país free of covid —como les gusta fanfarronear— y proporcionarte una aparente sensación de seguridad y amparo frente al enemigo público número uno del momento. Espero y deseo con todas mis fuerzas que siga así y, si acaso, mejore aún y que, de una vez por todas borremos esa palabra bárbara de nuestro vocabulario romano y heleno. ¡Lockdown al lockdown!

       La báscula no perdona a las haditas del bosque. Aunque Talía niega que fuese por el embrujo de la gastronomía etolia. Sin embargo, mi anhelo es otro. Ansío que llegue el Ferragosto, antes de que se cumplan las 1300 palabras, para ver en los quioscos junto al periódico, envuelto en plástico fino, el poemario de homenaje a la Amante de la Laguna. Y sentado en el más bello balcón de los apartamentos Avra, contemplar a lo lejos la calita de los cormoranes una vez más.  

    

   Notas: La fotografías de Mesologgi y la Fontana son de Chifae Jibett y las fotografías de Corfú y Coliseum, están hechos por Talía Plumariti dos de las bellas hadas de este viaje enmascarado. ¡Evita está retomando la sonrisa!

 

 

                              


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